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La cleptomanía, otro trastorno mental estigmatizado.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

“Beatriz no tenía motivos para hacerlo, pero la razón no estaba invitada a su mente cuando robaba. Era una brillante abogada de un conocido bufete de Madrid. Su sueldo anual tenía seis cifras. Su primer chapuzón en el tenebroso mundo del robo fue una cucharita de un café. No era nada especial pero no pudo resistir el impulso de robarla. Pronto repitió con otras cosas pequeñas y ridículas y su compulsión no tardó en convertirse en un monstruo. Vino a consulta cuando no podía apartar de su mente la idea del suicidio. Unos días antes una vigilante de seguridad la había humillado en un gran almacén al descubrirla robando tres barras carmín de labios de 6 euros.”

   Hace unos días la cleptomanía demostrada por una cámara de seguridad ponía punto final a la ya tambaleante carrera de una política madrileña. El aluvión de críticas y chistes que acarreó el hecho apenas reparó en que se trataba de un trastorno psiquiátrico perfectamente definido, encuadrado dentro de las adicciones comportamentales y que, como tal, escapa al control del sujeto que la padece. ¿Fue ético linchar a esta persona por su patología? Una vez más comprobamos la estigmatización de la que es objeto en nuestro medio la enfermedad mental.

   España es el tercer país de la Unión Europea y el sexto de la OCDE donde más pérdidas se registran por robos, ya sea de sus clientes o de sus propios empleados. Entre lo que les roban y lo que se gastan en seguridad, los comercios españoles gastan un 2,21% sus ingresos brutos, unos 5.000 millones de euros al año. La cleptomanía representa menos del 5% de esos robos lo que puede suponer unas pérdidas de unos 250 millones de euros al año en España.

   La cleptomanía fue identificada oficialmente por primera vez y denominada así en Francia en 1838 como parte de las llamadas monomanías junto con la ninfomanía y la monomanía homicida.

 

encefalitis anticuerpos anti-NMDA

 

    Afecta a menos del 1% de la población (0,3-0,6%), esto es, a unos 28.000 españoles, y su prevalencia en la mujer es tres veces mayor que en el hombre. Su prevalencia puede aumentar hasta al 8% entre pacientes psiquiátricos con otros diagnósticos. En USA es frecuente que los pacientes masculinos con este trastorno acaben en la cárcel antes de alcanzar un diagnóstico. Suele debutar al final de la adolescencia y alcanza su máximo en la 4ª década de la vida (35 años) si bien hay formas de aparición precoz (incluso 5 años) o más tardía. Hay una forma secundaria a traumatismo craneoencefálico con afectación del lóbulo frontal.

   La persona que sufre este trastorno es víctima de un impulso irrefrenable de robar pequeños objetos, generalmente de escaso valor económico y que ni siquiera necesita. Antes de robar, el paciente siente una intensa tensión que se transforma en placer y bienestar tras la descarga del robo que no puede reprimir. La idea de robar es intrusiva, como las obsesiones, no la elige. No le mueve la pobreza, la necesidad o la avaricia. El proceso le genera un intenso estrés y con posterioridad siente una intensa culpa, autodesprecio y vergüenza. Es muy característico de estos pacientes la presencia de ideas de suicidio persistentes y las tentativas de suicidio frecuentes.  Un dato curioso es que un tercio de los robos se producen en el cumpleaños del paciente o durante sus vacaciones lo que, según algunos investigadores, puede poner de manifiesto factores depresivos y carenciales subyacentes.  

  Rara vez existe una planificación establecida con anterioridad, limitándose el paciente a descargar su impulso en cortocircuito. A lo sumo, analiza someramente la situación antes de realizarlo (proximidad de cámaras, vigilantes etc.). Es característico que el robo se realice en solitario. Algunos pacientes realizan el robo en estado disociativo de modo que toman conciencia de aquel unos minutos tras haberlo cometido. El robo nunca persigue un lucro, una venganza ni obedece a un mandato delirante. Es bastante frecuente que el paciente no emplee jamás lo que roba, limitándose a almacenarlo sin destino definido o, incluso, a devolverlo.

   

       La persona que sufre este trastorno es víctima de un impulso irrefrenable de robar pequeños objetos, generalmente de escaso valor económico y que ni siquiera necesita. 

 

   El paciente puede permanecer asintomático muchos meses y presentar recaídas intensas que remiten espontáneamente, tener una enfermedad activa con breves periodos libres de síntomas intercalados o tener un curso crónico.

   Se ha investigado muy poco en la neurobiología de este trastorno, pero las vías nerviosas que parecen estar implicadas son las mismas que hemos visto en otras adicciones comportamentales (adicción a al juego online, pornografía, videojuegos etc.): vías serotoninérgicas, dopaminérgicas y opioides. Como es común también en estas adicciones, es frecuente que estos pacientes presenten:

  • T. obsesivo compulsivo.
  • Bulimia nerviosa.
  • T. de ansiedad.
  • T. de personalidad.
  • Depresión.
  • TDAH.
  • Otras adicciones comportamentales (especialmente compras compulsivas).
  • Adicciones a sustancias (especialmente alcoholismo).

 

  La cleptomanía a menudo responde mejor a una combinación de terapia cognitivo conductual (especialmente la modalidad dialéctica conductual) y psicofármacos.

   Existen estudios con litio, antiepilépticos y antagonistas de opiáceos, como la naltrexona, con buenos resultados en la mejoría del control sobre el impulso de robar. El empleo de ISRS puede aliviar los síntomas depresivos, y los sentimientos de vergüenza y autodesprecio que acompañan a este trastorno. Además, mejoran también el control de los impulsos. El bupropion y el topiramato se han empleado mucho en otras adicciones comportamentales pero muy poco en la cleptomanía a pesar de haberse obtenido buenos resultados con ambos. Recientemente se ha evidenciado que la memantina, un medicamento típicamente utilizado en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer, puede ser sorprendentemente eficaz en la cleptomanía asociada a lesiones del lóbulo frontal tanto en el estado de ánimo como la impulsividad, el funcionamiento psicosocial o la frecuencia e intensidad de las ganas de robar y frecuencia real de robos característicos de la cleptomanía.

   Es frecuente encontrar crianzas negligentes y carenciales, así como vínculos parentales inseguros en la infancia de estos pacientes que emplearían el robo como una gratificación afectiva “robada”. En estos casos la terapia dinámica puede ser de utilidad.

    Hace poco recordábamos el horror histórico que pudo cometerse con 19 mujeres que fueron ejecutadas en Salem acusadas de brujería cuando, con toda probabilidad, fueron víctimas de una encefalitis por anticuerpos anti NMDA. Deberíamos procurar no criticar o reírnos de aquello que no comprendemos, mucho menos cuando puede estar representando un sufrimiento para el paciente que lo padece y para sus allegados.

 

 

 

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