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La pandilla y el adolescente: una etapa para alcanzar la madurez

por Dra. Isabel González Villalobos, Psiquiatra Infantil Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   Es habitual que los padres se preocupen cuando un hijo adolescente ha conocido a un grupo nuevo de amigos. “¿Estará cómodo en el grupo?”, “¿cómo serán sus amigos?”, “puede que alguno consuma alcohol, drogas…”, “¿van a cambiar a mi hijo?”; son cuestiones que rondan la cabeza de los padres ante esta nueva situación, ya que pasan de estar en un entorno conocido y “controlable” a un terreno hasta ahora desconocido. Estas preguntas son comprensibles, ya que el que hasta hace tres días era un niño en gran parte dependiente de los padres, entra ahora en una etapa de cambios constantes y de transición hacia la vida adulta; pero si analizamos en profundidad estas dudas que surgen, nos vamos dando cuenta de que este cambio es habitualmente positivo y beneficioso para el desarrollo de los hijos

   El ser humano es social por naturaleza; desde muy pequeños sentimos la necesidad de interactuar con nuestros iguales e ir creando nuestro pequeño círculo de amigos. A lo largo de los primeros años, el niño forma parte de dos tipos de grupos que habitualmente vienen determinados por los adultos: Por un lado, están los grupos que se conforman alrededor de una actividad (colegio, actividades extraescolares…) y por otro lado se conforman los grupos espontáneos (vecinos del barrio, del parque, lugar de veraneo…) en los que el pequeño se integra por sentir una cierta autonomía que le hace sentirse mayor. Estos grupos, en la mayoría de los casos, están muy controlados aún por los padres. Sin embargo, al llegar la adolescencia, es el propio hijo el que elige el grupo al que quiere pertenecer.

   En la adolescencia va disminuyendo de forma progresiva y natural la dependencia de los hijos hacia los padres, aumentando la dependencia hacia los amigos (que más adelante pasará a ser hacia la pareja) y comienzan a sentirse más comprendidos y protegidos en su grupo, ya que comparten las mismas dudas, inseguridades y objetivos.

   Es frecuente que el hijo adolescente pase más tiempo con su grupo de amigos que con su familia, siendo en muchas ocasiones más influyente la opinión de sus compañeros que la de los padres o hermanos; debemos tener en cuenta que habitualmente pasan la mayor parte del día (y, en ocasiones, de la noche) conectados a través de redes sociales, lo que supone un mayor sentimiento de pertenencia al grupo (siguen los mismos perfiles en redes sociales, pertenecen a los mismos grupos de whatsapp…).

El adolescente, lucha contra sus padres para vencer sus propias necesidades e dependencia, matar al niño que quiere dejar atrás, por tanto, tan sólo es una pelea contra sí mismo.

   El adolescente encuentra en el colectivo un entorno seguro en el que baja sus defensas y manifiesta sus inquietudes. A lo largo de este conocimiento mutuo, cada miembro del grupo experimenta un crecimiento personal, confrontando e integrando las características propias con las de los demás, descubriendo nuevos valores y formas de ver la vida, abordando las diferencias interpersonales desde la amistad y el respeto y desarrollando una identidad propia dentro del grupo.

   A lo largo de esta búsqueda de identidad, el adolescente suele desarrollar una forma de comportamiento caracterizado por los siguientes rasgos:

  • Conformismo: Los miembros del grupo cambian sus opiniones y actitudes por las del grupo, de manera consciente o por presión del grupo; el individuo oculta su propia identidad y valores por miedo a ser rechazado. Es destacable en esta etapa la necesidad que tiene el adolescente de ser aceptado por el grupo, identificando en muchas ocasiones su propia valía como persona con la aceptación de los otros.
  • Polarización grupal: La opinión grupal suele ser más extrema que la de sus componentes por separado. Esto acentúa el sentimiento de unidad del grupo y de pertenencia al mismo.
  • Pensamiento grupal: Se da en grupos con líderes fuertes, muy cohesionados y aislados de las opiniones de otros grupos. En estos casos, adaptan su opinión a la del grupo; en estos casos, al no poner en tela de juicio ninguna opinión, es probable que el grupo se comporte de una manera irracional, por lo que pueden empezar los problemas y hacerse realidad los temores de los que hablábamos al inicio del post; es aquí cuando debemos preocuparnos y, si fuera necesario, solicitar la ayuda de un profesional.

   A veces nos encontramos casos en los que el adolescente busca la integración en el grupo como un desafío a su propia familia, sobre todo en situaciones en las que existe un conflicto familiar; es su manera de luchar por salir de los vínculos regresivos del entorno familiar aferrándose a un grupo de pertenencia totalmente opuesto a lo que ha vivido hasta el momento; es la única manera que conoce para romper con la dinámica en la que se encuentra.

   En estos casos, adquiere especial relevancia la prevención de situaciones de riesgo en el adolescente. La AEP (Asociación Española de Pediatría) sugiere algunas recomendaciones encaminadas a dicha prevención: Querer y aceptar al adolescente, tratar de no menospreciar a sus amigos, enseñarles a diferenciar apariencia (lo que intentamos ser o lo que se nos pide ser) de identidad (lo que somos), vigilar el uso de internet y redes sociales y mantener la comunicación en un entorno de confianza y seguridad.

  Ante todo, es importante recordar que la pertenencia de un adolescente a un grupo o pandilla no es una pérdida, una situación de riesgo ni un peligro, sino una oportunidad de crecimiento personal, un entorno seguro en el que madurar, aprender y desarrollar su propia identidad.

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