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El undécimo mandamiento, los secretos y las mentiras

devil businessman

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Hace muchos años, en un viaje que hice a Israel, un amigo de Tel Aviv me contó un chiste que siempre he conservado en mi memoria. Decía que en los testamentos apócrifos del Mar Muerto figuraban once y no sólo diez mandamientos. El undécimo era “Que no te pillen”.

   Es el mandamiento que ha guiado muchos actos de nuestra infancia, una ventaja que pronto hemos conocido y nos ha permitido crecer en un peligroso mundo de gigantes, el mundo de los adultos. Desde niños aprendemos que la mentira y el secreto son una misma arma con dos caras que nos permite afrontar la indefensión que caracteriza la infancia. Así, la mentira permite al niño sobreponerse a su propia impotencia y afrontar con seguridad su relación con los adultos.

   Nuestro hijo nos cuenta con tranquilidad aparente que el jarrón de la abuela lo ha roto un meteorito que ha entrado y salido por la misma ventana cuando él se encontraba leyendo un cuento. Mientras tanto esconde torpemente el balón de fútbol con el que lo ha roto. De esa manera cree poseer el secreto que evita su castigo y así logra sentirse poderoso frente a los padres. Sólo él sabe que ha sido él quien ha roto el jarrón y que, mientras mantenga su mentira, nada le va a ocurrir. El secreto y la mentira conforman una muralla que le defiende del poder omnímodo del adulto y que delimita un mundo interior en el que sólo él es poderoso y capaz.

  Con el tiempo, el niño va adquiriendo conocimientos, estrategias y habilidades que le ofrecen la seguridad que antes sólo podía conseguir cumpliendo el undécimo mandamiento, a medida que crece va abandonando los secretos y las mentiras y, cuando finalmente alcanza la madurez emocional plena del adulto, no necesita mantener secretos ni mentir pues lo que ocupa su cabeza es precisamente lo contrario, estar muy vinculado a la realidad para sobrevivir y ser autónomo. 

   Sin embargo es evidente que muchas personas mayores de 18 años mienten y mantienen secretos por miedo a las consecuencias de ser descubiertos. Y por eso no merecen ser calificados de adultos. Lo vemos constantemente en los políticos corruptos (incluso me atrevería a decir también en muchos políticos no corruptos que manipulan la opinión pública con fines ocultos), parte del clero que con interpretaciones sectarias persiguen su propio bienestar o incluso científicos que falsean los resultados de un experimento para obtener mayor reconocimiento internacional. Lo vemos en personas que engañan a sus parejas, en trabajadores que mienten a sus superiores, en vendedores que engañan a sus clientes. Lo vemos incluso en grupos en los que mentir con maestría es considerado un plus de prestigio y audacia como los usuarios de las tarjetas VISA “Black”, los alentadores de la venta de acciones preferentes o los responsables de estafas piramidales como el caso Madoff o Forum Filatélico. Es decir, una parte considerable de la población cumple a rajatabla el undécimo mandamiento considerándolo un valor esencial. Lo peor es que, en la medida que estas personas contienen una esencia infantil de impotencia, buscando el poder para compensarla se obstinan en ocupar puestos de influencia y responsabilidad donde pueden “alucinar” su poder, como haría un niño jugando con una imaginaria y todopoderosa espada láser. El problema es que la vida no es un juego, la vida va en serio, y antes o después la alucinación desaparece y chocan con la realidad como lo hace un avión sin motores contra el suelo   

   Desde el punto de vista psicopatológico, todo esto ocurre por la permanencia de conflictos infantiles no resueltos que arrastran hasta la edad adulta manifestaciones propias de la infancia que cristalizan en las personalidades más proclives a mentir, aquellas caracterizadas por la inmadurez y el estilo “como si” de las emociones (hacen como si quisieran, como si odiaran, como si desearan etc.): las personalidades narcisista, antisocial, histriónica y borderline. También algunos estudios han mostrado diferencias entre géneros (los hombres mentirían más que las mujeres acaso por una mayor madurez de éstas) pero esto debo contrastarlo mejor.

   Debemos entender que la mentira y el secreto son manifestaciones de inmadurez y lo único que puede mejorar una inmadurez es una psicoterapia. Por mucho que nos obstinemos, lo deseemos o lo necesitemos, no podemos esperar que la inmadurez de nuestra pareja, amigo, socio, superior o empleado mejore con el tiempo. Es como un vino con una mala crianza, con el tiempo tan solo empeora.

   Salvo que medie una terapia, el que miente volverá a mentir, el que engaña volverá a engañar y el que oculta algo volverá a ocultar porque no habrá madurado. No es agradable descubrir una mentira o un secreto porque nada vuelve a ser igual después, pero que seamos engañados de nuevo tan sólo depende de nosotros mismos, que dejemos tiempo para una segunda ocasión.

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