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La verdadera violencia de género o machista: la mente del maltratador.

por Victoria Garay Mata, Psicóloga y Psicoanalista Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   Desde el origen de los tiempos la figura de la mujer ha sido objeto de miedo y desprecio. Es un hecho que ha quedado plasmado en casi todas las culturas a través de sus costumbres, sus textos religiosos, su literatura y su creación filosófica a lo largo de la historia. El motivo no puede ser otro que el misterio que la rodea desde la perspectiva del hombre.

   Esta inquietud ha cristalizado en dos conceptos que a menudo se confunden: la misoginia y el machismo. Son dos de los males endémicos de la sociedad que dañan las relaciones entre hombres y mujeres y que han estado y siguen estando presentes en la actualidad.  ¿Qué diferencias hay entre ambos?

   La misoginia es el odio a las mujeres y a todo lo que tenga que ver con lo femenino. El misógino no quiere dominar ni controlar a la mujer, quiere eliminar cualquier relación con y dependencia de ella. Hoy entendemos la misoginia como una defensa ante el temor ancestral del hombre al “poder” de la mujer en cuanto a su capacidad de dar vida y crear dependencia hacia ella.  

   El machismo, por el contrario, se fundamenta en el sometimiento de la hembra por el “macho” a través del desprecio de los valores diferenciales femeninos que se consideran signos de debilidad (ternura, empatía, comprensión, contención, conciliación etc.).

   Así pues, el machismo tendría una dimensión más social, cultural y cercana a la educación y a la psicología de cada individuo mientras que la misoginia se derivaría más de conflictos neuróticos individuales.

 

   “Estos hombres no reconocen a la mujer como tal, no la ven como sujeto externo diferenciado. La relación de dependencia de ella es masiva y patológica, pero a la vez está negada. Para ellos, tomar conciencia de esto supone una profunda herida en su amor propio por lo que lo niegan y compensan con comportamientos machistas, hiperviriles, y agresivos (atributos de género asociados) que los tranquilizan narcisisticamente”.

 

   Son estos dos elementos los que han formado el caldo de cultivo que ha ido propiciando este clima de superioridad machista que poco a poco vamos disolviendo. Sin embargo, aún hay hombres que siguen distorsionando la realidad sobre la mujer y considerándose poseedores del dominio y el poder sobre ella, sometiéndola a abusos, maltratos y humillaciones y en casos extremos, arrebatándole violentamente la vida. Está demostrado que las sociedades con más marcados patrones machistas tienen una mayor tasa de actos violentos contra la mujer.

   Pero no creemos que sean estos los únicos factores que determinarán que un hombre acabe siendo violento contra la mujer. En otros posts hemos valorado la violencia en la pareja íntima en general, tanto en hombres como en mujeres y entre diferentes tipos de parejas, así como la violencia masculina indistintamente de la víctima a la que se dirija.

   En este post nos vamos a centrar en la llamada violencia de género o violencia machista, aquella que hace que un 95% de víctimas mortales por maltrato sean mujeres, y que engloba a todo tipo de violencia que se lleve a cabo vulnerando el bienestar físico, psíquico o relacional de una persona debido al simple hecho de ser mujer.

 

 ¿Qué hay en la mente de un maltratador?

 

   Aunque sólo el 20% de los maltratadores tengan asociado un trastorno psiquiátrico codificable (psicosis, paranoia, psicopatía, trastornos de personalidad, etc.) en la mayoría de los casos vamos a encontrar aspectos psicopatológicos individuales. Veamos cuales son las características de este tipo de hombre que “ama” tanto al objeto de ese amor que le agrede, le daña y humilla y, eventualmente, le llega a matar.

   Los siguientes aspectos psicopatológicos estarían presentes en mayor o menor medida en estos hombres según la mayoría de los autores (Echeburúa y Corral 2004, Amor 2009):

  • La necesidad de control y dominio sobre la mujer hace que la vayan aislando y apartando poco a poco de su familia, amigos y de cualquier relación o actividad que los excluya.
  • Los celos, protagonistas frecuentes, suelen ser irracionales e injustificados, pero provocadores de mucha rabia e irritabilidad que los llevan a la actuación violenta por su tendencia al descontrol de impulsos.
  • Otra característica bastante común es la de la incomunicación o dificultad para la expresión de sentimientos y emociones, las causas van desde la desconexión de estas (por alexitimia o falta de mentalización) hasta rechazo a verbalizar emociones por vivirlas como signos de debilidad propios de la mujer.
  • Estos aspectos junto con el habitual consumo de alcohol, mal aliado de la agresividad que subyace ya que la desinhibe y favorece las explosiones de violencia
  • Por último, la baja autoestima, las críticas continuas a todo lo que no es de su gusto, la ira y la irritabilidad serían aspectos también frecuentes en estos sujetos.

 

violencia de pareja íntima

 

     La clasificación siguiente, propuesta por Holhzwort, Munroe y Stuart, toma como referencia estas características psicológicas y psicopatológicas en los maltratadores junto con la gravedad y extensión de la violencia (sí ocurre solo en el hogar y con la pareja, si también la ejercen fuera del mismo y con más personas etc.). Permite englobar a estos sujetos en tres tipos o perfiles de personalidad:

  • Tipo 1: Personalidades pasivo- dependientes y obsesivos, tendientes a vínculos duales-fusiónales, con acusada angustia de separación. La violencia en estos sujetos está más limitada al ámbito familiar y los episodios violentos son de menor frecuencia, es menos probable que lleguen a presentar agresiones sexuales (representan el 50% de los hombres maltratadores).
  • Tipo 2: Personalidades bordeline / disfóricos. Son los que presentan mayores problemas psicológicos: impulsivos, explosivos, violentos física, psicológica y sexualmente, intensa reactividad, coléricos, ira crónica y vivencias traumáticas en un alto porcentaje (malos tratos, abusos sexuales y cuidados insuficientes en vínculos primarios). El tipo de apego es evitativo y temeroso. Son violentos de intensidad media y pueden ejercer la violencia también fuera de la pareja y de la familia. (representan el 25% de los maltratadores).
  • Tipo 3: Violentos en general/ Antisociales. Sería el perfil en la línea psicopática. Este tipo tiene un uso instrumental de la violencia física y psicológica dentro y fuera del hogar, como forma de conseguir lo deseado y superar sus frustraciones. (representan el 25%). Sería el perfil de peor pronóstico, no sienten culpa ni dolor ante el sufrimiento de la víctima.

   Hay un gran consenso en que no todos los maltratadores son iguales, por lo tanto, los programas de intervención habrá que adaptarlos para cada perfil.

   Por ejemplo, las personalidades dependientes, con acusada angustia de pérdida o separación, con sentimiento de culpa, preocupación por el daño causado y conciencia de problema podrían ser más proclives a pedir ayuda. El sentimiento de culpa ante el daño causado es un indicador de un fondo depresivo que les alejaría por tanto de los perfiles psicopáticos o perversos, siendo los de mejor pronóstico.

    Según las cifras que tenemos, solo el 1% de los hombres maltratadores acuden a tratamiento y de ese 1% la mitad lo abandona porque ha conseguido volver con la mujer y “manejarla” a su antojo.

 

¿Qué aporta el psicoanálisis en la comprensión del desarrollo de estos varones?

 

   Para entender cómo se establecen los malos tratos en la pareja no basta con apelar a los efectos de la socialización, cultura, educación y biología, como hemos mencionado anteriormente, es imprescindible entender también cómo éstos se inscriben dentro del aparato psíquico del sujeto.

   Para la comprensión del caso individual tendremos que partir del primer vínculo, el materno normalmente, por tanto, que marcará el patrón de referencia para las vinculaciones futuras. En la mayoría de estos sujetos la desviación del desarrollo sano se produce en los primeros meses de vida y será la causa de los rasgos psicopatológicos como adulto antes descritos. Entenderemos como objeto materno la representación interna en el bebé de su madre o su figura vicariante en caso de orfandad o parentalidad homosexual masculina.

   Situémonos en la relación más arcaica, la relación madre-bebé. En una primera etapa está relación es simbiótica, es decir no hay diferenciación para el bebé entre en “objeto” madre y él. Esta etapa viene a durar unos 6 meses, durante la misma la madre tendría la misión de contener, cuidar y satisfacer las necesidades del bebé. De la resolución satisfactoria de este encuentro dependerá el desarrollo temprano del “si mismo” y será el núcleo de la futura identidad.

   Cuando el bebé no puede acceder bien a la madre cuando la necesita la “odia”, aparecen en él/ella sensaciones extremadamente desagradables que su psiquismo inmaduro no puede manejar. Su respuesta va a ser canalizar estas excitaciones en forma de descargas contra la madre y también contra su propio psiquismo.  Este odio si es paliado o neutralizado por experiencias de satisfacción, de “amor”.  Así, en su mundo interno, quedará asociado a la figura materna un objeto de amor y de odio que conducirá progresivamente hacia una ambivalencia que arrastrará en todas las relaciones.

   Cuando las experiencias de satisfacción son más numerosas que las de dolor o insatisfacción, el bebé podrá integrar en esta figura los dos sentimientos con predominancia del amor, lo que le facilitará pasar a la siguiente fase de individuación- separación de la madre, que comienza sobre los 8 meses.

  Poco a poco la madre se va configurando como un “sujeto” diferente de él mismo y gracias a que ha podido internalizar una representación de esa” madre buena” que calma y tranquiliza desde dentro se consolidará lo que denominamos la constancia objetal, que le va a permitir que las separaciones de la figura materna no le sumerjan en una angustia terrible, por vivirlas como abandono. Para ello, el niño se ayuda de lo que denominamos objetos transicionales (peluches, chupete, etc.) que le permitirán alejarse de la madre sintiéndola cerca a la vez. Este sería el desarrollo esperado hacia la salud.

 

violencia masculina

 

   Pero a veces este proceso no se realiza satisfactoriamente y el desarrollo “normal” del bebé se ve afectado. Por experiencias de necesidad insatisfechas, ya sea por abandono, por distancia o incomunicación con la figura materna, la representación interna de esta figura puede inscribirse en el psiquismo asociada a sensaciones displacenteras, si son muy extremas las experiencias negativas se configura un sentimiento de ”odio” que despierta deseos destructivos  que se podrán evidenciar en las relaciones futuras con las mujeres.

   Este trasfondo no facilitará la fase de separación e individuación antes mencionada, el bebé quedará en esa fase de deseo fusional (simbiótico) con la” madre objeto” al no haber podido internalizarla como objeto interno bueno y calmante. Por lo tanto, la constancia objetal no se desarrolla y la angustia ante la separación es desgarradora.

   Por otro lado, la figura paterna en esta concepción dual del vínculo parece ausente, ya sea por exclusión inconsciente por parte de la madre o por ausencia real del mismo, muy frecuente en estos casos. Si además la figura paterna ejerce un papel “abandonador” o agresivo se agravará la patología (perfiles borderline graves y antisociales).

  La madre o su figura vicariante en este primer periodo es vivida por el bebé como “todopoderosa” ya que ella es la que reconoce y cubre automáticamente todas sus necesidades. Ante la falla en estas primeras fases, el bebé queda fijado a una fantasía de eterna búsqueda de esa figura “omnipotente” que le calme y le contenga. 

   La dificultad para prescindir de este” objeto materno todopoderoso” es lo que encontramos, unido a otros rasgos psicopatológicos, en estos hombres maltratadores que no han podido reconocerla como sujeto separado de sí mismo y la siguen atribuyendo en su fantasía el “poder” de darle lo que necesite. La mujer, la pareja, vendrá a ocupar ese lugar, será la actriz del papel de madre todopoderosa que el sujeto le asigna en la realización de su conflicto. Espera inconscientemente de ella que le calme, libere de todo malestar y angustia y satisfaga todos sus deseos.

   Estos hombres no reconocen a la mujer como tal, no la ven como sujeto externo diferenciado. La relación de dependencia de ella es masiva y patológica, pero a la vez está negada. Para ellos, tomar conciencia de esto supone una profunda herida en su amor propio por lo que lo niegan y compensan con comportamientos machistas, hiperviriles, y agresivos (atributos de genero asociados) que los tranquilizan narcisisticamente. Se crea así la situación imposible del “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio”.

    La angustia ante la pérdida, separación o abandono de esta figura es el temor que subyace y del que se defienden con fantasías omnipotentes de posesión y control.  De ahí que el momento en que la mujer empieza a alejarse del maltratador o se separa de él, es el más peligroso, porque no pueden tolerar el abandono, que aparte de ser vivido como una herida narcisista se suma a la terrible angustia de pérdida. La agresividad los desborda y el deseo de venganza los lleva a veces a matarla.

   La mayoría de los asesinatos han sido llevados a cabo tras la separación física de ambos, especialmente cuando la presencia de otro hombre ha amenazado con hacer la separación irreversible.

   Que ellos tengan esta fantasía de fusión y control omnipotente del objeto-pareja, no evita que en la realidad esto no se cumpla. Es imposible para la mujer cumplir esa fantasía que la madre lo consiguió. Ni se cumplió antes ni se va a cumplir después, pero ellos siguen esperando que su pareja cumpla con sus expectativas inconscientes. La dificultad se acrecienta para su pareja porque el maltratador espera que aquella reconozca sus necesidades sin tener que expresarlas tal como hace un bebé con su madre. Sin comunicación la mujer tiene que reconocer sus deseos y satisfacerlos. No hay que hablar, por tanto, pero si ellas no aciertan, aparece la ira, la rabia, la violencia. De ahí surge el acto violento, del desencuentro entre sus deseos y la realidad, del desencuentro entre lo que quieren que sea ella para él y lo que realmente es, lo que, por supuesto, no les importa.

   La mujer está fuera, no es parte de él, no puede dominarla ni controlarla por entero y esta frustración es lo que los lleva al acto violento. Del amor al odio en un segundo.  Este funcionamiento es muy primario, es el del bebé, “si me satisfaces eres buena, si me frustras eres mala”. No hay una misma “sujeto-mujer” que a veces frustra y a veces satisface, es como si fueran dos, a la que satisface se le ama a la que frustra se le odia y se la quiere destruir.

  Los actos violentos son reiterativos, se van a repetir cada vez que ocurra lo descrito, no pueden salir de este funcionamiento por si solos.

   Aun así, ni el hombre maltratador ni, por lo general, la mujer víctima de estos actos violentos abandonan fácilmente en sus propósitos. Tanto ellos como ellas son presas de un vínculo patológico, un vínculo apasionado de amor – odio, que se puede confundir con cualquier cosa, menos con una relación de pareja adulta unida por el amor, el cariño, el respeto, la admiración, los cuidados y la comprensión.

   En esta ocasión nos hemos ocupado del perfil del maltratador, pero no quiere decir que en la mujer víctima de malos tratos no haya también rasgos psicopatológicos que la mantienen en esta relación que le cuesta abandonar y que también la pueden llevar a la repetición, con elecciones de pareja de este tipo, pero esto lo analizaremos en otro post más adelante.

   Como hemos expuesto, el comportamiento descrito en estos hombres está orientado a conseguir convertir a la mujer – sujeto independiente, en objeto, cosificándola y privándola progresivamente de su subjetividad e individualidad y, si la mujer no pone límites, lo conseguirán.

   Para ambos ese tipo de relación es adictiva y peligrosa, se quedan atrapados en ella en un círculo vicioso de dolor y sufrimiento del que habrá que ayudarles a salir.

   Será necesario un trabajo terapéutico sobre estas potentes fuerzas inconscientes para salir de este daño incontrolado porque si no, se repetirá en las sucesivas parejas que hagan ambos en una inagotable compulsión a la repetición que dejará un reguero de víctimas.  

  Con frecuencia el terapeuta se enfrenta a una realidad, Por muy  capaz que sea de comprender lo que le ocurre al paciente, es posible que éste nunca llegue a comprenderlo y, por tanto, que su conflicto podrá no ser resoluble a pesar del esfuerzo que se  ponga en el caso. 

   Es algo que la mujer maltratada debe tener muy en cuenta: esperar que su pareja cambie a través de la comprensión, el amor y los cuidados que le preste es un objetivo inalcanzable sin la ayuda especializada, a veces incluso con ésta. Por tanto, lo primero que deberá hacer siempre y cuanto antes será ponerse a salvo.   

 

 

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