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Crisis de pareja, una oportunidad para explorar el cambio.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

  Aquellos que tengan alguna experiencia en la mar, sabrán que abandonar un barco en plena tempestad asegura casi siempre dos cosas: el mantenimiento a flote del barco y nuestro ahogamiento. Es difícil contener el impulso de huir en cualquier situación de crisis, pero en la mayor parte de las ocasiones, como en la mar y la pareja, ese remedio puede ser peor que la enfermedad. 

   Según una reciente encuesta realizada en los EE UU, el 86% de los estadounidenses, de entre 18 y 29 años, esperan que su pareja actual les dure durante toda la vida. Sin embargo, tan sólo un 55% de esas parejas celebran su 20º aniversario. Excesiva precipitación y peso del pensamiento desiderativo en los inicios y/o excesiva falta de contención en el desarrollo de la relación lo explican. Veamos. 

 

 Razones para una crisis de pareja

 

   Una crisis de pareja suele ser consecuencia de:

  • Inmadurez.
  • Incomunicación.
  • Monotonía.
  • Desconfianza.
  • Infidelidad.
  • Desajustes entre la conducta observada y la esperada.
  • Negligencias e irresponsabilidad.
  • Excesiva rigidez y control. 

  Estos y otros factores limitan la consolidación de la pareja. La mayor parte de las parejas han atravesado una o varias crisis que no conducen a la separación. ¿Por qué sucede esto en unos casos y no en otros?

   Somos conservadores por naturaleza, nos gusta que las cosas a nuestro alrededor sean estables para poder confiar y sentirnos seguros. Pero la naturaleza es cambiante y nos obliga a una permanente adaptación. Una relación de pareja evoluciona porque sus miembros maduran y cambian, resulta pues absurdo obstinarse en mantener inalterados sus hábitos y reglas. Hacerlo nos sumirá en una lucha de poder que arruinará en poco tiempo el capital de nuestra pareja. 

 

  El éxito evolutivo de las especies siempre ha descansado sobre la flexibilidad y la adaptación a nuevas condiciones abandonando viejos hábitos. No es distinto en la supervivencia de la pareja. Es clave comprender las motivaciones, sentimientos y pensamientos de nuestra pareja y escapar de nuestra rígida visión del problema.

 

   Como decía el poema de Gil de Biedma, “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde…”. Lo mismo ocurre en la pareja. Es difícil sustraerse, cuando somos jóvenes, a la necesidad de que las cosas sean como deseamos y olvidemos que las cosas son, esencialmente, como son. “No me quieres tanto como yo a ti”, reprocha el adolescente a su pareja como si ser querido fuera un derecho natural exigible. La mayor parte de las veces necesitamos alcanzar nuestra madurez para darnos cuenta de que el afecto es libre y de que necesitamos tiempo para conquistarlo.  

 

 

 ¿Y cómo se sale de esto?

 

   La realidad es que los malos momentos vividos en una relación representan una gran oportunidad de aprendizaje y desaprendizaje. Analizamos y comprendemos mejor la realidad a la vez que nos deshacemos de concepciones dogmáticas inmaduras del pasado. Todo ello nos ata más a la realidad y estabiliza nuestra relación. Y es que, tras pasar por estos malos momentos (por otro lado, inevitables en una relación que se mantiene viva), nos damos cuenta de lo que es esencial en nuestra relación, pero también de aquello con lo que no podemos continuar.  

   Una relación madura es un intercambio entre adultos que se eligen libremente cada día, un equipo democrático de iguales en el que los miembros trabajan por el bien común respetándose y alejándose del individualismo, de la supremacía, del egoísmo o del miedo a involucrarse. Por lo tanto, la primera tarea para capear una crisis es abandonar lo atavismos infantiles, madurar.

 Otro objetivo importante es desarrollar una mayor empatía cognitiva cuando si se carece de empatía afectiva. Esforzarse por comprender los pensamientos, deseos y sentimientos del otro resulta fundamental. Comportándonos así, lo más normal es que el otro se sienta impulsado a actuar en consonancia.  

  En la búsqueda de una solución a una crisis de pareja es imprescindible mirar más allá de lo evidente. Si no somos capaces de hacerlo, es bueno que pidamos una ayuda externa. Para solucionar una crisis debemos aceptar algo muy claro: nuestra percepción de la realidad suele estar deformada por el filtro de nuestros sentimientos, creencias y valores. Por lo tanto, si queremos ver más allá debemos quitarnos las gafas de nuestra subjetividad y contemplar la realidad con una mayor desnudez. Cuando comprendamos esto, saldremos de nuestra miope mismidad y aparecerá el otro en su plena dimensión como un ser diferente, con identidad propia y con puntos de vista genuinos.

 

Claves para convertir la crisis en una oportunidad

 

  El éxito evolutivo de las especies siempre ha descansado sobre la flexibilidad y la adaptación a nuevas condiciones abandonando viejos hábitos. No es distinto en la supervivencia de la pareja. Es clave comprender las motivaciones, sentimientos y pensamientos de nuestra pareja y escapar de nuestra rígida visión del problema. 

  Tras una crisis,  ni la pareja ni sus miembros serán los mismos por el poder transformador que tiene si sabemos aprovecharla. Una crisis tiene un efecto liberador y estabilizador pues la solución se basa en la realidad y se aleja del deseo individual.

  Una crisis es como una tormenta en la mar, es dura y nos hace sufrir, pero es finita, siempre termina.  Los conflictos en una relación son inevitables, luego la clave no es evitarlos sino aprender a manejarlos. Es importante tomarse el tiempo necesario y “mojarse” hasta el fondo, los flecos sin resolver asegurarán otra crisis inmediata. Negando el conflicto, la rabia y el resentimiento hacia el otro tan sólo nos alejarán de la pareja. Decía Maruja Torres que el rencor es como beberse un veneno y esperar que sea el otro el que muera. Es importante expresar y hacer recuento de los conflictos en conjunto superando nuestro rencor para permitir la comunicación. Sentarse a hablar es el comienzo.   

  Necesitamos bajar del trono de la indignación para operar en el plano de la realidad con la máxima sencillez y desnudez. Así podremos entender que el otro no siempre es estúpido y que puede llegarnos a enseñar muchas cosas que desconocemos, por lo general. Desde nuestra desnudez es más fácil decir “lo siento ¿quieres que hablemos?”.

   Aspectos como el afecto, la sexualidad, la intimidad y la comunicación son componentes que afloran tanto en la relación pero con frecuencia también en o tras la discusión. A partir de aquí, y si se quiere transformar la crisis en una oportunidad de cambio, los miembros de la pareja deberán trabajar para modelar un espacio común y nuevo fomentando, sobre todo, nuevas reglas e intercambios con criterios de inclusividad. Cuando reasentemos la relación en el suelo firme y estable de la realidad y la objetividad, seremos más fuertes y podremos celebrar más aniversarios juntos. Si no somos capaces, es mejor ponerse en manos de un terapeuta. Es mucho lo que puede perderse en un divorcio y muchas veces poco lo que hay que hacer para evitarlo.

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