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Alienación parental, una maniobra perversa tras el divorcio.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   No hay una situación clínica que despierte mayores pasiones en contra que el Síndrome de Alienación Parental o SAP. Es un hecho derivado del empleo perverso que se ha intentado hacer de este diagnóstico, lo que, por ejemplo, privó en 2008 de la custodia de una niña a su madre en favor de su ex marido condenado por violencia de género, Casos así han llevado al Consejo General del Poder Judicial a recomendar a los jueces que no lo empleen en las argumentaciones de su sentencias. 

   Sin embargo, la negación sistemática de su existencia sería tanto como decir que el síndrome del latigazo cervical no existe porque ha habido numerosos casos de fraude a aseguradoras por usuarios perversos y rentistas. 

  La alienación o enajenación parental es la creación de una alianza de un progenitor con su hijo/a en contra del otro progenitor. Aunque puede darse durante el matrimonio es mucho más frecuente que aparezca tras la separación. Es un proceso en el que un menor es maquiavélicamente reclutado como “soldado de base” para la lucha en una relación tóxica de pareja. El fin justifica los medios para él/ella. Un proceso en el que lo de menos es el bienestar y la salud del menor. Lo que importa es su utilidad para dañar al otro. Es una de las formas más sutiles y, lamentablemente, más frecuentes de maltrato infantil.

   Suele iniciarse en las primeras semanas/meses tras la separación y suele pasar inadvertido por los múltiples factores de estrés que deben afrontarse a la vez (nuevas rutinas, nuevas necesidades de conciliación laboral/familiar, dificultades económicas etc.).

  El menor se encuentra indefenso frente a su propia instrumentalización y pronto se somete mediante la “identificación con el agresor” o “Síndrome de Estocolmo”. La forma más segura para convivir con el agresor es estar de su parte. Se crea así un vínculo tóxico con el agresor del que no es sencillo escapar.

  El progenitor agresor descalifica, difama, insulta y sataniza continuamente al progenitor víctima, ridiculiza las expresiones de afecto del menor hacia ésta y premia sus comentarios  cuando se alinean con sus principios. Refuerza así su adhesión al bando “bueno”, le enseña a odiar al otro progenitor como condición para ser aceptado por él/ella. Puede criticar la rigidez de las normas del agredido, su constante presión para el esfuerzo, su escasa dedicación al juego, su obstinación en la comida saludable etc. aspectos que son esenciales en la crianza pero que se aprovechan perversamente para seducir al menor.  

  La alienación parental es frecuente en relaciones tóxicas con personas narcisista y psicópatas de personalidad en las que la explotación interpersonal constituye un aspecto nuclear. No es raro que el cónyuge narcisista cuente además con el respaldo de una familia de origen con un perfil también narcisista (neurosis familiares de las que hablaremos en otro post) lo que multiplica el aspecto tóxico y lesivo de esta dinámica. Demasiados e importantes agresores para que el menor pueda sustraerse al linchamiento de la víctima.

     Esta situación aberrante somete al menor a unas tensiones emocionales y cognitivas que acaban desembocando en lo que denominamos Síndrome de alienación o enajenación parental (en lo sucesivo SAP), definido por el controvertido psiquiatra neoyorquino Dr. Richard Gardner en 1985 (fue acusado de describir este síndrome con fines espúrios) y, que se manifiesta por los siguientes hechos:

  • Rechazo creciente del menor hacia la compañía del progenitor víctima.
  • Introversión, ansiedad, insomnio y aislamiento.
  • Expresión de opiniones impropias de un niño.
  • Desafío más o menos violento hacia la capacidad del progenitor agredido para cubrir las exigencias mínimas como padre/madre.
  • Nula conciencia de la manipulación, cree ser independiente del progenitor en su ataque.
  • El progenitor aparenta completa inocencia y niega su implicación directa en el fenómeno.   

  La convivencia con el progenitor agredido sufre un rápido deterioro debido al debilitamiento de la identificación del menor con él/ella y a la renegación de su influencia. Los casos más graves pueden conducir a la agresión física, al traslado al hogar del progenitor agresor si no convivía con él o a la interrupción de las visitas con la víctima si lo hacía.   

  Fuera cual fuera la intención de su descubridor, lo cierto es que se trata de un problema real, complejo y grave. El abordaje requiere romper una alianza tóxica lo que supone siempre un gran desafío.

   Cuando se demuestra frente a un juez y éste impone la rehabilitación, el proceso se desarrolla en tres fases siendo muy similar a la de los sujetos que abandonan una secta:

  • Primera: separación física total del progenitor agresor.
  • Segunda: terapia en la que se reconstruye el vínculo roto con la víctima. Esta fase debe contar con medidas psicoeducativas intensivas que devuelvan el valor a los aspectos criticados (esfuerzo, responsabilidad, contención etc.). Es necesario mostrarle la manipulación de la que ha sido objeto.
  • Tercera: Restauración de la asimetría en la relación con la víctima para devolverle su autoridad como padre/madre.  

    Pero lo mejor es actuar cuando aparecen los primeros síntomas evitando la necesidad de una intervención judicial. Como ideas genéricas ante la sospecha de una enajenación parental es recomendable tomarlo muy en serio y afrontarlo con decisión. Intentar flexibilizar la relación alejándola de la dinámica habitual de estrés, obligaciones y castigos. Buscar medidas de relajación personales para no descargar nuestro estrés sobre el menor. Mostrar fortaleza y determinación ante sus desafíos a nuestra autoridad.  Solicitar una evaluación de un terapeuta si se estima necesario tanto para el menor como, en su caso, para la víctima.   

  Un niño no es un arma, manipularle no puede ser aceptable para nadie. El SAP puede destruir se estabilidad emocional y generar vínculos enfermos en relaciones que establezca en su madurez, además de romper el vínculo con el progenitor sano de forma inexorable.  Merece toda nuestra atención.

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