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Dismorfofobia o el miedo a la fealdad


por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

“Pasé los primeros 14 años de mi vida convencida de que era demasiado alta y mi boca y mi nariz demasiado grandes”. Estás palabras forman parte de una entrevista que la actriz Uma Thurman concedió a la revista Talk en la que reconoció haber padecido dismorfia corporal (o dismorfofobia).

  El paciente con dismorfobobia (también llamado trastorno dismórfico o dismorfia corporal) experimenta una distorsión de su imagen que no puede ser constatada por los demás. Fue descrito ya en 1886 por el psiquiatra italiano Enrique Morselli. El paciente siente un intenso rechazo por una zona corporal concreta que percibe como fea, deformada, demasiado grande o pequeña etc.

 La dismorfofobia es más frecuente entre los adolescentes, sin distinción de sexo, aparecer con los cambios anatómicos puberales que comienzan a los 11 – 13 años. Sin embargo, lo normal es que los casos más severos se den entre los 15 y los 18 años de edad. Se calcula que 1.5% de la población mundial padece dismorfia corporal, pero la cifra puede ser mucho mayor en la medida que muchos afectados tratan de ocultar su problema y permanecer en el anonimato.

Aparece sobre los 11 – 13 años pero los casos más severos se den entre los 15 y los 18 años.

 Un 45% de las dismorfofobias nacen a partir de la nariz, aunque tampoco son extraños los casos de dismorfias de abdomen, cuello, mandíbula, cabello, boca, senos, manos, piernas, glúteos, pies o genitales.

   El paciente con dismorfofobia mantiene una relación complicada con los espejos: o no toleran que haya uno cerca o les es imposible dejar de mirarse en ellos centrándose obsesivamente en su “defecto”. Con el tiempo, el sujeto comienza a obsesionarse con la idea lo que además le provoca intenso malestar y ansiedad. La rigidez de su pensamiento alcanza tal extremo que abandonan sus relaciones sociales y familiares llegando a un gran aislamiento.  Se muestra irritable y ansioso y suele ser frecuente el insomnio y el desinterés por la sexualidad (o por cualquier otra actividad placentera). A todo esto habrá que añadir una clara merma de su rendimiento académico o laboral.

  Hay dos tipos de dismorfofobios:

  • Tipo neurótico: El paciente está convencido de que una parte de sí mismo es deforme pero responde a la argumentación lógica, lo percibe como algo subjetivo. En este caso, lo habitual es que sea necesaria una medicación que disminuya la rigidez de su pensamiento (inhibidores de la recaptación de serotonina, por ejemplo) pero sobre todo una psicoterapia cognitivo conductual que reestructure las cogniciones aberrantes sobre la zona distorsionada o una psicoterapia dinámica que permita a la persona visualizar, afrontar y vencer al conflicto inconsciente subyacente cuando lo hay.
  • Tipo delirante o psicótico: El paciente en estos casos tiene una creencia delirante es irreductible al razonamiento lógico, sobre su aspecto físico. Estos pacientes sólo mejoran con antipsicóticos y lo hacen muy rápidamente pero suelen requerir un tratamiento crónico.

Sólo un 10% de los dismórficos que pasan por el quirófano consiguen librarse, definitivamente, de su obsesión.

  En cualquier caso, nunca está indicado el tratamiento quirúrgico al que suelen acudir muchos de estos pacientes mucho antes de acudir a un psiquiatra. La cirugía estética proporcionará, todo lo más, una satisfacción temporal pero enseguida reaparecerá una nueva percepción deformada y regresará la ansiedad con una mayor intensidad. Según un estudio que publicó la BBC en 2015, “tan sólo un 10% de los dismórficos que pasan por el quirófano consiguen librarse, definitivamente, de su obsesión”.

  Es frecuente que la prueba que aportan al cirujano para demostrar su fealdad sea hoy un selfie. Es célebre el caso del británico Danny Bowman, quien, a sus 21 años, llegó a dedicar hasta 10 horas a sacarse selfies que luego compartía en redes sociales. “me los hacía hasta de madrugada”. Es lo que se ha dado en denominar selficidio o selfie compulsivo. Danny estaba obsesionado con parecer perfecto, genial, encantador… y los comentarios negativos le dejaban devastado. Llegó a dejar los estudios. Un día, su madre lo encontró medio dormido al lado de una caja de somníferos. Había intentado suicidarse. No morir en aquel momento fue lo que, paradójicamente le salvó la vida… no solo por el lavado de estómago que le hicieron a la llegada al hospital. Lo que le salvo sobre todo fue que los médicos le dijeron que su padecimiento era un trastorno mental y podía curarse.

  Hoy el selfie y las redes sociales han sustituido al espejo. El paciente se va armando como un puzle sobre la información que le devuelve el espejo construido con los ojos de los demás. Lo malo es que, de esta manera, el espejo ya no es mudo sino que “habla” como el de Blancanieves y, es sobradamente conocido, no pierde ocasión de hacer comentarios devastadores que confirman la sospecha del paciente incrementando su obsesión. Es el caso del ciberacoso en las redes siempre centrado en el más mínimo defecto.

  Hoy la tecnología y la interacción social digital han complicado la vida y el sufrimiento del dismorfofóbico. Esperemos que, de forma paralela, esto también anticipe el momento en que identifique la verdadera naturaleza de su trastorno.  

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