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El síndrome postvacacional y la idealización


pexels-photo-99533por Lorenza Escardó Zaldo, Psicóloga en Madrid (Grupo Doctor Oliveros)
 

En las redes sociales hemos estado siguiendo estos día las clásicas odas al verano, unas exaltadas, otras nostálgicas, también aparecen algunos críticos ¿serán éstos unos envidiosos o es que captan que detrás de tanta exaltación hay gato encerrado? Pero no sólo en Facebook, en las charlas de barrio y corrillos de café: es el momento de experimentar, en nuestras propias carnes o en las del vecino, el famoso síndrome postvacacional.

  Este síndrome consiste en una dificultad para adaptarse de vuelta a la vida activa que afecta principalmente a personas jóvenes. Se manifiesta en un malestar general, con síntomas tanto psíquicos (tristeza, falta de interés, cuestionamiento vital…) como físicos (cansancio, dolores musculares, falta de concentración). Ahora bien el síndrome postvacacional se trata de un estado transitorio que viene a durar entre dos días y dos semanas (de hecho no  está aceptado como enfermedad, no existe una depresión postvacacional en las principales clasificaciones diagnósticas) y conviene diferenciarlo de la distimia, la depresión o el trastorno adaptativo.

  En este post nos proponemos ofrecer algunas claves para entender una de las principales causas que nos predisponen a este mal. Se trata del uso excesivo de un mecanismo psíquico que todos los seres humanos utilizamos principalmente en la infancia, nos referimos a la Idealización.

  Descrito por primera vez en psicoanálisis por Sigmund Freud, el vienés definía la idealización como una concentración del deseo en un objeto, persona o situación que conlleva la sobrestima y exaltación de ese objeto, persona o situación

  Como decíamos la idealización es un mecanismo útil sobre todo durante la infancia y sirve al niño para manejar la ambivalencia en un momento en que aún no cuenta con recursos más sofisticados para tramitar éste complejo estado de ánimo que implica la coexistencia de sentimientos opuestos, como el amor y el odio por ejemplo. Por ello en nuestra infancia idealizamos ciertas figuras (generalmente a los padres) para despojarlas de cualquier cualidad negativa que nos amargaría la existencia. A partir de ahí es más sencillo para el niño relacionarse con ellas e incorporarlas a su mundo interno, acto fundamental pues le permitirá entonces tolerar sus ausencias. Estas figuras pasan así a formar parte de nosotros mismos como modelos instigadores, motivadores y que nos servirán de inspiración. En definitiva la idealización en su uso general promueve la ilusión. 

  En un segundo tiempo y ayudados por nuestro entorno vamos adquiriendo poco a poco más y más recursos que nos facilitan la integración de la ambivalencia inherente al mundo afectivo. A partir de ese momento ya no necesitaremos idealizar a las personas con las que nos relacionamos pues podemos sostener mejor la imperfección, las carencias, la frustración tanto en los otros como de uno mismo.

  Ahora bien, cuando continuamos utilizando la idealización como recurso preferente surgen los problemas, pues utilizado en exceso, este mecanismo creará una dependencia emocional respecto del objeto idealizado que conlleva el empobrecimiento de la imagen de uno mismo en favor de aquello que se idealiza. Esta situación renueva además la posición de dependencia característica de nuestros primeros años de vida. Por ello decimos que la idealización en su versión patológica desestabiliza al sujeto.

  Y volviendo ahora a nuestro adorado verano, cuando colocamos en él nuestras ansias de una satisfacción siempre disponible e inagotable como ese padre o madre idealizado y todopoderoso al que en muchos casos ha sido imposible renunciar, entendemos ahora mejor porqué su fin desestabiliza a muchas personas haciéndolas más vulnerables en su vuelta a la realidad.

  Es cierto que existen además otros factores o situaciones que facilitan este síndrome; vacaciones largas o durante las que no se descansa lo suficiente, falta de motivación laboral… Hoy hemos querido llamar la atención sobre un mecanismo psíquico del que puede ser bastante útil tomar una mayor conciencia evitando así que nos juegue malas pasadas.

  Reflexionar sobre la idealización individual también ayudó a entender ciertos fenómenos grupales o comportamientos de masas ¿puede ser el gregarismo lo que irrita a los críticos de tanta veneración al verano? Tal vez captan en él un típico funcionamiento de masa humana en el que una suma de individuos pone un mismo objeto en el lugar en el que deberían estar ellos mismos. Dejaremos para otra ocasión la vertiente social de este mecanismo psíquico.

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