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¿Cómo (y cómo no) debemos tratar a una persona deprimida?

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

“Julia, una brillante abogada en la cima de su carrera, vio hace dos meses cómo le invadía lentamente una inexplicable falta de energía, no podía hacer sus tareas con normalidad, lloraba cuando no la veía nadie y perdió 5 kilos sin hacer dieta. Desde hacía tres semanas se despertaba a las 4 de la mañana y no podía conciliar de nuevo el sueño. Lo pasaba mal cuando sus amigas le obligaban a salir cuando a ella no le apetecía, su marido se irritaba porque no tenían sexo y se había distanciado, su jefa le había amenazado con el despido porque se equivocaba con frecuencia y no mostraba el interés de antes. Le aterraba tener que tomar antidepresivos por el estigma que supuso eso para su padre antes de suicidarse. De momento con unas cuantas cervezas al día podía soportarlo. Pero una semana antes de venir a la consulta no pudo más, se tomó una caja de Orfidal, no soportaba sentirse culpable de lo que le ocurría y le hacía sentirse víctima. Afortunadamente, Julia está ahora perfectamente, pero pagó un duro peaje hasta llegar ahí”.  

  Ya hemos visto a través de artículos y videos cuales son los síntomas de la depresión y las alternativas que contamos para su tratamiento. Pero hay algo que los profesionales no podemos hacer por el paciente deprimido: acompañarle permanentemente y protegerle en su vida diaria.

  A lo largo del día, el paciente afronta un hecho que con mucha frecuencia aumenta su dolor: la incomprensión de los demás. Un deprimido suele no tener fuerzas para levantarse de la cama por la mañana, puede carecer de capacidad para disfrutar de una actividad objetivamente placentera, se siente fatigado, no se puede concentrar o le resulta difícil comer si no se le obliga. Pero ¿puede evitar todo esto? Obviamente no, aunque muchos lo crean.  

Debemos actuar con el deprimido como actuamos cuando una persona querida tiene una enfermedad física: ofrecerle una ayuda incondicional, reforzarle la idea de que padece un trastorno que tiene tratamiento y llevarle cuanto antes al especialista.

  Es frecuente que las personas que acompañan al paciente en su familia, entorno social o trabajo, se apresuren a hacerle todo tipo de recomendaciones asumiendo que si está así es porque no hace lo que tiene que hacer:

  • Tienes que dormir menos.
  • Controlas mal tus emociones, no es bueno llorar tanto.
  • Deberías ser más empática, no respondes a mis estímulos.
  • Es absurdo estar triste, deberías estar contento.
  • Tienes que rezar más y ser más positiva.
  • La depresión es de débiles, debes ser más fuerte.
  • No comes suficientes frutas y verduras.
  • No deberías tomar esas pastillas, te van a cambiar el carácter.
  • Eres muy vago, no estarías así si hicieras deporte.
  • Ya verás que con un poco de sexo se te pasa todo.
  • etc.

   Son comentarios que no hacen sino generar confusión en el paciente pues se pregunta “¿realmente puedo evitar lo que me pasa? ¿soy el culpable de estar así?  Entonces ¿por qué no soy capaz de hacer lo que me recomiendan?”

   El efecto es devastador pues, lejos de aportar ninguna ayuda, incrementan la impotencia que caracteriza la depresión y, además, le añade un intenso sentimiento de culpa que el paciente podía no tener y que, como en el caso de Julia, pudo invitarle al suicidio.   

   ¿Se ha preguntado qué pasaría si tratáramos a los enfermos físicos como tratamos a los deprimidos? Las siguientes viñetas (traducidas por mí) del dibujante Robot Hugs (robot-hugs.com/helpful-advice) ilustran magníficamente lo absurdo de esta actitud.

      Todo esto se traduce en que menos de la mitad de los pacientes con depresión buscan ayuda especializada privándose de un tratamiento que podría aliviar su sufrimiento. La depresión es la gran incomprendida en nuestra sociedad. Acaso podríamos hacerlo extensivo a la enfermedad mental en general. Un amplio sector de la población cree que no es una enfermedad y que tan solo es una cuestión de esfuerzo personal. En el entorno laboral, con frecuencia, se considera una debilidad y una mala influencia para el equipo. 

  Es una enfermedad que coloca al amigo, familiar o compañero en una situación de vulnerabilidad pues le demuestra que lo que él/ella creía inmutable (el equilibrio de la persona deprimida y del grupo) se viene abajo por unos síntomas que desconocía. El observador pronto constata su propia impotencia para ayudar de forma eficaz. Por eso expresa su necesidad de que todo regrese pronto a la normalidad y tolera mal la frustración que le produce la situación. Incluso en cuidadores expertos, la depresión puede llevar a la extenuación de sus recursos por su lenta evolución. Es sencillo entender que ante todo esto, sea más sencillo culpar al paciente de su lenta o nula mejoría.     

  Sin embargo, como cualquier otra enfermedad, la depresión escapa al control del paciente y solo mejora cuando es bien diagnosticada y recibe el tratamiento adecuado.

  Debemos evitar que el deprimido se sienta peor con lo que le decimos. Es importante que:

  • Le transmitamos que no está solo y que puede contar con nosotros.
  • Le descarguemos de su sentimiento de culpa ayudándole a entender que no es responsable de lo que le ocurre.
  • Cuente con que sabemos que tiene una enfermedad y que con tratamiento adecuado va a desaparecer.
  • Sepa que estamos dispuestos a ayudarle en lo que necesite, pero sólo cuando él/ella quiera
  • No le forcemos a hacer lo que no puede hacer.
  • Le acompañemos al psiquiatra o al psicólogo.
  • Le preguntemos qué podemos hacer por él/ella.
  • Nos interesemos por cómo se siente y en qué piensa.
  • Estemos junto a él de forma callada cuando no quiere hablar pero atentos a cualquier búsqueda de apoyo.
  • Contengamos la angustia del paciente como una madre lo hace con su hijo angustiado por una herida pues eso le tranquiliza.  
  • Contengamos nuestra propia frustración y, si lo necesitamos, la descarguemos fuera de la relación con el paciente pero nunca con él/ella. 

  En definitiva, debemos actuar con el deprimido exactamente de la misma manera a como actuamos cuando una persona querida tiene una enfermedad física: ofrecerle una ayuda incondicional, reforzarle la idea de que padece un trastorno que tiene tratamiento y llevarle cuanto antes al especialista.

   La pregunta es, si es realmente tan sencillo ayudarles ¿Por qué sólo un 25% de los deprimidos recibe este trato?.

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