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La realidad tras la terapia de conversión o reparativa en la homosexualidad.

por Dr, Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra en Madrid (Grupo Doctor Oliveros)   

 

     La homosexualidad es un fenómeno que ha estado presente en todas las culturas, etnias, civilizaciones y religiones a lo largo de la historia porque es un fenómeno biológico consustancial a muchas especies animales, entre ellas la humana. Su aceptación social ha variado, no obstante, en función de la cultura imperante.

   Ha sido observada en casi 1500 especies animales y ha quedado bien demostrada en 470 según el biólogo canadiense Bruce Bagemihl (Biological Exuberance: Animal Homosexuality and Natural Diversity, St. Martin’s Press, 1999; pp. 122-166). En una de ellas, los bonobos, la más próxima a la especie humana, se practica el lesbianismo hasta en un 60% de las hembras. Otras 33 especies de primates lo incluyen también en la estabilización de conductas sociales.  

¿Qué origen tiene la homosexualidad? 

    Hasta el momento, no ha podido evidenciarse una base genética clara que justifique su clara estabilidad poblacional intercultural, en torno al 7% de la población general. Lo más probable es que participen varios genes y, sobre todo, factores epigenéticos (factores ambientales que modifican la expresión de los genes). Eso explicaría, por ejemplo, el hecho de que los segundos embarazos producen más homosexuales que los primeros y así sucesivamente. Este hecho parece estar causado porque la madre feminiza de forma progresiva el cerebro de los fetos varones intrautero después del primogénito (Homosexuality as a consequence of epigenetically canalized sexual development,” The Quarterly Review of Biology 87: 343-368, 2012). Tal feminización sería mayor cuantos más varones tuviera la madre, lo que incrementaría la capacidad de empatía y capacidad para el cuidado de la progenie de estos machos resultando más atractivos para las hembras. Una feminización excesiva daría lugar a machos homosexuales.

    La influencia epigenética en el útero daría así lugar a tres subtipos de macho con un gradiente desde la heterosexualidad hasta la homosexualidad pasando por la bisexualidad. 

    No obstante, lejos de concebirse como un fenómeno más o una variante de la normalidad como tener el pelo rojo o ser zurdo, las religiones monoteístas, que comparten una concepción simplificada de la subsistencia de la especie, siempre se han apresurado a condenar y perseguir la homosexualidad convirtiéndola en un problema que requiere intervención.

   Hace unos años el expresidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, afirmaba que en su país no había homosexuales. ¿Les habría “curado” a todos con alguna terapia de conversión? ¿o acaso estaban todos en la cárcel o fusilados?

   Cuando un fenómeno se mantiene estable en la evolución es porque cumple un papel muy importante pues de otro modo se extingue en unas cuantas generaciones. Más allá de que la pareja gay no perpetúe la especie con sus genes, bien podría actuar altruistamente como lo hacen las histonas (proteínas) que protegen y regulan el DNA. En el grupo social pueden resultar beneficiosos a través de la guarda, caza y vigilancia, la educación, la cohesión e, incluso, como ha podido ser observado en varios estudios, el mantenimiento de altos índices de fertilidad de las hembras que cuentan con niveles más altos de progesterona cuando conviven con homosexuales. 

    Es decir, el homosexual no transmite sus genes, pero colabora a que los del grupo se transmitan mejor. Incrementa la fertilidad del grupo. No es en la Biblia, la Torá o el Corán, por tanto, donde hay que aclarar este fenómeno sino en los estudios científicos de biología y psicología evolucionista, que lo explican mucho mejor.  

    Finalmente se han evidenciado diferencias morfológicas cerebrales en el cerebro de homosexuales en el menor tamaño del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior y mayor tamaño del núcleo supraquiasmático y de la comisura anterior. Se especula que estas variaciones puedan deberse a una consecuencia de la elevada exposición a hormonas femeninas maternas intraútero y no ser, por el contrario, una causa de la homosexualidad. Se ha evidenciado también un patrón femenino heterosexual de conexión en las amígdalas del lóbulo temporal de hombres homosexuales masculinos.

Fricciones entre homosexualidad y entorno cultural 

   Parece pues clara la base biológica de la homosexualidad. Uno no elige ser alto, rubio, zurdo ni homosexual. Pero somos seres sociales y nacemos incarcerados en una cultura. Por eso no es sencillo, en general, para el adolescente afrontar su sexualidad y menos, aun, cuando su orientación sexual contradice la corriente religiosa o cultural en la que está inmerso.

 

    Fue Sigmund Freud quien consideró ya en 1935 la homosexualidad como una variante de la normalidad lo que facilitó que en 1973 dejara de ser concebida como un trastorno mental por la Asociación Americana de Psiquiatría.

 

    El adolescente homosexual se debate en una doble lucha cuando identifica su inclinación sexual: por un lado, intenta acallar lo que siente y por otro intenta rebelarse contra lo que cree que debería sentir. Tal batalla dificulta su desarrollo y posterga la expresión de sus deseos. De ahí que los oculte y aplace varios años su debut sexual o la declaración abierta de su homosexualidad.

    Afortunadamente el peso cultural contrario a la homosexualidad ha decrecido en occidente de forma notable gracias a la actividad de las asociaciones facilitando esta transición.

¿Requiere tratamiento la homosexualidad? 

    Durante el S XIX la homosexualidad fue considerada una psicopatía. Recordemos, a modo de contexto histórico de represión sexual, que en aquella época se ponían faldones a las mesas por considerarse indecente que sus patas estuvieran “desnudas”. Lamentablemente, hasta entonces la homosexualidad fue objeto de las más pintorescas y sádicas aproximaciones terapéuticas como las técnicas aversivas (descargas eléctricas, sustancias emetizantes etc.), el electroshock. hormonoterapia o, incluso, lobotomías.

    Fue Sigmund Freud quien consideró ya en 1935 la homosexualidad como una variante de la normalidad lo que facilitó que en 1973 dejara de ser concebida como un trastorno mental por la Asociación Americana de Psiquiatría, aunque la OMS la mantuvo en la CIE9 hasta que en 1990 publicó la CIE10.

   Sabiendo, por todo lo dicho, que el homosexual “es”, como el zurdo, el alto, el inteligente o el pelirrojo, probablemente desde el vientre materno, no “tiene” una enfermedad, es evidente que no necesita tratamiento. No hay patología que tratar.

   Sin embargo, existen dos circunstancias excepcionales:

1.- El Homosexual no acepta plenamente su homosexualidad y eso le provoca malestar: es la denominada orientación sexual egodistónica. En este caso procede por parte del especialista valorar el caso, analizar la posible presencia de una bisexualidad, una homosexualidad negada, posibles conflictos neuróticos, un Trastorno obsesivo, con ideas obsesivas de homosexualidad o de heterosexualidad y, en cualquier caso, ayudar al paciente a reconocer y expresar su verdadera orientación y deseo sexual, aquella que le haga libre y le proporcione bienestar. En el caso de que el paciente exprese su deseo de cambiar de orientación sexual, se valorará la presencia de imperativos culturales. sociales o religiosos a los que el paciente esté sometido y nuestra misión será procurarle las herramientas para liberarse de ellos y poder elegir su sexualidad sin condicionantes externos ni internos. 

   

2.- La comunidad a la que pertenece no acepta su homosexualidad: es el motor de las llamadas terapias de conversión y reparativas.  Se trata de prácticas pseudocientíficas movidas por imperativos religiosos carentes de cualquier respaldo científico. Se promueven por grupos que no conciben la homosexualidad como una variante de la sexualidad humana, sino que la consideran una enfermedad o una fallla moral. No existe un solo estudio controlado estadísticamente con rigor científico en su metodología que las respalde. No se diferencian, por tanto, de un rito de vudú o de cualquier práctica de lavado de cerebro de una secta. Por eso han sido comparadas con métodos de tortura dado el enorme grado de sometimiento emocional en que se realizan. Son todo menos una terapia. Carecen de toda deontología médica y ha podido comprobarse que aumentan el riesgo de aislamiento, ansiedad, depresión, abuso de drogas y suicidio al generar lo que denominamos en psiquiatría neurosis experimentales, esto es, crean enfermedades donde no las había. Sus procedimientos han sido magníficamente recogidos en la película “Identidad borrada” de Joel Edgerton de reciente estreno. Ilustra la tensión emocional que produce la presencia de un hijo homosexual en una comunidad de creencias religiosas radicales y cómo ese malestar en el grupo se resuelve generando culpa y conflicto en el adolescente para que vuelva al “camino recto” y no suponga un elemento de disarmonía en el grupo. Al fin y al cabo, esto es lo que ha pasado siempre con las creencias irracionales y la realidad. Varios estados de USA y países de Sudamérica cuentan ya con leyes que condenan la práctica de estas terapias calificándolas de fraude. Sin embargo, subsisten al amparo de organizaciones religiosas afines.  

    La homosexualidad no es un trastorno y, en consecuencia, no necesita ninguna terapia.

 

      Miguel Servet murió por descubrir la circulación de la sangre, Galileo estuvo cerca por afirmar que la tierra no era el centro del universo. Sin embargo, hay quien hoy sigue creyendo que la tierra es plana y otros quieren «curar» la homosexualidad. Es obvio que, para algunos, el medioevo aún no ha terminado 

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