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El amor propio, la esencia del adulto pero un peligroso veneno cuando está enfermo

statua di marmo biancopor Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

A grandes rasgos podemos definir amor propio sano como autoestima y amor propio enfermo como egolatría o narcisismo.

El amor propio es tan esencial para nuestro desarrollo normal como el miedo o la agresividad. Durante nuestra primera infancia, nos sentimos con derecho a que nuestras necesidades sean satisfechas de forma automática y, mediante el llanto o la manipulación, estamos seguros (falsamente) que lo lograremos. Como el bebé que llora sin parar cuando tiene hambre hasta que el biberón está a la temperatura adecuada en su boca.

Sin embargo, a medida que crecemos nos damos cuenta que la satisfacción de nuestra necesidad es contingente, es decir, puede ocurrir pero también puede no ocurrir. Entendemos ya que el hecho de que yo tenga hambre no equivale a que vaya a poder comer, al menos inmediatamente.  Y eso nos permite desarrollar estrategias para aplazar y perseguir la realización de nuestro deseo hasta el momento que sea posible. Este cambio exige la evolución del amor propio y nuestra transformación en personas adultas a través de lo que denominamos la maduración.

Por el contrario, el amor propio enfermo no experimenta esa transformación y sigue necesitando la gratificación automática de sus necesidades como lo hace un bebé en su cuna. El conductor ególatra, por ejemplo, puede pitar a un anciano que tarda más de lo que el conductor cree necesario en cruzar un semáforo y va a descargar su frustración apretando a fondo su acelerador en el mismo instante que el anciano ha despejado el campo sin esperar a que alcance la acera. O como el adolescente que explota cuando necesita ir al baño y se lo encuentra ocupado por su hermana. La persona con amor propio enfermo puede saltarse una cola por considerar que es especial y no tiene que someterse a unas reglas de juego social, o puede robar porque se considera merecedor de algo que no tiene y que el mundo le debe sin tener que esforzarse para lograrlo. Es el caso de tantos banqueros, políticos y aristócratas ahora procesados en nuestro país.

Para que el amor propio infantil se transforme en una autoestima sana es necesario que el niño encuentre el camino para crecer. Actitudes poco empáticas de los padres, educaciones rígidas basadas en ideales (tú tienes que ser, tú tienes que hacer, tú tienes que pensar… tú no tienes que sentir), la sobreprotección del niño (al niño se le da todo excepto lo que necesita, reconocimiento y empatía) o su desarrollo en desamparo (niños abandonados, víctimas de la negligencia, no queridos o maltratados) pueden desembocar en esa “cronificación del amor propio infantil. Es en esa soledad donde el niño puede acabar volviendo su mirada sobre sí mismo y gratificar de forma masturbatoria lo que no le es gratificado desde fuera. Como en el mito de Narciso, reflejado la escultura de la foto, en el que el personaje de la mitología griega se enamora de la imagen de sí mismo que ve reflejada en el agua.

Es difícil afirmar que la tecnología, el desarrollo y el materialismo occidental, a base de fomentar tales gratificaciones automáticas expliquen por sí mismas la creciente inmadurez de nuestra sociedad y la expansión de las personalidades narcisistas pero esto requeriría otra discusión aparte. Pero lo que es indudable es que facilitan enormemente que la persona inmadura no logre madurar. Como piensan muchos adolescentes, la tecnología nos convierte en pequeños dioses ¿para qué, entonces, debemos cambiar? No debemos olvidar que la rueda la inventaron personas cansadas de acarrear arrastrando pesadas cargas. Si no hay necesidad no hay creatividad, por eso el desarrollo limita tanto el crecimiento personal.   

No es fácil tratar un amor propio enfermo. No basta con decir al paciente que tiene un problema de autoestima y que tiene que quererse más. Con esa aproximación le introducimos de nuevo en el círculo de su soledad por no ofrecerle una resonancia empática y obligarle a resolver por su cuenta un problema que nunca ha sabido abordar. Tampoco sirve fomentar la autocompasión mediante un abordaje protector como también ocurre en muchas terapias, tal aproximación puede, de hecho, empeorar la situación del paciente.   

La solución es una terapia que profundice en sus déficits infantiles y que abra poco a poco la posibilidad a que vea todo aquello que, buscando en su vida, encuentra pero no ve. Y no ve porque, a falta de no encontrar en su pasado, ha desarrollado una ceguera emocional que le devuelve a la soledad de la que procede. La herramienta más poderosa en este campo es la experiencia emocional correctiva.

Y no olvidemos que tras un ególatra siempre hay un niño que no ha podido crecer por carecer de las herramientas necesarias. A quien el ególatra le produzca irritación es muy posible que tenga también un amor propio que no ha podido terminar su desarrollo. El ególatra es un minusválido emocional y como tal, lo que despierta es compasión cuando el amor propio del observador es sano.     

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