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Crecer bajo un progenitor paranoide: una lucha entre la locura y la razón.

  “El corazón le latía de manera sorprendente; parecía que se le iba a salir del pecho en cualquier momento. Otra persona se podría haber asustado de tal ritmo y potencia cardiaca, pero ella, con 16 años, estaba acostumbrada: su cuerpo reaccionaba así cada vez que cogía el ascensor para subir a su casa, a su hogar. Esta palabra le hacía gracia, y una sonrisa amarga se dibujaba en su cara mientras pensaba: “Hogar… ¿cómo puede ser que sea el lugar del que quiero huir?”. Su taquicardia, el temblor de sus manos, sus pensamientos… todo aparecía según se acercaba a aquella persona que le esperaba en casa: su madre.”       Ya hemos tratado el trastorno paranoide de personalidad desde el punto de vista de los síntomas y padecimientos del paciente. Hoy, sin embargo, vamos a centrar la atención en aquellos niños que nacen dentro de una familia en la que uno de los progenitores sufre un trastorno paranoide de la personalidad: ¿Cómo es?, ¿Qué supone para el hijo?, ¿Cómo vive con ello y cómo le afecta en su infancia y a lo largo de su vida?   

La crianza paranoide.

    Para empezar, vamos a proponer un ejercicio: imagínese a si mismo cuando era pequeño. Ahora imagine que su padre o su madre cumple las siguientes características:
  • Desconfía del mundo en general y eso se incluye a usted, por supuesto.
  • Cualquier cosa que usted diga puede ser entendida como un insulto y ser respondida con agresividad o con chantajes.
  • Existen periodos de tranquilidad, pero nunca puede saber cuál va a ser el detonante para que su progenitor estalle, por lo que acaba intentando predecir su estado mirando cada diminuto detalle que le rodea.
  • Nada de lo que usted le diga hace cambiar de opinión a su progenitor, pues se cree dueño la verdad absoluta.
  • Sus abrazos son escasos o directamente no existen; cuando por algún extraño motivo usted recibe una muestra de cariño físico, no es más que una mueca fría y tensa…
   ¿Cómo cree, entonces, que se sentiría si su padre o su madre fuera paranoide? ¿Cómo cree que le habría afectado en su desarrollo como adulto?     
El trastorno paranoide de personalidad
   

Convivir con un progenitor paranoide.

    Uno de los aspectos que más destacan las personas que se han criado bajo un progenitor paranoide es la dificultad para saber “cuándo algo está bien y cuándo no”. Narran la tremenda ansiedad y miedo que les supone y el estado de hipervigilancia que les exige. Analizar los gestos faciales del progenitor nada más entrar por la puerta se convierte en algo automático, casi como un instinto de supervivencia.    Lo mismo ocurre con ciertos datos que se pueden extraer detectivescamente del entorno: pañuelos usados (“ha llorado”), objetos rotos (“está enfadado”) … El niño lo observa todo atemorizado. Siente ansiedad hasta que comprueba que todo está en orden. Pero ni siquiera esta hipervigilancia es una garantía de seguridad.    Dado que prácticamente cualquier cosa puede ser un detonante para provocar la ira de un paranoide, intentar controlar todas las variables se transforma en una tarea imposible, inalcanzable para cualquier ser humano y mucho más para un niño. Y aquí aparece otra de las grandes tragedias para el menor: cada vez que algo se le escapa, el progenitor cae agresivamente sobre él y le convence de que es culpable de haberlo hecho mal de nuevo, no ha sido capaz de controlarlo todo… La locura del paranoide envuelve al menor y le hace dudar de su propia mente y de su cordura castigándole a una vida de dudas y angustia.    El progenitor, con su discurso agresivo y dolido, siempre se presenta como la víctima ofendida por los inocentes actos del menor. Dejarse un calcetín sucio fuera del cesto, no decir lo buena que estaba la comida, un tono de voz, un gesto, una mirada, una sonrisa… Todo ello puede ser rápidamente transformado en una grave y deliberada ofensa.     Para el hijo de un paranoide su hogar es su cárcel y su progenitor su peor pesadilla. Aprende a vivir con ello, a calmarse por sí mismo. Comienza a darse cuenta de que su progenitor sigue una pauta, una especie de ciclo que se repite, en el que se alternan momentos de relativa tranquilidad con periodos de agresión, de silencios, de humillaciones… Pero esto sólo le sirve como dato, un dato para prepararse cuando, pasado un tiempo de tranquilidad, sabe que le queda poco para que llegue el huracán.  

“Dado que prácticamente cualquier cosa puede ser un detonante para provocar la ira de un paranoide, intentar controlar todas las variables se transforma en una tarea imposible, inalcanzable para cualquier ser humano y mucho más para un niño.”

     Aprende también, a la fuerza, que los argumentos no son una herramienta para enfrentarse a su progenitor, pues nada que le pueda explicar o decir funciona. El razonamiento lógico no funciona. Las lágrimas tampoco hacen mella en esa persona que en teoría debería quererle. A veces su rabia se dispara más aún cuando el hijo llora y le suplica que deje de hacerle daño. El progenitor siempre sostendrá que es él quien sufre, la eterna víctima, jamás reconoce su culpa. Todo lo justifica por la idea de que es perseguido y despreciado por todos y que por eso debe defenderse atacando. Así pues, el niño se queda sin cartas que jugar, completamente solo y culpabilizado, sin la más mínima intimidad, inmerso en una indefensión aprendida a pulso que es el germen para la depresión.   “Un paranoide nunca es un loco en el sentido tradicional del vocablo (…). El paranoide es un sujeto profundamente inmaduro, mal hecho y mal terminado, absolutamente incapacitado para el amor y para la ternura, un ser torturado que es capaz de arrastrar en su destrucción todo lo que de bueno y bello hay en su entorno. Al paranoide sólo lo libera la muerte.” (B. Montoya Treviño, 2000).  

 Una vía para la escapatoria.

      El aislamiento en que vive al paranoide resta posibilidades al hijo para obtener apoyos pues éstos siempre estarán en el prohibido bando de “los malos”. La mayor parte de los cónyuges de paranoides se separan y forman parte preferente de su lista negra, pero, si siguen viviendo con ellos, suelen estar anulados y no sirven como aliado al hijo. Ocasionalmente el menor es objeto de alienación parental y llega a compartir el convencimiento de que su progenitor desertor es un demonio y su progenitor paranoide su víctima.  Los esfuerzos del paranoide en aislar al hijo de los enemigos suelen convertirlo en un ser retraído, inseguro y desconfiado.        También ocurre algo tremendo relacionado con esta situación y que es común a otras situaciones de abuso infantil: cuando los hijos por fin intentan explicar lo que están viviendo a personas de su entorno no suelen obtener la atención que merecen. Rara vez hay pruebas físicas del maltrato por lo que se tiende a minimizar el daño. Para el menor es difícil explicar desde las limitaciones de su inexperiencia algo que es esencialmente emocional, absurdo y contradictorio (me quiere y me odia, me pega y dice que es mi víctima, me protege y me maltrata). La ambivalencia que el menor desarrolla hacia su progenitor es extraordinaria. No se permite aceptar la evidencia que se yergue frente a él: su progenitor es una persona incapaz de amar, sólo sabe destruir a toda persona que se acerque. Pero eso va en contra de todo lo que sabemos que es un padre o una madre, y ahí está otra de las grandes luchas internas con las que tendrá que lidiar el hijo.    A partir de este punto, el menor tiene dos opciones:
  • Caer en el agujero negro del progenitor y convertirse en su cómplice sumiso y torturado.
  • Escapar y afrontar un camino de soledad, dolor, sufrimiento y trabajo.
   Nunca resulta sencillo dejar atrás a un padre o a una madre, escoger entre la vida (huir de su progenitor) y la muerte psicológica (quedarse con él). No estamos preparados para abandonar a nuestro padre o a nuestra madre. “Una madre es madre para toda la vida”, “tienes que querer a tu padre incondicionalmente porque es de tu sangre…” El sentimiento de culpa emerge por los recuerdos felices de cuando jugó, charló, rió o bailó aquella vez con su progenitor… Pero no puede olvidar la cara endemoniada, dura y hostil del día a día.    No es fácil romper, dar por muerta una figura tan importante y que, en teoría, debe ser cariñosa y protectora, alguien de quien siempre se espera, pero no se obtiene, un amor incondicional. El hijo del paranoide llega con mucho trabajo a una conclusión contraria: un progenitor está perfectamente capacitado para destruir y marchitar todo lo que toque.    La ruptura es, sin duda, el momento más duro que muchos de estos hijos tienen que afrontar: tienen que decidir entre vivir loca creyendo su verdad y abrir los ojos recibiendo el castigo por ello. “Yo te quería, mamá, de verdad que sí… De hecho, creo que lo sigo haciendo. Pero me quemaste con la ira de tus ojos, con la dureza de tus palabras. Te prometo que intenté ayudarte, pero no dejabas de atacarme. Ahora sólo me queda el recuerdo de lo que fuiste, lo que quise recuperar, aquella persona que me cuidaba cuando era muy pequeña. Me la quitó esa cosa negra que te sale por los ojos cuando me miras ahora. Tienes un monstruo, mamá, perdóname por no poder seguir intentando sacártelo… pero temo que, si me quedo más, entre dentro de mí.”  

El coste emocional y psicológico de la huida.

     Obviamente, las repercusiones futuras para el hijo dependen de tantos factores que es imposible contemplarlas todas en un post.  No será igual, desde luego, si el progenitor paranoide es la madre o el padre; si el niño es hijo único o no, el lugar que se ocupe entre los hermanos; si es varón o mujer y si es o no del mismo sexo que el progenitor paranoide; si el otro progenitor está o no, y si está, está sometido o se resiste. Todo ello conforma un universo de formas y posibilidades de supervivencia diferentes.    Pero lo que es incuestionable es que la probabilidad de desarrollar una patología mental es alta si no recibe ayuda. Es fundamental que pida consejo profesional a alguien que pueda esclarecer sus dudas sobre el estado de su progenitor, que le haga entender que eso no es amor y que le ayude a aumentar su autoestima, que estará sumamente minada por los años de maltrato sufridos.
    Es posible escapar más o menos indemne gracias a una resiliencia eficaz pero lo más frecuente es que el niño presente síntomas depresivos que arrastra en su adolescencia y juventud.  También es frecuente observar síntomas obsesivos que facilitan al niño cumplir con las exigencias arbitrarias del paranoide y contener una natural agresividad que podría comprometer su vínculo con el progenitor paranoide antes de estar preparado a romperlo. No es raro observar rasgos fóbicos y esquizoides entre estos pacientes, al fin y al cabo se han criado en un mundo lleno de peligros y ataques inesperados. La ansiedad es también muy común. Un caso de mal pronóstico es cuando el hijo presenta también rasgos paranoides de personalidad sea por identificación con el agresor (mejor pronóstico) como por carga genética (peor pronóstico).   
   Siempre es prioritario ayudar al hijo a salir de esa relación intoxicada. El primer paso es separarle físicamente del progenitor lo que le permitirá, con mucho esfuerzo, mantener una relación “normal” con el progenitor (los ciclos del paranoide no desaparecerán, pero al no convivir con él podrá conseguir distanciarse no sólo física, sino también emocionalmente).    Es importante que el hijo se dé cuenta de que es difícil, si el progenitor no está bajo tratamiento psiquiátrico ni accede a estarlo, que se salven ambos. Es más, muchos profesionales coinciden en que el trastorno de personalidad paranoide, una vez se ha dejado evolucionar, es prácticamente incurable. Debemos hacer ver al hijo que él sí se puede salvar, él puede conseguir tener una vida feliz en el futuro, pero eso supone apostar por sí mismo y aceptar que ni con todo su empeño puede salvar a su progenitor que debe quedar inexorablemente atrás.       Por ello se les debe ayudar tanto desde nuestro papel como profesionales de la salud mental, como desde el papel de amigo, abuelo, tío, primo, vecino… En cuanto el niño empiece a abrir los ojos, verá que hay gente que está deseosa de ayudarle y que, por ende, la “lista negra” de su progenitor es esencialmente blanca, no se ajusta a la realidad.    Debemos prestar atención a estos casos pues, a menudo, tratamos el problema de la persona enferma sin atender a todas las víctimas que va dejando a su alrededor.

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