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La depresión narcisista: una trampa en ocasiones mortal.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Cuando pensamos en narcisismo solemos representarnos mentalmente a una persona ególatra, arrogante, carente de empatía, explotadora y con ánimo de poder. Pero, con frecuencia, olvidamos o ignoramos que lo que oculta esta personalidad es un huevo huero, una cáscara vacía con falsos oropeles que la enmascaran.

   Lo que vemos al contemplarla es lo que la persona narcisista necesita que veamos (la representación fantaseada grandiosa que tiene de sí misma), pero con ello, desviamos la atención de lo que oculta: una realidad interna vulnerable, frágil y llena de carencias y vacío.

Los esfuerzos del narcisista se dirigen, precisamente, a construir desde fuera lo que nunca pudo construir en su interior. El bebé lactante pasa de sentirse “el rey del universo” en una primera etapa en la que sus deseos se satisfacen automáticamente (narcisismo primario normal) a entender que para conseguir lo que necesita, es preciso interaccionar interpersonalmente con la madre y averiguar la mejor forma de establecer esa conexión. Ese intercambio se transforma en una fuente de conocimiento que le permite descifrar sus necesidades, la forma de satisfacerlas, de las reglas, sus propias emociones etc. Le ayuda a crecer emocional y cognitivamente tanto como el alimento que le proporciona lo hace en su pequeño cuerpecito. Su madre permite su acceso al conocimiento de la realidad y le entrega los rudimentos que le servirán para conocer poco a poco el mundo y a sí mismo.

Por eso la persona narcisista queda así atrapada en una tarea circular, eterna, falsa y estéril: rellenar alucinatoriamente un vacío real con una experiencia vacía que se realiza tan sólo en su fantasía.  Es el origen del narcisismo patológico que en la edad adulta se expresará en la personalidad narcisista.

  Pero, como afirmó Heinz Kohut, gran psicoanalista y estudioso del narcisismo, cuando se produce un fallo en esta interacción temprana con la madre (por rechazo de ella, por una madre fallecida sin sustitutos válidos, por una crianza sin empatía, por un vínculo inseguro, etc.) aparece lo que René Spitz denominó la depresión anaclítica. El niño se siente abandonado y en su total desamparo se vuelve sobre sí mismo e intenta suplir de una manera “masturbatoria” (de él hacia sí mismo), todo aquello que no recibe de su madre. Intenta proporcionarse en su fantasía todo lo que cree le ha sido negado. “Este no ha tenido abuela”, solemos decir del que se vanagloria y ostenta sus logros, no ha sido reconocido y premiado en su momento, lo que le lleva a hacerlo él mismo en un remedo triste y ridículo de aquella atención que no recibió.

  Como decía Eric Fromm en su obra “El arte de amar”: la orientación narcisista es aquella en la que se experimenta como real sólo aquello que existe dentro de uno mismo, mientras que los fenómenos en el mundo exterior no tienen realidad en sí mismos, sino que se experimentan sólo desde el punto de vista de ser útil o peligroso para uno. Por eso la persona narcisista queda así atrapada en una tarea circular, eterna, falsa y estéril: rellenar alucinatoriamente un vacío real con una experiencia vacía que se realiza tan sólo en su fantasía.  Esto es, muy sintéticamente, el origen del narcisismo patológico que en la edad adulta se expresará en la personalidad narcisista.

 

Depresión narcisista

 

  El narcisista se construye pues sobre una carencia, un vacío. Aunque externamente se llene de gloria y poder, su inconsciente no ignora que tras su máscara se esconce un niño desvalido y abandonado. Aunque cada vez acapare más poder y dinero, tendrá siempre la misma dificultad para sentirse bien. De ahí que la persona narcisista fracase con el éxito y oscile entre la depresión y el sentimiento expansivo de forma circular. Por eso también emplea el alcohol y otras sustancias para mitigar la tristeza su la incapacidad para disfrutar, sus viejas y ocultas compañeras. 

  Aunque suele desplazar sobre los demás la rabia que siente hacia su madre, en sus estados depresivos la puede volver hacia sí mismo. Puede sentirse despreciable e indigno de toda atención y afecto (“si no fuera tan miserable mi madre se habría ocupado más de mí y me hubiera querido”), y verse impulsado al suicidio para escapar de un mundo en el que carece de derechos porque nunca se ha sentido invitado a él. Por eso estos suicidios suelen revestir características muy violentas pues su primitivo impulso autodestructivo busca aniquilar la más mínima porción viva que haya en él/ella: disparos, ahorcamientos, defenestraciones, enterramientos en cal viva, ahogamientos en pozos etc. Como dice el Dr. Otto Kernberg, miembro clave del psicoanálisis mundial, “las tendencias suicidas crónicas de los pacientes narcisistas tienen una cualidad premeditada, calculada y fríamente sádica”.

  Los que nos dedicamos a la clínica sabemos que pocas depresiones son más difíciles de tratar que aquellas que se asientan sobre una estructura narcisista de personalidad y, mucho más, cuando se derivan directamente de ésta. Es característico que pasadas la quinta o sexta década de la vida el narcisista se colapse agotado por su aislamiento y su lucha eterna contra la realidad, y entre en una profunda depresión de la que es complicado ayudarle a salir por dos razones: el desierto emocional sobre el que hay que trabajar y el desprecio que suelen mostrar hacia el terapeuta que no es diferente al que muestra hacia todo ser humano o incluso mayor por la característica envidia que muestra en la relación terapéutica.  

  La semana pasada un exbanquero, ampliamente conocido por su egolatría y escasa empatía, se reventaba el corazón con un disparo a quemarropa. Lo hizo con cuidadosa premeditación en un coto de caza donde había aniquilado a numerosos animales cuya vida había despreciado tanto como a la suya propia. Los días previos había mostrado un gran interés por la diversión y el sexo según sus allegados, acaso en su última realización alucinatoria del amor para llenar su primitivo y profundo vacío. Todo el dinero que había acumulado en el pasado, sus fantasías de poder ilimitado y éxito saltaban en un instante con su vida por los aires y desaparecían como una frágil pompa de jabón. Acaso disparara contra su madre cada vez que apuntaba al corazón de una presa en aquel coto de caza. Acaso acabara disparando contra sí mismo con el mismo modus operandi y en el mismo lugar expresando el odio hacia sí mismo que hasta entonces había dirigido a los demás.

Pienso ahora con pena en todas las personas narcisistas que viven y han vivido sin albergar “vida” dentro y sin poder ofrecer ni recibir amor vivo de los demás. Personas que rechazan la ayuda para cambiar y que dañan a los demás por no ver en ellos más que meros objetos de explotación. Personas que, en suma, llegan al final a morir sin haber vivido

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