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El suicidio, cuando se teme más a la vida que a la muerte

boats-209359 grandeA Guillermo, ojalá estuvieras aún con nosotros.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   El suicidio de un ser querido es, sin lugar a dudas, la peor experiencia por la que puede pasar una persona. Puedo asegurar que también lo es para un médico cuando afronta el suicidio de un paciente. Luchamos por la vida de nuestros pacientes con su ayuda, firmemente aliados con un mismo fin. Pero en el suicidio una fuerza no siempre comprensible hace que el paciente cambie de bando y sea él mismo quien termina con su vida. Cualquiera que conozca esta experiencia sabe que la recuperación plena es con frecuencia una tarea imposible.

  Desde que poseemos la vida, mantenerla se convierte en nuestra principal tarea. El bebé llora cuando siente un dolor o tiene hambre, se defiende de la muerte con las elementales armas que la naturaleza pone en sus manos. Si tropezamos, reflejos organizados en nuestra médula espinal hacen que recuperemos la estabilidad. Desarrollamos siempre estrategias para sobrevivir. ¿Cómo puede entonces alguien doblegar esa poderosa tendencia y terminar con su vida? Nadie lo sabe con certeza. Es una información que el suicida se lleva consigo.

  Hace unos años un hombre paranoico intentó asesinar a la cantante Björk mediante un paquete bomba. Grabó todos los preparativos y su propia muerte con un disparo en la sien. Antes de hacerlo rasuró por completo su cuerpo y pintó toda su piel de rojo. Se disfrazó. Quizá no podía matarse sin transformarse en otro. Eludió así el principio de conservación de su vida para poder acabar con ella. Antes de disparar dijo que tenía más miedo a la vida que a la muerte. Otra poderosa razón que se ha esgrimido en muchas cartas de suicidas es que no tienen una razón para vivir y que el mundo estará mejor sin ellos. Quizá sea esa la razón que les lleva a realizar una agresión póstuma contra sus supervivientes imposibilitándoles una elaboración ajustada del duelo. Esas puede ser la clave, creen que sobran, que el mundo no les concede un lugar y que, por tanto, su vida no es viable. Puede ser el caso de las personas que se han suicidado al ser desahuciadas por no poder pagar sus deudas y cuyas muertes han quedado oportunamente silenciadas. 

  La muerte por suicidio ha crecido de forma imparable desde hace 4 años en España hasta convertirse en la primera causa de muerte no natural. Mostró una progresiva disminución hasta 2010 para aumentar progresivamente después. La proporción hombre/mujer es 3/1 aunque esta desproporción parece mostrar una tendencia a reducirse. Provoca ya más fallecimientos que los accidentes de tráfico, accidentes laborales y homicidios juntos. Aunque su cifra (7,1/100.000) es la mitad que la media europea no ha parado de crecer en los últimos años: 3559 en 2012 y 3870 en 2013 (no hay cifras de 2014 todavía). Las cifras más altas de los últimos 25 años: más de 10 muertes diarias en España. Cabe preguntarse cómo es que si por cada muerto en carretera hay dos por suicidio no hay campañas de prevención como las hay para los accidentes de tráfico o de trabajo tanto más si el 90% de los suicidios se produce en enfermos mentales lo que delimita bien la población diana de tales campañas.

  Se ha identificado un riesgo más elevado en depresivos, consumidores de sustancias, tentativas previas de suicidio, historia familiar de suicidio, violencia familiar, abuso sexual, presencia de armas de fuego en casa, estancia en prisión, pérdida de personas significativas y suicidio de amigos o familiares. Síntomas que preceden un suicidio y que pueden servirnos de alarma son verbalizar ideas de muerte y de suicidio, existencia de planes de suicidio sobre todo cuando contemplan la evitación del rescate, verbalización de ideas de desesperanza o de no tener razón para vivir, sensación de estar atrapado en una situación de impotencia, sufrir un dolor emocional insoportable, suponerse una carga para los demás, aumento del consumo de alcohol u otras drogas, mostrar más ansiedad, adoptar conductas de riesgo, dormir mucho o demasiado poco, sentimientos de desamparo o soledad, mostrar rabia o ganas de venganza y mostrar cambios extremos de ánimo.

  Antes de acabar querría destacar que ningún intento de suicidio debe ser menospreciado o tomado como una mera manipulación o llamada de atención. Expresa un progresivo cambio de carga en la balanza de la vida que puede transformarse en un suicidio consumado más adelante. Todo gesto suicida debe ser digno de la máxima atención. Ojalá la difusión de estos datos puedan evitar al menos una muerte por suicidio. 

  En memoria de los miles de personas que han quedado cegados frente a su futuro por la depresión o por la soledad, que no han encontrado su lugar en el mundo ni les hemos sabido o podido ayudar a encontrarlo. 

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