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El duelo, una tarea tan difícil como necesaria

end-point-524190 (1)por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid  (Grupo Doctor Oliveros)

  Una gran mayoría recordará que en septiembre de 2007 el pesquero “Nueva Pepita Aurora” se hundía en el Estrecho de Gibraltar atrapado en un terrible temporal. Ocho de los quince tripulantes que fueron rescatados con vida de inmediato. Sin embargo, pasaron varias semanas para que se recuperaran cuatro cuerpos de los siete marineros restantes ahogados. Tres nunca fueron encontrados. Sus viudas esperaron noche y día durante semanas en el puerto de Barbate mientras se mantenían las operaciones de búsqueda. Parecería que esperaran recuperar a sus maridos vivos. En cambio, tan solo querían recibir sus cadáveres para poderlos enterrar y darle una forma a su despedida, aceptar que ya no estarían nunca más a su lado. Aspiraban tan sólo a poder elaborar el duelo por el ser querido perdido, algo normal, necesario y con un efecto adaptativo.

  Tras el fallecimiento de un ser querido pasamos por una etapa breve de shock (fase de negación) en la que no podemos aceptar la pérdida y actuamos como si siguiera viva. Podemos incluso perder las ganas de vivir y ver en nuestra muerte una posibilidad de reencontrarnos con aquella. La persona siente perplejidad y desamparo al ver cómo ha desaparecido tanto la persona como todo lo que tenía depositado en ella (afecto, deseos, esperanza, proyectos, identificaciones etc.)  Esta etapa dura una o dos semanas.

La segunda fase del duelo (fase de identificación) comienza con la aceptación intelectual, que no emocional, de la pérdida. Comenzamos a perder el apetito, las ganas de hacer nada y la capacidad para disfrutar cualquier placer. Dormimos mal, estamos muy nerviosos e irritables y lloramos con frecuencia. Abandonamos nuestro propio cuidado (higiene, indumentaria, actividad física y social) y con frecuencia soñamos con que nos encontramos con la persona ausente. Existe una rigidez del pensamiento en torno a vivencias y recuerdos con la persona querida. La intolerablemente dolorosa culpabilidad por no haber podido evitar la pérdida a veces necesita proyectarse sobre los demás por lo que se busca personas del entorno a las que atribuir la responsabilidad (familiares, cuidadores, instituciones, autoridades públicas, médicos etc.). Los niños no suelen proyectar la culpa y por el contrario interpretan la muerte de su padre/madre como como un abandono voluntario a modo de castigo por su mala conducta. En esta fase se produce la identificación con el/la ausente incorporándose ideas, gestos u objetos de él/ella a la vez que se toma distancia del mundo externo, se torna introvertido y rechaza el consuelo de los demás. Necesita de centrarse en la elaboración de la pérdida. En esta etapa existen sentimientos ambivalentes hacia la persona querida centrados en los aspectos buenos y los aspectos malos de la relación. Esta fase dura unos meses.

  La tercera fase y última fase (fase de reconexión) está caracterizada por la asunción emocional de la pérdida y la aparición de nuevos intereses y relaciones. Los síntomas ansiosos y depresivos se van atenuando hasta desaparecer. La persona amada comienza a formar parte del pasado y se toma de nuevo contacto con actividades de placer y trabajo. Esta fase supone el final de la difícil elaboración o digestión del duelo que finaliza pasados habitualmente entre seis meses (media en USA) y un año (media en Europa), rara vez dos. 

  No obstante, hay situaciones en las que la persona se queda congelada en la segunda etapa y no puede terminar de elaborar la pérdida. Sentimientos de culpa complejos, conflictos con la persona ausente no resueltos, muertes por suicidio, desaparecidos, necesidades de omnipotencia (yo podría haberle/a salvado pero no me di cuenta) impiden con frecuencia el paso a la tercera fase. Es el duelo patológico o duelo congelado. Los síntomas ansiosos y depresivos se prolongan mucho más de lo que es habitual, el manejo de la culpa se hace especialmente ineficaz y el sujeto establece una encarnizada lucha consigo mismo y con el mundo que le rodea en forma de reproches. A diferencia de la segunda fase normal, en el duelo patológico se niegan los aspectos negativos de la persona querida y se idealizan los positivos. Los demás perciben como se quisiera santificarle. De esta forma la persona nunca llega a separarse emocionalmente del ausente. La autoagresión por la culpa lleva a un descuido de la higiene y la alimentación, al abandono de las tareas habituales y a una forma de vida asocial y alejada de la realidad.

  De forma paralela, la proyección de la culpa en estos pacientes es intensa lo que puede conducir a litigios legales interminables donde el paciente puede malgastar su escasa energía sin obtener a cambio resultado alguno. Este aspecto es especialmente frecuente en muertes por suicidio en las que no solo la culpa necesita ser proyectada sino que también la agresividad hacia el fallecido necesita ser desplazada hacia otra persona por resultar inaceptable para el paciente. No debemos olvidar que muchos suicidios suponen agresiones póstumas hacia los supervivientes y que, en consecuencia, estos sienten de forma inconsciente la necesidad de devolver esa agresión al suicida. Ocasionalmente los sujetos afectos de un duelo patológico establecen de forma precipitada nuevas pseudorrelaciones para sustituir al ausente, es un hecho frecuente en varones viudos. 

  Mientras que el duelo no es una enfermedad y rara vez necesita algo más que un apoyo terapéutico y farmacológico somero, el duelo patológico pone de manifiesto de forma inequívoca la existencia de una patología anterior a la muerte del ser querido. Solo un tratamiento psicoterapéutico reglado con un apoyo psicofarmacológico simultáneo será capaz de resolverlo. De otra forma el duelo puede cronificarse y acompañar al sujeto el resto de su vida.

  Las viudas de Barbate expresaban con su infatigable espera su necesidad de despedirse de sus maridos. Pensaban que sólo enterrando sus cuerpos y cubriéndolos con una pesada lápida podrían poner fin a su relación y elaborar el duelo por su ausencia. Era una forma sincera y espontánea de vivir y pasar por lo que hemos explicado.    

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