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La epidemia actual de narcisismo

por Dr. Sergio OliveroLa epidemia actual de narcisismo s Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Hoy comenzamos con un chiste. Nace un niño perfectamente normal pero cuando debería comenzar a hablar no lo hace. Sus padres consultan todo tipo de especialistas que no encuentran patología alguna. Cuando cumple 18, cenando, aparta el plato que su madre acaba de servirle diciendo “esta sopa está fría”. Sus padres perplejos antes su estrenada capacidad de hablar le preguntan: “Pero hijo, ¿por qué no has hablado antes?”. El hijo responde: “porque hasta ahora todo estaba bien”. Con frecuencia acuden a las consultas de psiquiatras y psicólogos pacientes adolescentes en los cuales se ve que el cuadro que presentan no es más que una consecuencia de la educación que han recibido. El chiste ilustra, por ejemplo, una educación basada en la gratificación automática de los deseos del niño lo que solo puede desembocar en personalidades narcisistas y dependientes. En mi periodo de formación asistí a una conferencia de del Dr. Rafael Cruz Roche, eminente psicoanalista español, en la que contaba cómo en su infancia en un pueblo de Ciudad Real, los niños pasaban toda la tarde jugando en la calle con balones hechos de papel atado con cuerda. Llegada la hora de cenar sus madres iban a la plaza para llevárselos a casa tirándoles de las orejas. Cenaban iluminados con quinqués y se acostaban tras un baño con agua calentada en el hogar. Cuando vino a Madrid a estudiar Medicina, se sorprendió al ver que bastaba pulsar en un interruptor para que la estancia en la que se encontrara se iluminara por completo, que el agua salía caliente de un grifo o que podía trasladarse en tranvías no arrastrados por caballos. Él había sido educado tanto en el tener como en el no tener y vivía esas comodidades como un regalo del progreso. Cuarenta años después mantenía las relaciones con sus amigos del pueblo.

 

Sin embargo, en nuestros días la tecnología, la ausencia de los padres del hogar por obligaciones laborales, el sentimiento de culpa que nos lleva a colmar todos los deseos de los hijos en el fin de semana o la delegación de la educación en las escuelas ha provocado que los niños crezcan sin la tutela directa de los padres y bajo una dinámica en la que sus deseos son gratificados de forma automática, una dinámica en la que no pueden siquiera contemplar la frustración a alguno de sus anhelos. Acaso sea una de las causas de la epidemia de narcisismo que sufrimos.

El niño al nacer no es consciente de que el mundo es algo externo a él. Lo percibe como una fuente de gratificación no contingente y se enfada cuando el mecanismo de satisfacción no funciona (llora y le sigue doliendo la tripa o llora y el biberón no llega). Sólo a través de estas frustraciones el niño va dándose cuenta que el mundo no es una extensión de sí mismo sino que tiene que relacionarse con él para obtener la satisfacción de sus deseos. Abandona de este modo lo que en psicoanálisis se denomina el narcisismo primario. Sin embargo, cuando sale de su universo y el universo que encuentra sigue funcionando como antes, gratificando todas sus necesidades y no ofreciéndole una resonancia que le estimule a crecer, cae en lo que denominamos el narcisismo secundario.

Por eso, la educación descrita no facilita que el niño se vertebre con el grupo social, acepte que debe someterse a unas reglas y que puede aprender mucho de los demás y, finalmente, impide que madure en el plano emocional, lo que hace que el niño se limite a envejecer pero no a convertirse  en un adulto capaz de tolerar la frustración y de vivir tanto en el tener como en el no tener. Esto es, que pueda madurar hasta llegar a ser un adulto capaz de adaptarse a las adversidades y de dirigir con éxito su vida.

Ante estos casos nuestro papel como profesionales es brindar a los pacientes una experiencia emocional correctiva a través de la cual podamos interrumpir esa estéril dinámica circular y les permitamos así desarrollarse y madurar como individuos. No siempre es una tarea sencilla, pero cuanto antes se intervenga el pronóstico siempre mejora.

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