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La psiquiatrización de la vida cotiadiana

por Dr. Sergio OliveLa psiquiatrización de la vida cotiadianaros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

El pasado día 11 de marzo se conmemoró el décimo aniversario de la matanza más brutal que haya vivido España entre guerras. Aquel día del año 2004 192 personas morían y 1858 resultaban heridas a manos del fanatismo islámico en Madrid. Dentro de la red sanitaria pública madrileña se pidieron apresuradamente voluntarios para atender a las víctimas y accedí de forma automática, como otros miles de madrileños, a participar. Mi turno comenzó a las cuatro de la madrugada. Me asignaron a una familia de tres
hermanos peruanos y unos doce hombres que les acompañaban. Se sospechaba que habían perdido al más joven de la familia en uno de los vagones reventados por las bombas. Intenté hablar con ellos pero advertí que preferían estar en silencio. Intenté averiguar si necesitaban un ansiolítico pero me dijeron que no. No fue difícil darme cuenta de que no necesitaban un psiquiatra. Les pregunté si podía quedarme con ellos y, tras su asentimiento me quité la bata blanca y me senté con ellos esperando a que les llamaran.

 

Pasamos así unas ocho horas, en un absoluto silencio, en una sala de unos 16 metros cuadrados, sentados en círculo acompañando a los hermanos peruanos. Hacia las doce de la mañana les llamaron para reconocer lo que creían eran los restos de su hermano. Les acompañé hasta la morgue y tras el reconocimiento se marcharon. Por la tarde fui al Tanatorio Sur donde habían llevado los restos. Los hermanos de la víctima estaban mucho más tranquilos. Me agradecieron que estuviera allí y hablamos de todo un largo rato. Luego me despedí con la sensación de haber hecho algo bien. ¿El qué? Haber sabido estar, sin más, no como psiquiatra sino como simple ciudadano de Madrid solidarizado con su dolor, y fue precisamente eso lo que aquellas víctimas me agradecieron. 

No resulta a veces sencillo trazar la línea que separa el dolor normal de la patología. Los psiquiatras nos guiamos a veces por criterios tan poco precisos como la excesiva duración o la excesiva intensidad de los síntomas para determinar dónde acaba lo normal y empieza lo patológico. No puede ser entonces una tarea sencilla para los pacientes tampoco diferenciar una cosa de la otra. Eso hace que sea muy frecuente que a las consultas de atención primaria y psiquiatría acudan personas con un sufrimiento normal.

Amplios sectores de la población tienden a no aceptar el sufrimiento como una parte constitutiva de la existencia pero todo el mundo debe saber que la tristeza no mejora con antidepresivos. Ningún antidepresivo va a poder acortar un duelo por la muerte de una madre, la tristeza por un despido o la desesperación por una separación no deseada. Sin embargo, ningún médico puede negarse a hacer un abordaje sintomático con psicofármacos limitado a unas semanas si el paciente se lo requiere para mejorar su insomnio, su apetito o su ansiedad mientras dura su adaptación a la nueva situación. 

Siempre es determinante que los profesionales sepamos cuando estamos tratando una patología y cuando estamos ayudando a sobrellevar un dolor en el paciente. De otro modo, corremos el riesgo de psiquiatrizar su problema generando “resistencias al tratamiento”, dependencias de fármacos y efectos secundarios que terminan por generar una verdadera patología en el paciente. El profesional debe tener la suficiente capacidad de contención para calmar la angustia del paciente con una actitud atenta y empática y emplear la mínima cantidad de fármacos evitando siempre los más adictivos. Sólo así evitará una psiquiatrización no deseada. Por último, si no se requiere su atención, el médico debe abstenerse de intervenir. ¿Fue mi presencia como psiquiatra en la morgue aquel terrible 11 de marzo de 2004 necesaria? En mi caso no y por eso me uní al duelo quitándome la bata. 

En 2001 se derrumbó el edificio situado en la esquina entre las calles Alberto Aguilera y Princesa de Madrid. Hubo un muerto y quince heridos. Recuerdo una escena televisada en el Telediario. El reportero filmaba a una persona atrapada por una viga que le cruzaba el pecho mientras una psicóloga del SAMUR le animaba y hablaba sin cesar. El reportero le preguntó ¿Podemos hacer algo por usted?. La víctima le dijo “Sí, por favor, llévese a esta psicóloga”.

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