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El trastorno paranoide de personalidad, cuando todo es una seria amenaza.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

“Virginia no podía soportarlo más, llevaba toda a vida encajando las suspicacias de su madre, su insoportable división del mundo en buenos y los malos, su incansable búsqueda del engaño y la traición, desconfianza de todos, la violencia que volcaba en especial sobre su padre hasta que decidió “desertar”, su aislamiento en el pueblo e, incluso, dentro de la familia. Llevaba toda la vida intentando vislumbrar algo de la madre tierna que fogonazos de memoria le traían de su infancia, esperaba poder despertar a su madre de ese extraño embrujo que convertía su vida en una permanente e insoportable lucha contra todo y contra todos.  Vino a la consulta para saber si su madre tenía solución, estaba decidida a abandonarla si la respuesta era negativa, pero era consciente que ella era lo único que le quedaba a su madre en el mundo y eso le dolía y despertaba su culpa. Veía que no podía ayudarla y la opción de seguir sometiéndose era algo que ya descartaba. Necesitaba ayuda para dejar a su madre atrás y redirigir su vida hacia la libertad, la ternura y el afecto”.

   Virginia era una de las múltiples víctimas del veneno que el trastorno paranoide de personalidad (TPP) inocula a los que le rodean sin poderlo evitar.

  La personalidad paranoide es una de las grandes olvidadas por la clínica y la investigación. El desconocimiento de sus causas, su pésimo pronóstico, mala respuesta al tratamiento y nula capacidad para establecer la alianza terapéutica pueden justificarlo.

   Afecta a un 0,5 – 4,4 % de la población y genera en torno al 10% de las consultas psiquiátricas, a pesar de lo cual la investigación sobre el trastorno sigue siendo relativamente escasa. Afecta a más hombres que mujeres.

   Se desconoce la causa de este trastorno, pero hasta el momento han demostrado importancia los siguientes factores:

  • Factores biológicos (concordancia en gemelos unicigóticos, antecedentes de psicosis en la familia).
  • Sentimientos de indefensión en la infancia.
  • Crianza dominada por la violencia arbitraria.
Los celos, un arma de destrucción masiva
 

  Los rasgos más relevantes en el TPP son:

  • Extrema desconfianza.
  • Ausencia de ternura en sus emociones y dificultad para vincularse.
  • Muy escasa conciencia de enfermedad.
  • Proyección de la culpa y la agresividad.
  • Autorreferencialidad (¿qué insinúas? ¿me quieres tomar el pelo? ¿me estás despistando para traicionarme?).
  • División maniquea del mundo con intenso antagonismo hacia los que consideran enemigos (casi todos).
  • Irritabilidad, violencia.
  • Rencor intenso y duradero.
  • Hipervigilancia para detectar los daños y engaños de los demás.
  • Introversión, intenso aislamiento.
  • Nulo sentido del humor.
  • Celos, incluso retrospectivos, por convencimiento de ser objeto de infidelidad permanente.
  • Hipersensibilidad.
  • Rigidez de pensamiento sobre sus sospechas.  
  • Incapacidad de confiar en los demás por temor al uso malicioso de la información que pueden dar.
  • Transformación de pequeños incidentes en graves amenazas.
  • Se automedican por su desconfianza hacia el médico.
  • Son inestables en sus trabajos por los conflictos que crean.
  • Admiran a personas que consideran superiores socialmente y desprecian a las que consideran inferiores.
  • Agravamiento progresivo con la edad.  

  Hasta un 50% de los pacientes presenta otros rasgos anómalos de personalidad, especialmente del área antisocial, u otros trastornos, como depresión, fobia social o ideas delirantes transitorias.   

Es muy característica la generación de la denominada “espiral maligna” o también “profecía autocumplida”: la hostilidad/desconfianza hacia los otros despierta el rechazo de éstos y aumenta la probabilidad de hostilidad/traición hacia el paciente. Esto confirma sus sospechas iniciales y cierra un círculo vicioso que aboca al aislamiento total de éste.

  El pensamiento paranoide transitorio (diferente del TPP) es frecuente a lo largo de la vida en casi la mitad de la población, pero es especialmente acusado en:

  • Marginación social (mendigos).
  • Cambio de entorno social (inmigración o encarcelamiento).
  • Déficits sensoriales repentinos (especialmente sordera y ceguera).
  • Situaciones de impotencia real y de victimización subjetiva.

   Es muy frecuente que el sujeto con TPP solicite a su víctima lo que en derecho se denomina la “probatio (prueba) diabólica”, una prueba imposible pues sustituye a una acusación no demostrada (“Yo no puedo demostrar que tu me engañas, pero demuéstrame tú que no lo haces”, por ejemplo). Como es lógico, ésta no le podrá satisfacer lo que “permite” al paciente confirmar su sospecha.

   Es incuestionable que en el terreno donde el TPP muestra un mayor éxito es en el liderazgo (partidos políticos, sectas, organizaciones sociales etc.), sobre todo cuando en la división entre buenos y malos, sitúan a los buenos en el papel de víctimas. Stalin y Hitler son dos claros ejemplos.

   Es muy característica la generación de la denominada “espiral maligna” o también “profecía autocumplida”: la hostilidad/desconfianza hacia los otros despierta el rechazo de éstos y aumenta la probabilidad de hostilidad/traición hacia el paciente. Esto confirma sus sospechas iniciales y cierra un círculo vicioso que aboca al aislamiento total de éste. La violencia es muy característica de estas situaciones de acorralamiento.   

  El paciente ve provocaciones donde no las hay por su débil amor propio y puede reaccionar también con violencia. En la pareja exhiben conductas autoritarias, rencorosas, celosas y, ocasionalmente, violentas. Son frecuentes también los celos retrospectivos. El TPP es una de las causas principales de la violencia de género.   

 Un paciente con TPP nunca pide tratamiento por lo que suele ser conducido por un familiar a la consulta

   El tratamiento siempre camina sobre una cuerda floja: una escasa franqueza y afabilidad inducen desconfianza, pero un trato demasiado incisivo despierta la resistencia y la violencia del paciente y facilita el abandono. Se debe ser extremadamente cuidadoso pues un enfoque coercitivo o engañoso nunca da frutos. El terapeuta debe contener la hostilidad que el paciente le despierta y ser abierto y firme cuando sea necesario, por ejemplo,  explicar por qué se han tomado decisiones sobre su tratamiento (ingreso hospitalario, orden de alejamiento etc.). Son pacientes agotadores por sus resistencias al cambio lo que requiere una enorme paciencia y habilidad.

   Los neurolépticos atípicos y los antidepresivos a dosis bajas pueden jugar un papel importante en el control de los síntomas. Los ISRS disminuyen la irritabilidad e impulsividad en sus reacciones.   

   Respecto a la psicoterapia han demostrado alguna eficacia la psicoterapia dinámica de apoyo individual y la terapia de esquemas, así como le terapia cognitivo conductual de Beck. La terapia de grupo y la terapia de familia están contraindicadas.  

 

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