La violencia masculina: una aproximación
social, biológica y cultural

La violencia masculina: una aproximación
social, biológica y cultural

Por Dr. Sergio Oliveros Calvo
Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Hace unas semanas abordamos el tema de la violencia de pareja íntima y en unas semanas abordaremos la violencia específica del hombre contra la mujer por el simple hecho de ser mujer, el terrible drama de la verdadera violencia de género. Sin embargo, para una comprensión más profunda del problema, hemos creído necesario profundizar antes en la violencia masculina en este post.  

El premio Nobel austríaco Konrad Lorenz diferenció en su libro “Sobre la agresión, el pretendido mal” dos tipos de comportamiento violento: la agresividad interespecífica (la que se dirige contra otras especies con el objeto conseguir alimento) y la agresividad intraespecífica (la que se produce entre los miembros de la misma especie para determinar la jerarquía de la manada, el acceso a las hembras fértiles o la demarcación del territorio de caza).

Lorenz destacaba que mientras en el primer caso la muerte era la consecuencia final de la conducta en el segundo se produce una represión del impulso de matar porque lo que interesa es la preservación de la manada. Por eso, en la naturaleza los miembros de una misma especie casi nunca llegan a la muerte del contrario. Un lobo vencido en una pelea por el puesto de lobo alfa, por ejemplo, mostrará al vencedor su cuello en el suelo, pero el vencedor, en lugar de matarle con una dentellada, descargará un mordisco sobre una rama próxima lo que permite a la manada contar con otro macho cazador entre ellos. Como dice la bióloga Marta Iglesias Julios experta en diferenciación sexual y evolución (recomiendo sus interesantísimos tweets, @migulios), la agresividad es un recurso para resolver conflictos de intereses que, en su vertiente intraespecífica, adopta formas mucho más parecidas a un ritual de danza que a una violenta agresión. Ésta queda reservada a los ataques a otras especies.

 

“En las sociedades más avanzadas la agresividad intraespecífica disminuye y los enfrentamientos se realizan en las urnas, los deportes o la economía, legitimando la agresividad letal en fuerzas que son socialmente aceptadas como la policía o el ejército.”

 

Sin embargo, unas pocas especies, entre las que nos incluimos los humanos junto a los chimpancés, los bonobos o las reses bravas, muestran una aparente tara respecto a la mayoría: no tienen reprimida la agresividad intraespecífica y son capaces de matar a seres semejantes en guerras, algaradas de machos, peleas, pareja etc. desde el origen de los tiempos, como expresaba Stanley Kubrick en el principio de su película 2001 odisea en el espacio en la que refleja la asociación evolucionista entre agresión y progreso.

De acuerdo al Global Study on Homicide (link aquí) realizado en 2013 por las Naciones Unidas, el 78-95% de los homicidas son varones en edad reproductiva. Otros estudios han encontrado cifras aún mayores (98%). Sin embargo, hay otro hecho relevante: el 79-84% % de las víctimas también son varones. Es decir, la falta de represión de la agresividad intraespecífica que hemos descrito más arriba parece afectar casi exclusivamente al género masculino tanto en su papel de ejecutor como de víctima.  En otras palabras, es mucho más fácil ser asesinado por un hombre si se es hombre que si se es mujer.  Este hecho se ha puesto ampliamente de manifiesto a lo largo de la historia en la que el género masculino ha protagonizado las mayores masacres en guerras.  

 La agresividad intraespecífica en mujeres casi nunca es letal, comienza en edades tempranas y suele limitarse a formas indirectas como sostiene Marta Iglesias (maledicencias, exclusión del grupo, ataque al prestigio social etc.) (ver link).

En las especies que compartimos esta aparente tara (humanos, chimpancés, bonobos etc.), se ve que la agresividad masculina ofrece ventaja sobre otros machos amenazantes de la misma en el apareamiento, la jerarquía, el acceso a los recursos, la defensa de la prole y la tribu. En estas especies, la agresividad intraespecífica no sería letal entre las hembras pues vuelcan su tiempo y energía en la crianza de la progenie. Estos aspectos han podido ser observados en poblaciones humanas indígenas con estructuras sociales primitivas lo que apoyaría la idea de la ventaja evolutiva que ha podido tener nuestra aparente tara como sugiere el antropólogo William Buckner en un reciente e interesante artículo (link aquí).

 

violencia de pareja íntima

 

En las sociedades más desarrolladas tales conductas se expresarían en peleas por una mujer, violencia entre bandas, robo de bienes, venganzas etc.  No es difícil comprobar que los recursos más perseguidos siguen siendo en las sociedades modernas los alimentos, el territorio, la pareja, el prestigio o la posición jerárquica. Una consecuencia no interpersonal de esta violencia masculina es la letalidad de los métodos suicidas que emplean los hombres. 

Muchos autores con mayor carga ideológica ven la violencia masculina como una forma de someter a la mujer y atribuyen a una cultura patriarcal el constructo social que asigna al hombre una posición de superioridad. Para ellos, la fuerza, la valentía, la virilidad, el triunfo, la competición o la seguridad no serían características masculinas que las mujeres hubieran seleccionado a lo largo de la evolución para mejorar la calidad de la progenie y asegurar su supervivencia, sino herramientas que el hombre emplea para perpetuar su patriarcado.  Es una hipótesis que ni los estudios antropológicos, los muestreos transculturales ni los análisis evolucionistas apoyan.

Aunque todo indica que la agresividad intraespecífica letal está arraigada de forma innata en la naturaleza masculina, se ha comprobado una relación inversa entre desarrollo de una sociedad y letalidad de la agresividad. En las sociedades más avanzadas los enfrentamientos se realizan en las urnas, los deportes o la economía, legitimando la agresividad letal en fuerzas que son socialmente aceptadas como la policía o el ejército. Se concentra la violencia en una parte de la sociedad para que mantenga su eficacia frente a los ataques de otros. En las sociedades menos desarrolladas esta violencia letal está diseminada lo que dificulta el desarrollo y la organización social.

Vemos que la violencia masculina se basa en profundos condicionamientos biológicos y evolutivos y resulta especialmente letal en choques con entre hombres. Sin embargo, es sensible a modificación con la educación adecuada desde la infancia lo que se constata en sociedades desarrolladas. La autodomesticación que ha acompañado a la organización social desde Sumer (en este post el Dr. Paco Traver la introduce maravillosamente link aquí) ha sido capaz de reestructurar esta tendencia de forma incompleta. Ha organizado la violencia dentro de la sociedad, pero simultáneamente ha ejercido un patriarcado indudablemente machista y transcultural que ha conducido a una desigualdad entre mujeres y hombres en casi todas las culturas del mundo.

Un masivo clamor exige que esto cambie en todo el mundo ya. Hace 3 días millones de españolas se manifestaban en las calles de España exigiendo igualdad. Trabajemos todos juntos para modernizar nuestra cultura y lograr que ese objetivo llegue lo antes posible.

Las mujeres lo necesitan, pero indudablemente los hombres también.   

PS: A modo de ejemplo de lo dicho añadimos un video que muestra la selección de ultras del Spartak de Moscú. El propio club de futbol les cita para pelearse a campo abierto contra voluntarios de otro club. El entrenamiento sirve como selección. Aquellos que muestran mayor ferocidad son los elegidos para ocupar puestos de élite en las filas del los ultras que protagonizarán escenas dantescas en los próximos mundiales.  Representan a algo masculino, no al género masculino. Lo veremos, algunos de ellos morirán, algunos de ellos matarán, pero ninguno sabrá porqué o para qué lo hace, el secreto lo seguirán guardando sus cromosomas Y. 



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