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¿Estoy en manos de un mal psicoterapeuta?

head-poEl equipo de la Unidad de Psicoterapia (Grupo Doctor Oliveros)

 

Iniciar una psicoterapia suele ser un problema complejo por varios motivos:

  • No es sencillo reconocer cuando es necesaria.
  • Acarrea un importante esfuerzo personal y económico.
  • Exige buscar a alguien a quien confiar el cuidado de nuestro sufrimiento cuando desconocemos por completo la forma de valorar su idoneidad.
  • Carecemos de formación para saber con exactitud nuestro diagnóstico ni, por lo tanto, decidir qué tipo de terapia necesitamos.  
  • Nuestra capacidad de juicio se ve alterada por nuestro estado. 

 

¿Cómo debo entonces seleccionar mi psicoterapeuta? ¿Me valdrá cualquier psicoterapeuta? ¿Tendrá una formación suficiente ese del que me han hablado? Preguntas múltiples pero con respuestas esquivas.

  Sin las herramientas necesarias no tendremos más remedio con frecuencia que acabar basando nuestra elección en lo que nos recomienda una amiga o un familiar que ha pasado antes por el mismo trance, aquel que está cerca de nuestra casa o nuestro trabajo o aquel que tiene un precio más asequible. Pero ¿actuaríamos así con un cardiólogo si tenemos una arritmia? Probablemente no.  

Lo peor es que tras una mala experiencia terapéutica el paciente:

  • Suele descartar nuevos intentos.
  • Mantiene su problema sin resolver.
  • Adquiere una desconfianza y desesperanza que antes no tenía.

 

  A pesar de esto, hay algo que resulta mucho más sencillo y que puede evitar que aplacemos nuestra mejoría y seamos manipulados o explotados económicamente por un psicoterapeuta sin la formación o la ética suficiente. Es lo que podemos definir como el control de calidad de una psicoterapia que nos puede permitir reconocer a un mal psicoterapeuta antes de que sea tarde.  

  Solemos buscar la amabilidad, la simpatía, el cariño y la empatía en todas nuestras relaciones por lo que es lo primero que vamos a  buscar en un psicoterapeuta.  Sin embargo no debemos guiarnos sólo por eso al elegirlo. No olvidemos que la simpatía no cura, que el cariño no garantiza conocimientos y que la empatía puede ser falseada. La “química” con el terapeuta ayuda al éxito de una terapia pero en absoluto lo garantiza.

  A pesar de nuestra casi inevitable “ceguera” en las primeras etapas de una terapia, una vez que el tratamiento ha comenzado a desarrollarse hay signos que indican que podemos no estar en buenas manos.

  El terapeuta debe tener una formación suficiente para abordar nuestro problema, mostrar atención a lo que le decimos y ser interactivo devolviéndonos observaciones interesantes e inesperadas sobre lo que le contamos. Debe mostrar empatía y capacidad de comprensión con lo que le decimos lo que podemos comprobar con el acierto de sus respuestas. Debe mostrar control sobre lo que va sucediendo en el tratamiento y capacidad para reaccionar adecuadamente a lo que va sucediendo.  

  Además, la terapia debe mantener la asimetría pues el paciente acude con un problema y el psicoterapeuta trabaja con él para resolverlo. Los problemas del terapeuta se deben quedar en la sala de espera. Esto es clave para que el paciente no se vea contaminado por la posible patología del terapeuta. La terapia no es una relación personal de amistad. Los problemas y conflictos del terapeuta no deben estar presentes en la sesión.

 Podemos establecer cinco patrones de malos terapeutas. Cabe destacar que un mismo terapeuta puede cumplir criterios de varias categorías:

1.- El terapeuta ignorante (el “mal terapeuta” más frecuente):

  • No sabe explicarnos lo que nos pasa.
  • No tiene claro donde tenemos que llegar.
  • Explica con poca precisión las herramientas que va a emplear.
  • Muestra poca seguridad y asertividad.
  • Carece de recursos para abordar los problemas que surgen.
  • Habla de otros pacientes en la sesión.
  • Se repite mucho en sus ejemplos, símiles, metáforas y señalamientos.
  • El tratamiento es errante, carece de rumbo.
  • Se tratan muchas veces los mismos contenidos sin resolverlos, como si de disolver un azucarillo se tratara. 
  • Estos terapeutas tratan todo lo que les llega, su ignorancia facilita su sentimiento de omnipotencia. 

 

2.- El terapeuta negligente (el incauto):

  • Es impuntual.
  • Contesta llamadas o mensajes de teléfono en la sesión.
  • No contesta a las llamadas o mails del paciente a tiempo.
  • No ofrece un sentimiento de exclusividad durante la sesión.
  • Come, lee o se duerme en la sesión.
  • Se despista y no recuerda algo que le hemos dicho hace un rato.

 

3.- El terapeuta narcisista (el antiterapeuta):

  • Habla mucho de sí mismo, de su vida, sus logros, sus amigos etc.
  • No es capaz de abarcar emocionalmente lo que el paciente expresa y siente.
  • Da consejos basados más en su experiencia que en la necesidad del paciente.
  • Se muestra incrédulo con lo que el paciente le cuenta.
  • Se pone como ejemplo practicando el mesianismo, “solo yo puedo salvarte”.
  • Muestra desagrado cuando el paciente muestra desacuerdo.
  • Culpabiliza al paciente por la mala marcha del tratamiento.
  • Hace valoraciones morales sobre el paciente quien puede sentirse sojuzgado.
  • Le exige metas que estima fáciles (“tienes que adelgazar”, “tienes que dejar a tu novio”) sin darle las herramientas para conseguirlas.

 

3.- El terapeuta histriónico (el seductor):

  • Trata con excesiva familiaridad al paciente o erotiza la relación.
  • Suele llamar la atención con su indumentaria. 
  • No profundiza en los contenidos emocionales que el paciente aporta.
  • Expresa consideraciones muy superficiales.
  • Adopta una actitud seductora.
  • Expresa sus sentimientos hacia el paciente sin analizarlos o contextualizarlos.
  • Transmite preocupaciones y necesidades personales.

 

3.- El terapeuta psicópata (el explotador)

  • Presume de una formación que no puede demostrar.
  • Se arroga la decisión sobre cuando el paciente necesita o no medicación.
  • Establece contacto con familiares del paciente o con su pareja sin su permiso.  
  • Pide favores al paciente.
  • Está más pendiente de cobrar que de trabajar.
  • Prolonga la terapia mucho más de lo necesario.
  • Establece más sesiones semanales de las necesarias.
  • Reacciona con cólera cuando el paciente le plantea el alta y advierte de terribles consecuencias que le conllevará tomarla.
  • Crea un vínculo de dependencia en el que lo importante es seguir asistiendo, no trabajar en la sesión.
  • Le anima a romper vínculos que eran saludables antes de empezar la terapia sin motivo convincente al verlos hostiles al tratamiento.

 

 Cuando una terapia no funciona el paciente suele sentir una confusión creciente, puede ver que su tratamiento navega sin rumbo o que no está construyendo nada.  Si usted, después de analizar la eficacia de su terapia, llega a la conclusión que es necesario terminarla no dedique mucho tiempo a explicarle los motivos al terapeuta y sobre todo no se subyugue a sus argumentos ni haga caso a sus amenazas o negros vaticinios. Váyase lo antes posible.

  Después de todo lo dicho, concluimos que cualquier sensación de incomodidad que el paciente experimente con su terapeuta debe ser analizada y la terminación de la terapia considerada. Siempre es mejor tarde que nunca.

  Por último subrayaremos que es importante que, en caso de fracasar con una terapia, no haga una generalización y entienda que ha tenido mala suerte o sencillamente se ha equivocado. Es recomendable en estos casos obtenga una segunda opinión con un profesional no conectado con el terapeuta y que merezca credibilidad para proseguir su tratamiento en otro contexto y entender mejor su error.  

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