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¿Infancia feliz?: La depresión infantil y adolescente

apaisadopor el Equipo de Psiquiatría y Psicoterapia Infantil, Madrid  (Grupo Doctor Oliveros)

 

Todavía me sorprende que alguien cuestione la existencia de la depresión infantil, pero es uno de los trastornos mentales cuyo diagnóstico se hace más difícil de creer para los padres, profesores o población general.

Se considera que un 0.4 – 2.5% de la población infantil y hasta un 8.3% de la población adolescente presenta depresión. Si comparamos estas cifras con las de prevalencia sobre el TDAH, un 5% global (un trastorno aparentemente tan frecuente, para algunos una “epidemia”), no podemos dejar de preguntarnos porqué sabemos tanto del TDAH, por poner un ejemplo, y tan poco de la depresión infantil, si su frecuencia en determinadas edades no es tan dispar.

Desgraciadamente considero que forma parte de la minimización y la banalización del sufrimiento en los niños por parte de los adultos, la idealización de la infancia y las dificultades que el adulto tiene para soportar y aceptar el sufrimiento del niño. Y resulta paradójico. En esta sociedad, parece que pasamos de no tolerar el llanto o la rabieta de un niño ante una frustración por no obtener de inmediato lo que desea, cediendo a sus demandas “por no oírlo más”, a tratar de restar importancia, considerar como “cosas de la edad”, transitorias (“ya se le pasará”), o mal comportamiento, otras manifestaciones, menos “agudas”, pero más sostenidas en el tiempo: la irritabilidad, el llanto frecuente, a veces inmotivado, quejas somáticas (dolores de tripa y de cabeza), la falta de satisfacción con las actividades, incluso las que previamente le gustaban al niño, el cansancio o por el contrario un aumento significativo de inquietud motora, la apatía, que puede conllevar oposición a hacer las tareas que se le exigen, cotidianas y escolares, con la consecuente repercusión sobre el rendimiento escolar, afectado también por la disminución de la capacidad de atención y concentración,  son manifestaciones de la depresión infantil. Los niños muchas veces no expresan tristeza, sólo se les ve “malhumorados”, pueden fluctuar mucho más que los adultos con depresión a lo largo del día, y “despistan” porque pueden tener ratos en los que se les ve contentos y bien. Además, la repercusión sobre el sueño (dormir poco o demasiado) o el apetito (pérdida de apetito o comer en exceso), son también menos frecuentes que en la depresión adulta. Cuanto más pequeño es el niño, menos capacidad tiene de identificar y verbalizar sus emociones, pensamientos y sentimientos, pero, ojo, esto no quiere decir que no los tenga o “no se entere” de lo que ocurre a su alrededor (casos de depresiones reactivas a situaciones ambientales, duelo, abusos, etc.), por muy pequeño que sea. Cuanto más se aproximan a la adolescencia, más se parece al la depresión del adulto, pero mucho más frecuente la irritabilidad, las conductas desafiantes, la apatía intensa, pérdida de interés en el entorno, desmotivación… que aún con mas frecuencia se atribuyen a la edad, “la revolución hormonal” y que sin embargo puede tener una repercusión muy importante sobre la vida. Y es que, a diferencia de un adulto, que tras recuperarse de una depresión se reincorpora a la vida que ya ha construido, en el niño el tiempo pasa, las consecuencias de la depresión como el retraimiento social, la disminución del rendimiento académico, baja autoestima, etc. repercuten directamente en su evolución vital y lo separan de su trayectoria previa: pierde amigos, fracasa escolarmente, genera conflictos con su entorno familiar o escolar que le devuelven una imagen más negativa de sí mismo, etc.

La depresión en niños y adolescentes tiene un curso recurrente, es decir, tiende a reaparecer tras un período de remisión. Además, se asocia en la vida adulta con más riesgo de conductas autolíticas, dificultades en el ajuste social y familiar, mayor comorbilidad con trastornos de conducta, abuso de sustancias y trastornos de personalidad.

Por ello, el tratamiento de la depresión incluye la resolución del episodio actual y la profilaxis efectiva para prevenir recaídas y reducir los demás problemas asociados. El tratamiento debe ser integral, abarcando la psicoterapia, la intervención psicosocial y valorando en tratamiento farmacológico de forma individualizada.

Nunca se debe olvidar que el privar de tratamiento a un niño/adolescente deprimido puede apartarle de un desarrollo sano e, incluso, provocar su suicidio.

 

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