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El Síndrome de Münchhausen: inventando la enfermedad.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   Kaylene Bowen, una mujer de Dallas de 34 años, empleó gran parte de su energía en demostrar frente a los médicos diversas y graves patologías que supuestamente afectaban a su hijo hasta el punto de que, durante sus escasos 8 años de vida, le había hecho entrar en el quirófano hasta en 13 ocasiones. Sin duda, tales intervenciones fueron vividas como trofeos por ella pues ponían colofón a las 323 visitas a urgencias que había realizado con el menor desde su nacimiento. El menor había sido expuesto de forma innecesaria a agresivos procedimientos diagnósticos y tratamientos que le habían generado complicaciones serias. No faltaron peticiones de dinero en la web y una intensa actividad mediática para sufragar los costosos tratamientos que supuestamente necesitaba su hijo. El menor estaba en silla de ruedas, se alimentaba con una sonda, portaba un equipo con oxígeno para respirar y no fue debidamente escolarizado. Hace menos de un mes la madre fue descubierta y fue apartada judicialmente de su hijo. Con esta medida, el niño perdía la cercanía de su madre, pero podía, al fin, obtener una sanación que, con certeza, habría llegado a considerar imposible. Hace unos días me entrevistaron en diario nacional español El País sobre este tema  (enlace aquí) que hoy queremos analizar en profundidad. 

   El Síndrome de Münchhausen fue descrito en 1951 por el endocrinólogo británico Richard Asher, en referencia a las exageradas hazañas que recogía en sus cuentos Karl Friedrich Hieronymus, Barón de Münchhausen (1720-1797). Intentaba definir un complejo trastorno mental que se caracteriza por la compulsión del paciente a producirse síntomas de forma artificial y deliberada para obtener atención médica. Actualmente recibe el nombre de Trastorno Facticio en las clasificaciones psiquiátricas internacionales.  

  El paciente, por lo demás sano, comienza a provocarse síntomas (lesiones de rascado, abrasiones químicas en la piel, calentar el termómetro, intoxicaciones con fármacos o sustancias químicas etc.), a exagerar histriónicamente síntomas reales (falta de aire, taquicardias, dolor abdominal, temblor etc.) y a aportar pruebas falsas de enfermedad (muestras falsas de orina, heces, etc.). Pronto busca la atención médica, con frecuencia urgente.

 

 

  Ante una incongruencia de los síntomas, los médicos normalmente esperamos a ver la evolución, pero la presión y el estudiado dramatismo de estos pacientes puede llevarnos a actuar precipitadamente sin las debidas comprobaciones. Si, por ejemplo, se llega a realizar una apendicectomía sospechando una apendicitis aguda, el paciente puede quejarse de dolor posteriormente que sugiera una complicación quirúrgica. Si lo dramatiza convenientemente, convencerá al médico de la necesidad de un reingreso y una reintervención y se iniciará un complejo camino de peregrinación e iatrogenia (iatrogenia, daño al paciente causado por un médico) en el que el paciente se consagra como enfermo “profesional” y, como tal, encuentra confort recibiendo los cuidados de sus médicos, su principal objetivo. Los medios actuales actúan como descomunales cajas de resonancia para estos pacientes. Además, el sencillo acceso a la información sanitaria que ofrece la red hace que sus argumentos con frecuencia estén muy bien armados.

  El estudio médico de estos pacientes siempre es costoso pues requieren múltiples pruebas diagnósticas que muchas veces acaban realizándose en régimen de ingreso hospitalario.

 

En su vida adulta buscan en el cuidado médico el afecto que les fue privado en la infancia, atraen hacía sí la atención que no tuvieron como niños y se castigan de forma masoquista con sus síntomas para expiar la culpa infantil que anida en su inconsciente.

 

  El trabajo del médico no debe ir dirigido no  tanto a la mejoría de sus síntomas como a evidenciar el fraude. Es útil contrastar el grupo sanguíneo de las muestras aportadas con el del paciente, ver discrepancias entre la historia del paciente y los hallazgos actuales, rastrear fármacos y tóxicos no prescritos en sangre y orina etc.    

  Cuando un paciente es descubierto, provoca normalmente la ira de los cuidadores y su expulsión de centro de atención. El paciente entonces desaparece sin hacer ruido, y, aduciendo un cambio de domicilio, por ejemplo, establece a continuación contacto con otro centro donde no es conocido para reiniciar el proceso y comenzar una larga peregrinación que se ha denominado el “doctor shopping” en la literatura científica norteamericana, ir de médicos hasta encontrar al idóneo que le opere.

  Es importante distinguir entre Trastorno Facticio (con a) del Trastorno Ficticio (con i) en el que el paciente inventa y simula unos síntomas para perseguir una compensación económica, una baja laboral, el aplazamiento de un examen etc.  

   El Trastorno Facticio o Síndrome de Münchhausen se clasifica en tres tipos:

  • Predominio de signos y síntomas psicológicos.
  • Predominio de signos y síntomas físicos.
  • Combinación de signos y síntomas psicológicos y físicos.

  Hasta ahora hemos descrito al paciente que se provoca a sí mismo los síntomas, pero algunos pacientes lo hacen sobre otros que están a su cuidado, especialmente en el marco de una relación materno filial (85%), como el caso de Kaylene Bowen y su hijo. También hay casos de cuidadoras femeninas de la familia o no. Es muy raro en progenitores masculinos. Es el denominado Trastorno facticio por poderes (como el caso de Kaylene Bowen) y es una causa no desdeñable de maltrato infantil que, en ocasiones, acarrea la muerte de la víctima. La madre puede emplear anticoagulantes para provocar hemorragias, calentamiento para aparentar fiebre, abrasivos para generar eczemas, infectar un gotero con restos de heces para provocar sepsis, intoxicaciones para provocar diarreas y vómitos, insulina para producir hipoglucemia, añadir sangre a las muestras de orina etc. En estos casos, cuando el menor ingresa, es clave evitar que la madre esté junto a él y verificar que así los síntomas desaparecen.

  El trastorno facticio por poderes ha sido sobrediagnosticado ocasionalmente en pediatría provocando, por ejemplo, el encarcelamiento de tres madres que luego fueron declaradas inocentes. Por eso debe ser manejado con cautela.  

  Estos pacientes suelen presentar rasgos anómalos de personalidad de tipo narcisista, histriónico y borderline, pero rara vez presentar patrones completos de trastorno de personalidad. Es frecuentes también la pseudología fantástica o mitomanía.

  La causa es desconocida. Suelen ser personas con autoestima muy frágil, graves desaferencias afectivas, antecedentes de malos tratos y/o trato negligente en la infancia que encontraron entonces el afecto y los cuidados en sus periodos de enfermedad a cargo de familiares o personal sanitario. En su vida adulta buscan en el cuidado médico este afecto que les fue privado, atraen hacía sí la atención que no tuvieron como niños y se castigan de forma masoquista con sus síntomas para expiar la culpa infantil que anida en su inconsciente. Cuando es por poderes, la madre reproduce en el menor la indefensión que pudo sentir frente a sus maltratadores.

  La única psicoterapia que ha demostrado alguna eficacia es la cognitivo conductual. Ocasionalmente la terapia familiar ha mostrado algún beneficio al evitar el refuerzo familiar de la conducta que a veces complica la situación. No existe un tratamiento farmacológico útil en este trastorno. La psicoeducación tiene algún efecto positivo cuando no desean llevar a cabo una psicoterapia.

  El pronóstico es muy malo pues el paciente siempre preferirá mantener su dinámica de búsqueda de cuidados en el personal médico a cambiar su conducta y entender sus causas.  Por eso la mayor parte de las ocasiones, el médico debe limitar intervención a reducir el daño, a evitar que las consecuencias sean perjudiciales para el paciente o para su hijo.

  Lamentablemente, estos pacientes siempre encuentran, en su largo doctor shopping, a algún médico dispuesto a demostrar su superioridad frente a los que le han precedido y cree ver lo que otros antes no han visto o, sencillamente, a procurarse un ingreso económico fácil con una complicada intervención. De esta manera el paciente siempre acaba encontrando la forma de dar continuidad a una senda que solo terminará con la muerte del paciente o de su hijo si es por poderes y no se detecta a tiempo.

 

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