El Síndrome de Diógenes o Trastorno
por acumulación compulsiva

El Síndrome de Diógenes o Trastorno
por acumulación compulsiva

Por Patricia Aberturas Puerto,
Psicóloga (Grupo Doctor Oliveros)

Cuando vino a consulta María tenía 48 años. Era una inteligente funcionaria de alto nivel. Vivía en un bonito piso de dos habitaciones en el centro de la ciudad. Cuando lo compró pensó en convertir una de ellas en una habitación de invitados para su hermana que vivía en Bilbao. Ropa nueva que no estrenaba, periódicos con artículos interesantes y libros, algunos incluso repetidos, fueron llenando el armario de su hermana, luego el espacio debajo de su cama. Las cajas acabaron ocupando la habitación entera. El proceso había avanzado inexorablemente hasta colmar su dormitorio, el sótano y gran parte del salón. Desde hacía un par de meses dormía en un colchón estratégicamente puesto en el salón, en el que solo cabían ella y su portátil. Había convertido su casa en un almacén. A pesar de tener 4.203 amigos en Facebook, no tenía a nadie con quien compartir su tiempo. Su hermana había dejado de ir a verla tras las fuertes discusiones que tuvieron por la necesidad de tirar cosas que María ignoraba. Tenía cinco amantes, pero hacía tiempo que no disfrutaba con ninguno. Llevaba varios meses vistiéndose con las mismas tres camisetas, le daba miedo abrir ese armario y morir sepultada. Realmente lo que temía era enfrentarse a la tarea a la que su hermana ya le había conminado para separar cosas imprescindibles de cosas prescindibles y poner orden en el caos en el que se había convertido su vida.

María sufría un trastorno denominado Síndrome de Diógenes o Trastorno por acumulación compulsiva caracterizado por la gran cantidad de objetos que el paciente acumula y el desarrollo de un fuerte apego emocional hacia estos objetos que, a vista de los demás, parecen inútiles. Es un trastorno perteneciente al espectro obsesivo compulsivo y puede presentarse de forma aislada o de forma conjunta con un Trastorno Obsesivo Compulsivo o una Cleptomanía entre otros trastornos. Como en nuestro caso,  con frecuencia incluyen, ropa, periódicos, recortes, papeles y aparatos antiguos, propaganda e incluso restos de comida o envases. Aunque no disponemos de estudios de prevalencia, en nuestro medio se estima que afecta a un 1,5% de la población (algunos trabajos apuntan hasta n 6%) y que lo hace por igual en ambos sexos. 

Las personas con este síndrome sobrevaloran la importancia de estos objetos lo que les impide deshacerse de ellos; pudiendo llegar a una ira intensa en el caso de que algún amigo o familiar intente tirar sus objetos preciados. Las personas con acumulación compulsiva tienden a ignorar/negar el impacto negativo que tienen sus conductas en ellos mismos y en las personas que les rodean, las consideran necesarias para mantener el control sobre su ambiente. En el caso de María, consultó por depresión y tardó un mes en decirnos que vivía en 4 metros cuadrados. Ella había roto con su hermana por tirarle objetos a escondidas. ¿Pero cómo había llegado a ese punto?

Hoy María vive en la misma casa de dos habitaciones, pero ahora en ella puede alojarse su hermana cuando viene de Bilbao y, sobre todo, puede vivir con la pareja que se ha establecido desde hace unos meses. Ya hay sitio para todo (lo importante). 

 

Estos pacientes muestran una incapacidad para categorizar los objetos. Como, María, los acumuladores compulsivos consideran que todo objeto es relevante, no pueden decidir qué objetos son valiosos y se deben guardar y cuales son superfluos y pueden ser tirados. Por eso, la escritura de su casa o un recorte de periódico antiguo tienen la misma relevancia para ellos.

El miedo intenso de María a abrir ese armario estaba expresando el temor insuperable que a estos pacientes les despierta el poder fallar, equivocarse, tirar algo que podría ser relevante en un futuro. Si acumulamos todo, nunca tendremos que enfrentarnos al error de habernos equivocado, haber tirado algo de forma errónea. Esta cualidad va a estar muy relacionada con el perfeccionismo y la necesidad de tomar la mejor decisión, lo que llevará a no tomar decisiones de ningún tipo para no experimentar la angustia que produce fallar. Implica una intolerancia a las emociones negativas y una autoexigencia muy marcada.

Esta autoexigencia se relaciona con una baja autoestima, la cual se manifiesta en conductas observables como la creencia de que su memoria no es lo suficientemente buena. Por esta razón, María tendrá siempre a la vista todos sus objetos valiosos, temiendo que, si no los ve, no pueda utilizarlos en caso de necesidad, ya que no sería capaz de recordar esa información o donde la guardó.

Aparece una necesidad de tener un control excesivo sobre los objetos, no dejando que nadie, que no sean ella, los toque. Cuando su hermano ha tocado alguna de sus pertenencias, ha sentido violada su intimidad. María siente una necesidad de protección, cuidado y control sobre estos, siente un apego emocional con ellos. Los periódicos de su cuarto de invitados ocupan físicamente un vacío emocional, y cumplen la función de desarrollar necesidades, no satisfechas, de cuidado y protección. María llena los recovecos de su hogar convenciéndose de que no puede entrar nadie en su vida porque no tiene hueco. Ese hueco lo llenan de una forma metafórica sus posesiones, desarrollando cada vez más un aislamiento que necesita llenar de forma compulsiva con más objetos. Aparece la creencia de que los objetos son más seguros que las personas, los objetos no nos producen daño, abandono o rechazo. Por esto mismo, los únicos seres humanos con los que tiene relación, más allá de su hermano, se encuentran en las redes sociales.  

cleptomania

 

Un día leyendo el periódico en internet encontró una noticia de un anciano al que habían evacuado de su casa por vivir en condiciones insalubres, por acumular montañas de objetos y comida en mal estado. Hablaban de la tristeza y el miedo aterrador que las personas con acumulación obsesiva compulsiva sentían, en la misma medida, ante la idea de acumular como de deshacerse de los objetos. Ese mismo día María llamó a su hermana y juntas decidieron pedir cita en nuestra consulta.

Al principio tratamos lo que nos contó, su depresión, pero luego fue revelando su secreto mundo compulsivo que requirió tratamiento farmacológico y una terapia más estructurada. Comenzamos un tratamiento basado en fomentar habilidades de categorización, manejo emocional con especial atención a la ansiedad, exposición a emociones negativas y a deshacerse de sus preciados objetos, y restructuración de esas creencias que estaban en la base de su problemática. María fue abriendo sus armarios internos: primero nos dijo que vivía en 4 metros cuadrados, luego que no se sentía querida por nadie, luego que en realidad nunca se había sentido querida por nadie y finalmente el vínculo extremadamente inseguro que había tenido con una madre exigente y castrante frente al cual sólo se había podido sentir segura primero con sus excelentes resultados académicos y luego con los objetos que acumuló. Comenzó a estrechar la relación con su hermana con quien por fin abrió ese armario externo (habitaciones, en realidad, ya).

Fue dejando ese hueco para retomar el control de su vida sin necesitar la acumulación para ganarlo. Categorizando sus objetos de control, a fin de tomar decisiones sobre cuáles no eran relevantes y deshacerse de ellos de forma controlada, ayudándose en herramientas de manejo de la ansiedad que facilitaron esa desvinculación; mientras tanto fue dejando ese hueco, sin sentir miedo, y recuperó las riendas de una vida libre.

Hoy María vive en la misma casa de dos habitaciones, pero ahora en ella puede alojarse su hermana cuando viene de Bilbao y, sobre todo, puede convivir con la pareja que ha establecido desde hace unos meses. Ya hay sitio para todo (lo importante).

 



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