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De sapos y princesas: la idealización en la relación de pareja

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   Gemma, paciente que di de alta hace unas semanas tras un tratamiento exitoso, conoció a Alberto por Tinder hace dos años. Era guapo, tenía 6 años más que ella y una preciosa sonrisa que le cautivó. En solo unas semanas estaba segura, aunque no tenía porqué, de que sería una pareja leal, apasionada, trabajadora y responsable. En unos meses se quedó embarazada y decidieron casarse, estaba segura que sería un padre ejemplar. Al cabo de un año Alberto le abofeteó tras una discusión y le comunicó que se marchaba con una compañera del trabajo de la que decía estar enamorado desde hacía dos años. Gemma había sido víctima de un fenómeno muy común, la idealización de la pareja y de sus consecuencias más negativas.

   Todos conocemos el significado del término idealización en el terreno de la interacción humana y el frecuente papel que juega en la elección de pareja. Se trata de un mecanismo de defensa del yo descrito por Sigmund Freud en 1914 en su obra “Introducción al narcisismo”. Es propio de etapas muy precoces del desarrollo de la personalidad que luego vemos en nuestra infancia cuando nos convencemos de que un beso puede transformar un sapo en un apuesto príncipe. Sin embargo, ¿por qué nos cuesta identificarlo en nosotros mismos? Es sencillo, es un mecanismo de defensa que opera en el plano inconsciente de nuestra mente y que, como tal, busca el equilibrio, aunque sea a costa de negar la realidad. Constituye el motor del pensamiento desiderativo (creer que las cosas ocurren de acuerdo al deseo) que analizamos en otro post.

El pensamiento desiderativo

 

  La idealización está estrechamente ligada al narcisismo, tanto al propio como al del otro. De esta forma es un fenómeno común en la personalidad narcisista pero también en la histriónica, antisocial y, sobre todo, en la borderline (en ella la idealización se alterna con la devaluación más profunda).

  El narcisista vive una fantasía idealizada de sí mismo e induce la admiración del otro que, con frecuencia, tiene una imagen devaluada de sí mismo. Recordemos que el narcisismo no sólo se disfraza de superioridad, sino que también puede hacerlo de minusvalía, vulnerabilidad, tristeza crónica y necesidad (soy especial, pero sólo tú te has dado cuenta) lo que despierta la necesidad de rescatarle en el otro (efecto Pigmalión).

  La alianza con el narcisista transforma así la relación en una nueva y extendida fantasía narcisista en la que sus componentes viven una experiencia alucinatoria de superioridad y omnipotencia.

  Del mismo modo añade tensión a la relación en el sentido que le exige una capacidad sobrehumana de satisfacer las propias necesidades de forma permanente. Recordemos el beso al sapo: yo te transformo y a la vez tú me transformas. Todo es perfecto si estamos juntos. Juntos no necesitamos nada más, somos invencibles. El problema se mantiene tras la ruptura pues la cara del “sin él /ella no soy nada” puede inducir duelos graves con riesgo suicida.   

    Sería más esperable que idealicen más las personas más necesitadas de un rescate amoroso (personas con un bajo concepto de sí mismas y aquellos que han sufrido malos tratos en la infancia o que no han recibido el adecuado soporte afectivo en su familia). Sin embargo, la idealización es un fenómeno consustancial al amor, todos lo hacemos cuando nos enamoramos y de hecho varios autores proponen que una cierta dosis de idealización puede ser un elemento importante en el mantenimiento “normal” de la pareja como ha sido verificado en varios estudios (ver aquí).  De forma inversa, la pérdida de esa idealización normal genera con frecuencia crisis en la pareja (el célebre “ya no siento lo mismo” o el “es que ya no te quiero)

   Idealizamos lo que necesitamos que sea perfecto y le atribuimos cualidades que no hemos comprobado. También podemos minusvalorar limitaciones o negar carencias con el mismo objetivo. Pero de forma simultánea, al hacerlo, restamos valor a lo que somos o tenemos situándonos por debajo de lo idealizado. Sometemos así la relación a la misma tensión que tiene una carrera de galgos persiguiendo a una liebre elusiva que no pueden alcanzar.

  Pero idealizando al otro también perseguimos aproximarnos al ideal de nosotros mismos como se ha propuesto que intentara el genio renacentista Miguel Ángel con sus obras. Viendo la perfección en el que nos elige y al que elegimos estaremos más cerca de percibirla en nosotros mismos (es el mecanismo de la identificación proyectiva que hemos analizado en otro post). El mismo mecanismo rige la transformación del fallecido en un ser superior o de un lugar o un restaurante que disfrutamos en las vacaciones y cuyo recuerdo deformamos hasta la entelequia.  

  Muchos se preguntan si la tendencia actual de relación basada en redes sociales facilita este fenómeno. Lo cierto es que su contribución neta es irrelevante. De hecho, se ha demostrado que la separación geográfica no resta intimidad ni añade idealización a una relación mantenida por medios tecnológicos (ver aquí).

   Todo indica que con redes sociales o sin ellas, con cartas de amor o sin ellas o con señales de humo o sin ellas, la idealización, que nos ha acompañado desde el origen de los tiempos, seguirá siendo consustancial a nuestros afectos hasta que desaparezcamos y, mientras tanto, en una dosis baja, nos hará un poco más felices y mantendrá más tiempo nuestras relaciones de pareja aunque nos aleje un poco de la realidad.

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