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El afrontamiento psicológico de la muerte

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid El afrontamiento psicológico de la muerte(Grupo Doctor Oliveros)

La experiencia del cáncer se aproxima en muchas ocasiones a la experiencia de la muerte. Una gran mayoría de pacientes a los que se les diagnostica cáncer piensa inmediatamente en la muerte aunque luego sepan que hoy una gran mayoría de casos se transforman en enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión, enfermedades que requieren vigilancia estrecha pero no suponen una muerte inexorable. La semana pasada hablábamos de la negación en la experiencia del cáncer, hoy traigo una reflexión sobre la reacción contraria: la claudicación automática.

El día 14 de enero el periódico El País publicaba una noticia que me resultó muy inquietante aunque no vi que tuviera una gran difusión (http://bit.ly/1iFakbG). 
Se había encontrado el cadáver de un hombre de 67 años bajo un puente del Ebro a su paso por Zaragoza. Luis Huertas Castel era su nombre. Estaba divorciado y tenía una hija, dos hermanas y una sobrina. A su cuenta llegaba la transferencia de su pensión de 2200€/mes pero él sacaba lo justo para alimentarse mientras se cobijaba en una tubería de una acequia seca esperando a morir. Unos años antes su hermana había perdido a una hija por una leucemia. El hombre se había divorciado unos años antes de ser diagnosticado de cáncer. Tras conocer su enfermedad desapareció hasta morir. 
Resulta imposible saber qué contenía la cabeza de este hombre para tomar semejante decisión. Quizá fuera la noticia del cáncer la que rematara la desesperanza que sintiera tras su divorcio o una fobia a las agujas que le anticipara situaciones de angustia que imaginó no poder afrontar al recibir tratamiento para su enfermedad. Sólo él lo supo y ya no nos lo puede contar. Pero lo que es evidente es que este hombre conocía un padecimiento que imaginó mortal y optó por esperar a la muerte en una cuasi completa soledad.

Recuerdo ahora la magnífica novela de José Luis Sampedro, “La sonrisa etrusca”, en la que el autor trata la misma situación desde una perspectiva parecida. Un abuelo siente que lo que denomina “la bicha” se lo está comiendo por dentro y que acabará matándole pero no dice nada a su hijo ni a su nuera con los que convive para dejarles que sigan cumpliendo con sus atareadas obligaciones. Se limita a esperar que “la bicha” le acabe por devorar mientras entretiene y cuida a su nieto un día tras otro. 

Nacemos con dos tendencias o pulsiones: la de placer y la de muerte. El Eros y el Tánatos. Durante nuestra infancia predomina la primera (jugamos, imaginamos, creamos, amamos, nos relacionamos) pero a medida que crecemos va creciendo la segunda (luchamos, odiamos, nos aislamos, destruimos) hasta hacerse predominante en nuestra senectud. Nadie habla con mayor tranquilidad de su muerte que un anciano lo que con frecuencia sorprende a los más jóvenes de la familia. En la impactante película “La balada de Narayama”, un relato costumbrista sobre una aldea primitiva japonesa, una anciana era acarreada por su hijo hasta la montaña Narayama donde la abandonaba para dejarla morir llegado lo que todos entendían como el final de su vida. Todo se desarrollaba con extrema normalidad. Sin embargo en nuestra sociedad, la idea de la muerte es bien distinta y el cáncer puede provocar una tormenta emocional imposible de ordenar no solo en el paciente sino también en su familia. 
Por eso es común que los pacientes consideren a menudo con cuidado el efecto que esta noticia va a tener sobre los demás y, en un intento de protegerles, puedan decidir ocultarles la información como hizo Luis Huertas Castel o el protagonista de “La sonrisa etrusca”. Precisamente en los comentarios en el post sobre la negación en el cáncer, @Ramón Ángel Gisbert Martínez abordaba esta interacción que puede alcanzar tintes surrealistas cuando todos saben lo que pasa pero todos hacen como si no pasara nada.
Los especialistas debemos tener en cuenta estas reacciones y comunicar con la mayor tranquilidad y cantidad de información relacionada la noticia. Informarle del pronóstico, los tratamientos disponibles, sus efectos secundarios pero con el máximo cuidado. Solo nosotros sabemos de lo que estamos hablando, el paciente tan solo ve como un tsunami de angustia se le echa encima y puede tener grandes dificultades para comprender y reaccionar. Es muy posible que Luis Huertas Castel no conociera su padecimiento de una forma en la que pudiera comprenderlo en su totalidad y lamentablemente llegó a la conclusión que comunicó al compañero con el que compartió la tubería y sus últimas conversaciones: “Yo, en esta vida, ya no hago nada”. Tremendo.

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