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Toxina botulínica: una poderosa ayuda para la parálisis cerebral infantil

Happy little disabled boy outdoors in wheelchair

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

por Dr. Adrián García Ron, Neuropediatra Madrid  (Grupo Doctor Oliveros)

  La Parálisis Cerebral Infantil (PCI) es un grupo de alteraciones permanentes y no progresivas del movimiento y la postura que limitan la actividad desde la infancia. De forma añadida, aparecen también crisis epilépticas, alteraciones de los sentidos, la percepción, el pensamiento, la comunicación o la conducta y espasticidad (contracturas musculares deformantes). Sus causas son muy variadas y afecta a 2 casos por cada 1000 recién nacidos vivos. Eso supone que en una ciudad como Madrid, unas 80.000 personas están afectadas y que cada año unos 130 recién nacidos se ven afectados

  Es la causa más frecuente de discapacidad física en la infancia en países como el nuestro y la espasticidad el factor que más contribuye. Al no afectar a todos los músculos por igual genera un desequilibrio que altera los movimiento del niño (marcha, habla, escritura etc.) y, si no se trata a tiempo, acaba generando deformidades articulares irreversibles y posturas anómalas crónicas. Esto hace que la espasticidad deba ser tratada de forma precoz e intensiva por equipos multidisciplinares (fisioterapia, ortopedia, fármacos etc.), y siempre antes de los 5 años.

  La Toxina Botulínica (TB) (también conocida por “botox”) es producida por una bacteria, el Clostridium botulinum, y bloquea de forma reversible la contracción muscular. La bacteria produce siete toxinas diferentes solo son empleadas de forma clínica la del tipo A y la del tipo B. En la actualidad son empleadas en el tratamiento de la espasticidad en niños con PCI además de hacerse en medicina estética, migraña y cefalea tensional, sección medular, ictus, hipertonía anal, bruxismo etc.

  Produce un debilitamiento muscular en el área muscular infiltrada que se mantiene entre 3 y 6 meses. Pasado ese tiempo hay que volverlo a inyectar para mantener el efecto.

  La toxina botulínica tipo A mejora la espasticidad independientemente de su causa. Son numerosos los artículos que demuestran además su elevada seguridad (escasos y transitorios efectos secundarios) y gran eficacia por lo que ha pasado a considerarse ya una evidencia científica de mayor nivel incluso en niños menores de 2 años.

  La selección del paciente candidato, los requisitos que debe cumplir y los músculos que se deben infiltrar, si bien es un proceso sencillo, es la parte más importante del tratamiento.

  Los objetivos deben ser realistas para no crear falsas expectativas. La toxina botulínica mejora la calidad de vida del paciente (reduce su dolor, mejora su sueño, la higiene etc.), retrasa/elimina la necesidad de cirugía y mejora la funcionalidad del niño en cuanto a la marcha, la utilización su brazos etc. Pero no cura el problema de base. Requiere un tratamiento de mantenimiento para conservar los logros alcanzados.

  Los objetivos dependen del estado evolutivo y el grado de afectación del paciente. Por ejemplo, en un paciente capaz de caminar será mantener y/o mejorar su marcha y evitar la aparición de contracturas y deformidades (las más frecuentes las de los pies, las más graves las de la cadera). En un paciente ya en silla de ruedas, se intentará mejorar la higiene, el dolor o evitar la luxación de cadera o la escoliosis.

  El momento óptimo de inicio para espasticidad en piernas es entre los 1 y los 5 años de vida mientras que para hombro ya brazos, las mejores respuestas se han obtenido por encima de los 4 años.

  Las dosis de TB en la infancia se establecen en función del peso del paciente, el tamaño del músculo a infiltrar y el grado de espasticidad de acuerdo a las recomendaciones establecidas en las Guías de Espasticidad elaboradas por expertos en el tema. Luego se ajustan según la experiencia del médico responsable.

  La elección de los músculos a infiltrar se basa en la exploración minuciosa del paciente eligiendo aquellos en los que la espasticidad sea la responsable de la perdida de alguna función o una merma en la calidad de vida del paciente (higiene, dolor o el aislamiento social).

  Es preciso seguir realizando el resto de terapias físicas o farmacológicas indicadas para obtener un mejor rendimiento del tratamiento. Se realiza un control a los dos meses de la infiltración para ver la eficacia obtenida y los posibles efectos adversos detectados y decidir el momento óptimo para la siguiente infiltración.

  En la Unidad de Neuropediatría del Grupo Doctor Oliveros consideramos la infiltración con TB como una intervención imprescindible en el tratamiento de la espasticidad en niños con PCI siempre que se realice dentro de un marco de tratamiento multidisciplinar (farmacológico, fisioterapia, rehabilitación, terapia ocupacional etc.) y se cumplan una serie de requisitos imprescindibles: espasticidad en estadíos iniciales, presente en un grupo reducido de músculos, empleo de la menor dosis terapéutica y que genere una importante interferencia en la función del miembro o parte del cuerpo implicada.

  Una intervención a tiempo puede evitar altos grados de dependencia, dotar al niño de una mayor autonomía y confianza en sí mismo, una mayor integración social y un mayor grado de desarrollo personal. Otra buena noticia para una enfermedad también devastadora.

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