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Hipocondría y nosofobia,
sus diferencias y sus similitudes

Hipocondría y nosofobia,
sus diferencias y sus similitudes

Por Dr. Sergio Oliveros Calvo
Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

 

“Doctor, sé que me estoy muriendo. Nadie ha dado con lo que tengo, pero estoy seguro de que es un tumor. La resonancia magnética es negativa pero ese dolor de cabeza me indica que el tumor está ahí. Lo que pasa es que es tan pequeño que la resonancia no lo ve. Descuide, ya lo verá en dos meses cuando me haya muerto. He aceptado venir a su consulta para que me haga dormir, llevo tres días sin pegar ojo, pero usted no me va a hacer creer que no tengo nada.” Así se presentó Jerónimo hace una semana, sufre una trastorno de ansiedad por enfermedad, nueva denominación que la DSM 5 da a la hipocondría.

En una sociedad que vive pendiente de mejorar y mantener su salud, una pequeña proporción de la población vive aterrorizada por una enfermedad que no padecen. Son aquellos afectados por la nosofobia y por la hipocondría, aquellos para los que una cefalea supone el redoble de tambor por una muerte cercana. Dos trastornos que a menudo se confunden y se agrupan erróneamente bajo el término común de hipocondría. Sin embargo, esta confusión puede acarrear consecuencias en el abordaje erróneo de los pacientes que redundan en estériles cronificaciones. De ahí la importancia de diferenciarlos adecuadamente. Veamos.

Hipocondría o Trastorno de ansiedad por enfermedad

 

La hipocondría es un trastorno en el cual se produce la creencia firme de ser víctima de una enfermedad grave que no está siendo diagnosticada. Afecta a un 5% de la población y suele aparecer entre los 20 y los 30 años alcanzando su máximo una década más tarde. No hay diferencia por sexos. Suelen tener una alta tasa de enfermedades médicas en la infancia y crianzas sobreprotectoras y preocupadas por las enfermedades. Con frecuencia hay una exposición precoz a la muerte o una enfermedad grave de un ser querido.

Pueden o no presentar síntomas físicos a partir de los que construyen su creencia. El paciente emplea muchas horas informándose en internet, revistas, asociaciones, etc. sobre la enfermedad que cree tener y la fiabilidad de las pruebas diagnósticas disponibles. La ingente cantidad de información (exacta, parcialmente exacta y falsa) que hay en la red ha agravado esta patología hasta el punto de que se ha propuesto una nueva variante de la enfermedad, la cibercondría.

Una negatividad en una prueba no tranquiliza al paciente sino todo lo contrario pues piensa que se han equivocado de etiqueta, que su sensibilidad no es suficiente o que todavía no era el momento de realizarla y que cuando se la repita en dos semanas o dos meses saldrá positiva.  El médico que descarta la enfermedad es un mal médico y por eso no ha sabido llegar al diagnóstico, lo que los lleva inmediatamente a buscar a otro “mejor” que llegue a una conclusión positiva. Son unos de los mayores aficionados al llamado “doctor shopping”.

Con frecuencia presentan muchos otros síntomas como insomnio, estado de ánimo triste, llanto, dificultades en la concentración y disminución de su rendimiento laboral, académico y doméstico. Es habitual el absentismo laboral por bajas y visitas médicas y los problemas económicos debidos a la inestabilidad laboral y los eventuales altos gastos médicos.

El que sus familiares cercanos, amigos, compañeros de trabajo les intenten racionalizar sus síntomas y tranquilizarles sólo consigue incrementar su angustia y sensación de aislamiento.  

El Dr. Brian Fallon, Psiquiatra de la Universidad de Columbia, distingue tres subtipos de hipocondría:

  • Obsesiva-ansioso: es el tipo más frecuente, está atento a nuevos síntomas, comprueba repetidamente las pruebas y muestra una importante rigidez de pensamiento. No suele tener síntomas físicos o son nimios.
  • Depresiva: Predominan los síntomas depresivos pues el temor hipocondríaco guarda relación con un sentimiento de culpa, la enfermedad se vive como un castigo inevitable y merecido. Es frecuente con temores a SIDA terminal tras infidelidades de pareja. Existe riesgo de suicidio.
  • Somatoforme: predominan los síntomas físicos que ponen de manifiesto una enfermedad real si bien ésta no reviste la extrema gravedad que el paciente le confiere.

 

Nosofobia

 

Se trata de un trastorno cercano a la hipocondría, pero en el paciente nosofóbico lo que aparece es un temor irracional, intenso e incontrolable a padecer una enfermedad mortal en un futuro indeterminado.  Como dice el proverbio chino “el que teme sufrir ya sufre el temor”.   

En la nosofobia, la emergencia de un síntoma físico provoca un aplazamiento indefinido de la consulta al médico y la realización de pruebas. El miedo a tener algo es tan intenso que le hace evitar cualquier circunstancia que pueda confirmarlo. Prefiere cerrar los ojos y vivir sin saberlo. A veces la ansiedad es tan intensa que les impide incluso ver películas sobre médicos o enfermedades. Teme reconocer cualquier síntoma.

Como decía Forges en un chiste “La OMS advierte que vivir pone en grave riesgo su salud” y esto es algo que el nosofóbico se toma muy en serio, por eso no quiere envejecer. Hace lo posible para mantenerse joven y aparentarlo. Detesta la senectud y muestra una intensa tanatofobia (fobia a la muerte) pues la muerte constituye la máxima amenaza para él. Quizá esto explique que esta fobia suela aparecer hacia los 40 años, cuando iniciamos nuestro declive.

 

Diferencias más relevantes

 

Vemos que en ambos trastornos la enfermedad es el centro de su preocupación y sufrimiento lo que puede justificar que en ocasiones se confundan, pero existen notables diferencias que analizamos:

En la hipocondría el paciente está convencido de que padece ya una enfermedad terminal mientras que en la nosofobia el núcleo es un temor intenso a contraerla.

El hipocondríaco se obstina en un doctor shopping agotador para demostrar fehacientemente su patología mientras que el nosofóbico evita la más mínima posibilidad de conocer el aspecto más periférico de aquella, nunca va a un médico.

El hipocondriaco presenta una importante rigidez de pensamiento, no puede apartar de su cabeza la idea de ser portador de una enfermedad terminal. Por el contrario, el nosofóbico vive más o menos tranquilo mientras se mantiene alejado de aquello que puede demostrarle/causarle la enfermedad.  

El hipocondriaco lee, ve documentales, videos, conferencias, todo lo que está a su mano sobre su posible enfermedad mientras que el nosofóbico ni siquiera es capaz de ver House por si acaso sale un caso con el que pueda identificarse.

El hipocondriaco tiene mucha más psicopatología (ansiedad, depresión, insomnio, etc.) y consecuencias laborales, familiares y académicas que el nosofóbico, el cual, mientras se ponga en posición de evitación logra un equilibrio precario bastante seguro para él.

La estructura de personalidad subyacente suele ser obsesiva, narcisista o depresiva en la hipocondría e histriónica, dependiente o fóbica en la nosofobia.

 

Tratamiento: aproximaciones biológicas y psicoterapéuticas

 

El tratamiento de ambos trastornos es esencialmente psicoterapéutico. La escuela psicoterapéutica más eficaz en este campo es la cognitivo conductual. En ambos trastornos la reestructuración cognitiva es útil en ambos trastornos, pero mientras que en la hipocondría la exposición con prevención de respuesta da buenos resultados, en la nosofobia la desensibilización sistemática es de elección. La terapia dinámica pude ser útil en algunos casos con elevado nivel de neuroticismo, estructuras narcisistas y cuando subyacen conflictos de culpa.

El tratamiento farmacológico es más eficaz en la hipocondría. Los ISRS han demostrado una importante eficacia en el control de los síntomas obsesivo-ansiosos y depresivos. En la nosofobia pueden mejorar discretamente la ansiedad para la que se recomienda el empleo de forma discontinua de benzodiacepinas.

Vemos que aunque existen solapamientos unos conocimientos mínimamente profundos sobre ambos trastornos no justifican su confusión. A continuación un magnífico corto de Franqui Menegozzi con la hipocondría como eje, un trastorno que, desde las primeras películas de Woody Allen ha constituido una frecuente herramienta para las comedias.  

 

 



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