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El divorcio: una prueba de fuego para los hijos

Divorce and  Separation concept

por el Equipo de Psiquiatría y Psicoterapia Infantil, Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

 En su infancia, al niño le parece que todo va a durar para siempre: las vacaciones, sus amigos, su casa y, sobre todo, su familia. Un niño necesita poder confiar en un entorno estable para desarrollarse de forma saludable. Su crecimiento exterior e interior se fundamenta en (falsas) certidumbres, en hechos que necesita que sean fiables por más que puedan no serlo en realidad. Aunque no vea a sus padres, mientras juega en su cuarto “sabe” que cuando tenga hambre va a poder dirigirse donde esté su madre o padre para pedirle la merienda. Aunque no conozca su propia fragilidad, “sabe” que al día siguiente va a seguir viviendo sano y fuerte. Aunque puedan morir durante el día, “sabe” que cuando vuelva por la tarde de la escuela va a encontrar vivos a sus padres. No estamos preparados para las contingencias hasta que maduramos y aprendemos a desprendernos de las cosas.

  En 1979 se estrenó una magnífica película de Robert Benton, “Kramer contra Kramer” que ilustraba de forma muy precisa todas las aristas de un divorcio. De todas ellas, destacaba poderosamente la que afectaba al hijo de unos cuatro años que debía entender y digerir de repente el descomunal tsunami emocional que de forma totalmente imprevista se le echaba encima.  Su adaptación inicial se basaba en hacerse responsable de la situación lo que le llevaba a implorar el perdón de sus padres por sus hipotéticos errores y así evitar así el divorcio.  

  El niño vive en un mundo donde él es el protagonista. Ve la vida desde un punto de vista egocéntrico. En consecuencia, va a hacerse responsable de cualquier hecho que ocurra en su entorno lo que va a constituir el germen de un sentimiento de culpa que a corto plazo puede expresarse a través de ansiedad de separación, fobias (sobre todo al colegio), terrores nocturnos, fracaso escolar o  conductas desafiantes y a largo plazo puede adquirir vida propia en su edad adulta transformándose en una depresión, un trastorno obsesivo, un trastorno de personalidad, una fobia etc. Es por ello necesario que ante la emergencia de cualquier síntoma el niño sea evaluado por un especialista y que reciba tratamiento si se considera necesario. Esto evitará males mayores en el futuro. En este terreno más vale pecar por exceso que adoptar posiciones negligentes.   

 Otro aspecto relevante es que con el divorcio, muchos niños pierden a sus padres como figuras de identificación (si fueran como yo pensaba que eran nunca lo habrían hecho) pero la escisión del matrimonio en dos partes le permite con frecuencia ensalzar una parte mientras sataniza a la otra, conducta que puede ser alterna o fijarse de una manera indeleble. Este hecho ocurre más frecuentemente cuando el progenitor “bueno” lleva a cabo una enajenación parental de su excónyuge “malo”. El resultado es que el niño abandona cualquier identificación con éste último y lleva a cabo una identificación masiva y patológica con el “bueno”.

  En un divorcio los hijos son la parte más frágil y los daños que les inflijamos o no les evitemos en ese momento pueden tener consecuencias duraderas y graves. Debemos hablar con ellos desde el principio y explicarles las cosas de la manera más pacífica y respetuosa con el cónyuge, eso reducirá su angustia e infelicidad. Debemos explorar su sentimiento de culpa y aliviarlo inmediatamente si lo detectamos haciéndonos los únicos responsables de la situación.

  Cuando se consuma la separación es esencial no emplearles jamás como un arma contra el excónyuge o un vehículo de comunicación con él/ella y facilitar al máximo, por el contrario, el acceso de aquel al niño fomentando una relación de afecto y respeto con él. Los estudios han demostrado que esta medida genera mayores niveles de formación, mejor rendimiento académico, patrones más sanos de relación interpersonal con el otro género, menor tasa de criminalidad y menos uso de drogas. Es sencillo imaginar las consecuencias de adoptar la actitud contraria.

  No debemos olvidar que las heridas en el pequeño cuerpo o la pequeña mente de un niño se transforman en enormes cicatrices una vez operada su transformación en un adulto. No debemos olvidar que el presente de los padres es el pasado de los hijos, la etapa esencial en la que se pueden construirse sanos.  

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