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El enfermo designado: un producto del narcisismo familiar.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Etiquetas: narcisismo, familia narcisista, trastorno narcisista, personalidad narcisista.

   “Ana fue traída a consulta cuando tenía 22 años. Había realizado un peligroso intento de suicidio (no era el primero) una semana antes y acababa de recibir el alta del hospital. Sus padres referían que, a pesar de haber inculcado a todos sus hijos los mismos valores de estudio, esfuerzo y fe, ella siempre había ido por libre. Siempre había sido diferente, un completo desastre, incluso antes de que comenzara a drogarse y abandonara la universidad. Su padre era presidente de una importante firma y apenas tenía relación ya con ella. Pertenecía a una conocida y poderosa corriente religiosa. Toda la familia giraba en torno a él y su trabajo. “Mi padre es un cabrón, nunca me llama por mi nombre, me llama “Estúpida”, incluso siempre cena pescado y verdura cuando para los demás sólo hay una tortilla y un vaso de leche”. La madre de Ana, en cambio, era una mujer muy frágil, insuficiente y completamente plegada a los deseos del marido. Sus dos hermanos eran muy estudiosos y obedientes, ella los detestaba porque, entre otras cosas, eran los preferidos de sus padres. En realidad, no soportaba a ningún miembro de la familia, siempre se había sentido dolorosamente sola. Estaba harta de no encontrar su lugar en el mundo. Por eso no descartaba volver a intentar saltar desde su ventana en breve”.

   Muchas tradiciones religiosas han realizado sacrificios rituales de un animal para la expiación de los pecados, los males y los sentimientos de culpa de la comunidad. Es el llamado “chivo expiatorio”. Matándole, a pesar de su inocencia, la comunidad se purifica y recupera el bienestar. Recordemos el rito de la comunión, acaso síntesis de estos sacrificios, en la que la sangre y el cuerpo (el vino y el pan) inocentes proporcionan la purificación.

La familia narcisista

   La mejor manera de mantener el control y la cohesión de un grupo es designar un enemigo fuera y otro dentro. Se observa sin excepción en todos los gobiernos totalitarios y en los que pretenden llegar a serlo.  Lo mismo ocurre es las familias narcisistas, síntesis del totalitarismo grupal. De ahí que estas familias necesiten presentar a sus hijos el mundo como algo despreciable y peligroso y, simultáneamente, conviertan a uno de los miembros en depositario de la frustración del resto: el chivo expiatorio o enfermo designado, librando al funcionamiento familiar y al resto de los miembros de cualquier malestar y tensión. Con esto obtiene una válvula de escape, un basurero para la familia.  “Eres una miserable, Estúpida, si no hubieras hecho tantas majaderías en tu vida yo habría ascendido más rápido en la empresa y ahora estaríamos en una posición más cómoda” le dijo a Ana su padre frente a mí durante la evaluación.

Familia narcisista

 

   Normalmente se elige no al miembro más débil o vulnerable como a menudo ocurre en el bullying, sino al más fuerte y sano que amenaza con su autoridad a la potestad del líder, aquel miembro del grupo más inteligente e independiente o a aquel que, de un modo u otro, es capaz de distraer la atención del grupo retirándola del líder y despertando su envidia.

   Una variante que se observa con cierta frecuencia es la designación del enfermo en la persona del cónyuge de alguno de los hijos. He atendido casos incluso de maltrato físico en los que curiosamente no ha habido divorcio. En estos casos el sadismo es mucho más manifiesto puesto que el enemigo está fuera y pude expresarse sin moderación. En los grupos de trabajo también se observa cuando el líder es narcisista e imprime al grupo una dinámica totalitaria que cristaliza en el acoso laboral al empleado/enfermo designado.     

   Con el tiempo el chivo expiatorio comienza a presentar síntomas psiquiátricos (trastornos de conducta, uso de tóxicos, fracaso escolar, depresión etc.) y su patología mental se va a ir complicando y consolidando. Esto consolida la dinámica perversa pues ya existe una patología “real” como ocurría con Ana a la que atacar como “causa” del malestar familiar. 

   La existencia de un enfermo designado siempre pone de manifiesto la existencia de una patología familiar camuflada. De hecho, con frecuencia, la verdadera patología del paciente es mucho menos grave que la de su familia.  

Narcisismo familiar y el enfermo designado

   Como ocurrió con Ana, son frecuentes los intentos de suicidio de estos pacientes como una forma de escapar a lo que les parece un cautiverio inexorable. Cuando el enfermo designado muere o escapa del yugo familiar, es frecuente que la familia se disuelva (los padres se divorcian y los hijos siguen una diáspora) o elijan a un nuevo enfermo designado, con frecuencia a la madre.

   La posición de la familia respecto al tratamiento del enfermo designado es ambivalente. Necesitan que el miembro se recupere de forma individual (pues “sólo él es el enfermo”). Sin embargo, impedirán que el paciente se recupere del todo pues le necesitan enfermo para recuperar su función de “basurero”. En los adolescentes, el boicot es sencillo, basta con que la familia deje de traerlo o se nieguen a pagar el tratamiento. En los mayores de edad la lucha puede llegar a ser encarnizada y, con frecuencia, la agresividad de la familia acaba desplazándose hacia el propio terapeuta que se convierte en un nuevo chivo expiatorio. “Desde que le trata usted está mucho peor” se suele oír, aunque el paciente esté mucho mejor.

  El abordaje de estos pacientes debe incluir un tratamiento individual de su patología con psicofármacos, cuando sean necesarios, y psicoterapia. Cuando sea posible, estará indicado además el tratamiento individual del miembro tóxico, el enfermo real. De forma simultánea, es imprescindible llevar a cabo una terapia familiar. Las resistencias al cambio en una familia narcisista son enormes y aparecerán todo tipo de estratagemas para mantener su dinámica de secretos y mentiras. Pero se debe intentar hacer lo posible para reducir al máximo la toxicidad sobre el enfermo designado.    

  Ana vive hoy feliz con su pareja, ha terminado la carrera de arquitectura y ha empezado ganar algunos concursos con los que sacar adelante su pequeño estudio. No ha vuelto a intentar suicidarse y abandonó hace años el consumo de drogas. De su familia ella no tiene noticias hace muchos meses. Yo mantengo el contacto con ellos contestando a los comentarios negativos que con una cierta regularidad escriben en las redes sociales sobre mi “pésimo trabajo”.  

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