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Hijos del divorcio: las claves para minimizar un sufrimiento inevitable.

por Dra. Isabel Fernández Villalobos, Psiquiatra Infantil Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

  Ante una situación de separación matrimonial, el niño experimenta de forma inevitable una situación de vulnerabilidad.

  El número de divorcios y separaciones en España está alcanzando cifras notables. A pesar de que en el último año se ha observado un leve descenso en el número total de disoluciones de pareja (-0.1% según los datos del INE), se han incrementado en casi cuatro puntos los casos de concesión de custodia compartida; este último dato refleja la creciente concienciación de los padres sobre la importancia de mitigar el sufrimiento de los hijos ante el divorcio.

  Al tratar de analizar estas situaciones, es habitual que los progenitores se sientan juzgados como padres, sin embargo, en este artículo intentaremos analizar las consecuencias del divorcio en los hijos, partiendo de la base de que es una situación compleja en la que influyen muchos factores (el propio estado emocional de los padres, la situación social, el entorno, la economía…) y tratando de aportar alternativas para minimizar el sufrimiento de los menores.

  Debemos tener en cuenta que el niño, por muy pequeño que sea, se da cuenta de lo que ocurre alrededor, percibe las emociones positivas y negativas de los que le rodean. Esto habitualmente tiene una percusión en su estado de ánimo y en su visión del entorno.

Ante una situación de separación o divorcio, los hijos se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad. Las manifestaciones de cada niño dependerán de sus características previas, el entorno y la edad a la que tengan que afrontar esta situación.

  A la hora de analizar las consecuencias de un divorcio en los hijos, debemos tener en cuenta no sólo el ámbito afectivo, sino también los cambios en el plano social, ya que puede haber un cambio de entorno, barrio o ciudad, con el consiguiente cambio de colegio y grupo de amigos, una modificación en el nivel socioeconómico, puede que comience a convivir con nuevos miembros de la familia (abuelos, primos…) o con las nuevas parejas de sus progenitores que, en muchos casos, tienen a su vez otros hijos.

  A estas situaciones se añaden los factores emocionales; la dificultad de aceptación del divorcio por alguna de las partes de la pareja, la relación hostil entre ambos, el estado de ánimo de cada miembro de la pareja, con una posible sintomatología depresiva o ansiosa en alguno de los cónyuges.

El divorcio, una prueba de fuego para los hijos.png

  Las respuestas de los niños dependen de diversos factores (por ejemplo, su personalidad, sensibilidad, la relación previa que tenía con sus padres, el entorno familiar previo, la existencia de hermanos, la red social…). De manera general, podemos agrupar las respuestas de los hijos en función de su edad:

  1. Menores de 3 años: Llantos, alteración del sueño y la alimentación. Puede desarrollar una depresión por carencia afectiva o un trastorno del vínculo.
  2. De 3 a 5 años: Ansiedad de separación, agresividad, irritabilidad, regresión (por ejemplo, volver a no controlar los esfínteres).
  3. De 6 a 8 años: Sentimientos de soledad y abandono, tristeza y añoranza del padre/madre ausente, fantasías de reunificación con la consiguiente frustración y sentimiento de culpa si no se produce esta fantasía.
  4. De 9 a 12 años: Enfado y rabia hacia los padres, ansiedad por temas relacionados con el sexo, establecimiento de una fuerte alianza con uno de los progenitores, pueden parecer más independientes y maduros que los chicos de su misma edad.
  5. De 13 a 18 años: Fuerte sentimiento de pérdida, depresión, temor a establecer relaciones de pareja estables, desconfianza hacia los progenitores, consumo de tóxicos para aliviar su malestar. En esta franja de edad, igual que en las anteriores, puede llegar a verbalizar ideación suicida. En estos casos es fundamental la evaluación por parte de un especialista.

  En el contexto de una separación o divorcio puede aparecer el denominado Síndrome de Alienación Parental (SAP), descrito en 1985 por el Psiquiatra norteamericano Richard Gardner, y empleado de forma torticera en muchos tribunales, en el cual uno de los progenitores, habitualmente el cuidador principal, predispone al hijo en contra del otro cónyuge, interfiriendo así en la identificación del hijo con su padre/madre.

   ¿De qué manera se puede ayudar a los hijos a sobrellevar la separación de los padres?

  • Explicarles, en la medida de lo posible y adaptándose a su edad, la situación que se está atravesando, así como las decisiones que les afectan. Los niños comprenden que sus padres son humanos, sufren y lloran ante situaciones difíciles.
  • Demostrarles apoyo y amor incondicional, independientemente del conflicto que exista entre los cónyuges. Mantener cubiertas sus necesidades tanto afectivas como materiales.
  • No utilizarles como mediadores; que no tengan que elegir entre uno u otro. No culparles, directa o indirectamente, de la ruptura de pareja.
  • Hablar bien del otro cónyuge delante de los hijos. Aunque los padres estén separados, siguen siendo sus padres y sus figuras de referencia.
  • Respetar que el hijo eche de menos al otro progenitor, permitir que tenga fotografías suyas, mostrar interés por lo que el hijo cuenta sobre el otro cónyuge.
  • Ayudarle a expresar sus sentimientos.
  • Mantener una rutina (horarios, colegio, extraescolares, amigos…).
  • Tratar de mantener una relación cordial con el ex-cónyuge. Cuanto mejores sean las relaciones interpersonales post-separación, mejor será la recuperación de los hijos.

  Además de los puntos referidos anteriormente, otro aspecto no menos importante y conflictivo es la dificultad para establecer lazos afectivos entre los hijos y el padrastro o madrastra y viceversa, tema del que hablaremos en el próximo post.

  Como conclusión podemos afirmar que, ante una situación de separación o divorcio, los hijos se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad. Las manifestaciones de cada niño dependerán de sus características previas, el entorno y la edad a la que tengan que afrontar esta situación. Teniendo en cuenta todos estos factores, podemos minimizar y aliviar en gran medida el sufrimiento de los menores, siempre respetando el proceso de adaptación de cada uno, y podremos ayudarles en su proceso de maduración personal.

 

 

 

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