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La conducta violenta: trastorno antisocial de personalidad

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Hace dos meses nos llegaban unas estremecedoras imágenes que recogían la paliza que una adolescente propinaba a una compañera en el patio de un colegio de Sabadell. La contemplación del video resulta horripilante, entre otras cosas, por el nulo control que la agresora mostraba sobre su conducta de modo que no se compadecía en ningún momento del sufrimiento que producía a su víctima. A pesar de que no haya cumplido los 18 años, podemos estimar que esta niña desarrollará en el fututo un trastorno antisocial de  personalidad caracterizado por  un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás y tres de los siguientes ítems: fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detención, deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer, impulsividad o incapacidad para planificar el futuro, irritabilidad y agresividad, indicados por peleas físicas repetidas o agresiones, despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás, irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas, falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros.

El aspecto nuclear de este trastorno es la nula capacidad para sentir culpa aspecto que comparten con las personalidades psicopática y sádica, no incluidas sorprendentemente en las clasificaciones internacionales. Este hecho hace que para ellos el sufrimiento ajeno sea algo completamente irrelevante y, por tanto, no merecedor de las más mínima atención. En el cine ha sido magistralmente recogida en “La naranja mecánica” (Kubrick 1962) o en “Funny games” (Haneke 1997) en la que sujetos aparentemente normales desarrollan conductas de extrema violencia sin justificación aparente. En nuestro país hemos podido ver estos aspectos en el asesinato de Sandra Palo, en la que 4 sujetos violaron, golpearon en la cabeza, atropellaron 8 veces y quemaron con gasolina a una mujer de 22 años con una discapacidad intelectual. Como vimos en un post anterior, tras este comportamiento está el mecanismo de defensa de la anulación por el cual la persona logra separar el sentimiento de la experiencia o recuerdo del hecho con el que se asocia.

Konrad Lorenz, premio nobel por sus estudios en conducta animal, sostenía en su magnífico ensayo “Sobre la agresión, el pretendido mal” que todas las especies menos la humana tienen mecanismos de control que limitan la agresión contra miembros de la misma especie. Un lobo, por ejemplo, peleando con otro por una hembra, el liderazgo de la manada o un territorio, va a mostrar su cuello desnudo al vencedor cuando se sienta derrotado lo que va a detener la pelea y va a hacer que éste último descargue una dentellada sobre un tronco cercano dejando a salvo el cuello mostrado. En la pelea se ha establecido quien manda pero no ha muerto nadie. De ese modo el vencido puede incorporarse a la manada y ser útil a la comunidad. Sin embargo desde el origen de los tiempos los hombres han matado a hombres porque nuestra especie carece de esa regulación.

Las conductas violentas de una persona antisocial nos estremecen porque ellos carecen por completo de ese control cuando los demás nos esforzamos en mantenerlo reprimido. Las películas de terror, las de sanguinarios clanes mafiosos, las de guerra existen porque nos ponen en contacto con nuestra agresividad y, a través del otro, los personajes de la película en este caso, podemos realizarla. De nuevo me viene a la cabeza otra película, Tesis (Amenabar 1996), donde se analizaba muy bien este aspecto. En Bosnia fueron masacrados cientos de miles de habitantes en el corazón de Europa carca del final del siglo XX a manos de personas cultivadas y desarrolladas. Los taurinos disfrutan maltratando al toro y muchos antitaurinos disfrutan cuando un torero sufre una cornada o muere en el ruedo, dos caras de la misma moneda

Estamos muy lejos todavía de constituir una especie a la altura del resto de las especies en cuanto al control de la agresividad se refiere. Entre tanto, la educación y la reflexión pueden ayudarnos a aceptar nuestros aspectos agresivos y a aprender a manejarlos sin dañar a nadie.

Un ejemplo cercano para terminar. Mi padre fue catedrático de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid. Un paciente antiguo alumno suyo me contó en la consulta que al enunciar las preguntas de un examen alguien gritó “¡hijo de p…!” a lo que mi padre se limitó a contestar “¿Quién ha dicho mamá?”.

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