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La soledad maligna, un problema de salud pública en crecimiento.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

    Podría parecer una excentricidad británica pero el asunto es serio: Theresa May nombró el pasado mes de enero a Tracey Crouch Secretaria de Estado para la Soledad.

     Y es que no es una cuestión menor. Vivimos una epidemia silenciosa de soledad. Una quinta parte de la población británica, unos 9 millones, declaran sentirse solos y unos 200.000 refieren no haber hablado con nadie en los últimos doce meses. Probablemente la situación no difiera mucho en nuestro país.

    Pero lo que ha impulsado la decisión de May es que la situación se ha transformado en un verdadero problema de salud pública después de que un estudio reciente de la Brigham Young University ha evidenciado que la soledad y el aislamiento social incrementan el riesgo de muerte tanto como la obesidad (ver artículo en inglés aquí) y que otro estudio publicado en la prestigiosa revista Heart por equipos de las Universidades de Helsinky y Upsala evidenciara también que la soledad incrementa el riesgo cardiovascular entre 1,4 y 1,5 veces, es decir, tanto como el tabaco, el alcohol o el sedentarismo (ver abstract en inglés aquí).  La soledad daña más que la obesidad o que fumarse quince cigarrillos al día. Aumenta hasta un 26% la probabilidad de morir prematuramente por HTA, infartos, obesidad, falta de vacunaciones, adicciones, violencia, depresión y demencia. El aislamiento social aumenta el riesgo hasta el 29% y vivir en soledad hasta el 32%. La soledad perjudica la salud. Es lo que se ha dado en denominar la soledad maligna y  acarrea costes sanitarios que es necesario reducir. 

    Somos una especie gregaria. Nuestro éxito evolutivo ha estado basado en la asociación tribal y el altruismo. Se estima que un 40% de la población en los países industrializados percibe con desagrado la soledad. Pero nuestra organización social en grandes ciudades parece estar contraviniendo nuestra propia naturaleza y generando graves costes. La oxitocina podría ser la responsable.

  

“La enfermedad mental grave multiplica por hasta 4 la probabilidad de desarrollo de soledad maligna (en este caso esencialmente por desarrollo de SIDA, tuberculosis, infarto de miocardio, hipertensión, toxicomanías y obesidad) y mendicidad. Es importante destacar que hasta un 25% de los pacientes mentales crónicos pueden terminar en la mendicidad frente al 6% de la población general.”

 

   Como sabemos, la oxitocina es una hormona que se libera en presencia de la compañía de seres queridos, desde la succión de la mama por el bebé a la caricia del amante pasando por la presión del abrazo del amigo. Pero se ha podido verificar que su falta mantenida nos enferma y envejece, nos genera malestar y pesimismo, nos hace huir de la intimidad y nos hace más agresivos (ver revisión en inglés). Parecería que la soledad tuviera una retroalimentación negativa mediada biológicamente. un perfecto círculo vicioso: cuanto más solos estemos, más solos vamos a querer estar y peor nos vamos a sentir. Curiosamente las redes sociales parecen confirmarlo, lejos de incrementar nuestro sentimiento de compañía lo disminuyen y mantienen nuestro nivel de estrés (ver artículo en inglés).

   Los momentos de transición nos hacen proclives a un aislamiento que experimentamos de una manera sólo transitoria (emancipación de los padres, divorcio, paro, jubilación, nido vacío, etc.). Con los años vamos perdiendo resiliencia y capacidad de adaptación y este aislamiento tarda más en desaparecer. La mayor parte de los ancianos solitarios han sufrido muchos duelos (familiares, amigos, salud, trabajos) y atraviesan duelos prolongados cuando no crónicos. Esto hace que el 10% de los ancianos sufre soledad maligna con hipertensión, diabetes, insuficiencia respiratoria, ansiedad, depresión asociadas debido al estrés crónico.

 

 

psicópata enfermo mental

 

  Una población en la que la soledad también hace mella, pero sin relación con la edad, quizá por la disminución de la resiliencia que le es propia, son los enfermos mentales. La dependencia de los padres se prolonga en ellos mucho más allá de lo habitual, especialmente en las formas graves de trastornos obsesivos, fobia social, bipolares, alcoholismo, esquizofrenias, trastornos de personalidad, etc. Además, estos pacientes presentan dificultades para conseguir y mantener un puesto de trabajo y, cuando logran establecer relaciones de pareja, la incidencia de divorcio y pérdida de lazos familiares en ellos es mucho más alta que en la población general. Este hecho, unido a la merma económica que la enfermedad suele causarles, multiplica por hasta 4 la probabilidad de desarrollo de soledad maligna (en este caso esencialmente SIDA, tuberculosis, infarto de miocardio, hipertensión, toxicomanías y obesidad) y mendicidad. Es importante destacar que hasta un 25% de los pacientes mentales crónicos pueden terminar en la mendicidad frente al 6% de la población general.

    Cuando observamos la conducta de un homeless es frecuente advertir síntomas de enfermedad mental. Estos pacientes ven disminuida su capacidad para afrontar problemas de la vida cotidiana como el autocuidado o el mantenimiento de una casa de forma autónoma. Un estudio realizado por la Universidad de California observó que un 15% de pacientes recién diagnosticados de una enfermedad mental grave estarían en situación de desamparo social (sin techo) en el plazo de un año. De forma añadida esta población es más proclive a las enfermedades físicas por la falta de higiene, la ausencia de soporte y seguimiento médico, el consumo de tóxicos, la mala alimentación y la promiscuidad sexual lo que se traduce en enfermedades cardiacas, respiratorias, cutáneas e infecciosas (especialmente tuberculosis y SIDA).

   Vemos que la enfermedad mental supone tanto una causa frecuente como una importante consecuencia de la soledad maligna. Muchos pacientes mentales por tanto no viven una soledad elegida, su enfermedad les sitúa sobre unos raíles que les conducen inexorablemente al aislamiento y el desamparo situándoles en una posición de riesgo social y médico aumentado. Su tratamiento a tiempo, por tanto, puede revertir lo que, de otra manera, es una consecuencia inevitable.

  Aplaudimos desde aquí, por tanto, la decisión del Gobierno Británico creando la Secretaria de Estado de la Soledad. Pero creemos imprescindible llamar la atención de la señora Tracey Crouch y de sus homólogos internacionales sobre el silencioso problema de los enfermos mentales crónicos, una población que ha sufrido la soledad desde el origen de los tiempos sin saber que era maligna pero, sobre todo, sin molestar. 

 

 

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