La química del amor, nuevos hallazgos
sobre la “locura” más normal

La química del amor, nuevos hallazgos
sobre la “locura” más normal

Por Dr. Sergio Oliveros Calvo,
Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Pocas pasiones hay en la vida que movilicen más energía y disuelvan tan eficazmente nuestra racionalidad que el amor.

En los primeros momentos de la pareja experimentamos síntomas que pueden remedar los efectos de algunas drogas tales como:

 

  • Euforia.
  • Deseo (de “consumo/estar con el otro”)
  • Tolerancia (necesidad de aumentar la “dosis/intensidad”).
  • Dependencia (incapacidad de vivir sin la “sustancia/el otro”).
  • Síndrome de abstinencia (cuando nos privamos de la “sustancia/del otro”)
  • Recaídas (reconciliaciones).

 

Es una etapa en la que nos obsesionamos con la otra persona, mantenemos una frenética actividad sexual e incurrimos en riesgos que incrementan nuestra pasión. Nos sentimos expansivos y omnipotentes, es como una inyección intracerebral de vitalidad y bienestar.

Por eso, muchos y relevantes autores han propuesto que el amor sería una “adicción natural”, casi siempre positiva (a veces perjudica seriamente la salud, como sostenía la comedia de Manuel Gómez), que se incorporó a los mamíferos hace millones de años para facilitar la reproducción de la especie mediante la individualización y vinculación de la pareja frente al resto de la tribu (“sólo tengo ojos para ti”).

Helen Fischer, antropóloga y bióloga estadounidense de la Universidad Rutgers en Nueva Jersey, ha investigado profusamente estos aspectos. Mediante estudios con resonancia magnética funcional en sujetos presos de una pasión amorosa, ha podido observar un incremento de actividad en regiones del cerebro implicadas en el refuerzo positivo de la conducta y los circuitos de recompensa (área tegmental ventral, núcleo accumbens y área orbitofrontal, corteza prefrontal entre otros). Son las mismas áreas implicadas en las adicciones tanto químicas como  comportamentales.

 

Como sabemos, el tiempo cura el desamor y en unos meses podemos estar haciendo nuestra vida habitual cuando hemos afrontado una ruptura amorosa normal. Pero no ocurre lo mismo en los adictos al amor. En éstos, el tiempo actúa como factor cronificador como ocurre en cualquier adicción comportamental, lo que hace imperativo su tratamiento.

 

Estas áreas emplean la dopamina como neurotransmisor principal. Estos hallazgos podrían explicar el hecho observado de que el deseo de consumo de una sustancia se atenúa con un encuentro amoroso o que terapias que promueven el apego (grupos, comunidades terapéuticas, etc.) puedan mejorar a los pacientes adictos sin otras medidas adyuvantes. El amor funcionaría, así, como una droga en el cerebro.

Esta investigadora ha podido evidenciar también en personas en situación de desamor reciente cuando observan una foto de la persona amada, la activación de las mismas áreas cerebrales junto a la activación de áreas de:

  • Búsqueda de satisfacción (craving).
  • Control de las emociones.
  • Apego.
  • Dolor físico.
  • Ansiedad.

Exactamente lo que conocemos como la radiografía biológica del dolor y la angustia por la pérdida.

 

 

Estos hallazgos permitirían explicar bioquímicamente una hipótesis formulada por el psicoanálisis sobre la vinculación entre necesidades de dependencia no resueltas en la infancia y adicciones (alcohol, comida, compras, juego, sexo, etc.) en la edad adulta. Es, por ejemplo, muy común en muchos cocainómanos que, junto con la cocaína, consuman sexo con prostitutas en sus recaídas. El adicto negaría inconscientemente tales necesidades infantiles y las satisfaría con las drogas y el afecto alucinado a través del sexo o la compañía.  

Todo esto nos permite comprender mejor, desde un punto de vista neurobiológico, a la persona presa de un síndrome de abstinencia amoroso que calma sus síntomas con alcohol. Lo haría no sólo para olvidar si no para sentirse amorosamente acompañado, como hacía Rick Blaine (Bogart) con el whisky, el tabaco, el pianista y la música repetitiva (“play it again, Sam”) en Casablanca.   En una segunda fase de estabilización de la pareja, esa etapa dopaminérgica da lugar a otros cambios neuroquímicos que se traducen en desarrollo del apego (mediado por la oxitocina) y la sensación de paz (mediada por las endorfinas, opioides endógenos). Tales factores estimulan el mantenimiento de la pareja junto al refuerzo ocasional dopaminérgico de la sexualidad no reproductiva (un fenómeno nada común en la naturaleza, por cierto).

Toda esta serie de mecanismos habría sido seleccionada en la evolución para facilitar la prolongada crianza de los retoños humanos determinada por su lenta maduración cerebral en comparación con otras especies.

También quedaría así explicada en gran parte la conducta de los llamados adictos al amor, pacientes afectos de una incapacidad para mantener una relación más allá de la primera fase de pasión. En esta etapa suelen idealizar a su pareja, pero esa idealización puede en algunos tener fecha de caducidad. En estos sujetos el objeto de su amor es intercambiable, no se individualiza como en las personas normales no adictas. Durante la relación, estos sujetos valoran a su pareja muy por encima de sí mismos y se ven incapaces de vivir sin aquella. Pueden abandonar aspectos importantes de su vida en un duelo prolongado cuando esa fase acaba. Algunos, incluso, emulando a Romeo y Julieta, pueden llegar ocasionalmente al suicidio. Una conducta mucho más común en ellos es sustituir la pareja perdida rápidamente por otra que les devuelve la sensación amada perdida.

Como decía mi compañera Lorenza Escardó en un reciente post (enlazado en el banner), es frecuente encontrar en muchos de estos adictos al amor antecedentes de abandono, desaferencia afectiva o negligencia en la infancia. Estas personas buscan en el amor, de este modo, la solución mágica a todos sus déficits y se quiebran cuando vuelven a enfrentarse a éstos tras la ruptura.
  Como sabemos, el tiempo cura el desamor y en unos meses podemos estar haciendo nuestra vida habitual cuando hemos afrontado una ruptura amorosa normal. Pero no ocurre lo mismo en los adictos al amor. En éstos, el tiempo actúa como factor cronificador como ocurre en cualquier adicción comportamental, lo que hace imperativo su tratamiento.

El abordaje terapéutico de estos pacientes es eminentemente psicoterápico. Emplearemos técnicas cognitivo-conductuales si la alteración conductual es la predominante y o técnicas psicodinámicas si el déficit afectivo es lo nuclear. El proceso de recuperación es lento, por lo general. Rara vez la adicción llega a ser tan grave que requiere tratamiento farmacológico sobre los centros cerebrales de recompensa. En estos casos el bupropion, la naltrexona, los ISRS´s y el topiramato pueden obtener algún beneficio.
  El amor no es una enfermedad, le ocurre a demasiada gente para que lo sea. Sin embargo, sí es un maravilloso estado alterado de conciencia que nubla nuestra razón y, en nuestra fantasía, nos transforma en superhombres que no necesitan a Dios ni a nada. Por eso, aunque su resultado nos haya contrariado antes, nunca renunciaremos a enfermar de nuevo y acabar pidiendo al otro:

“Play it again, Sam”.