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Los estragos del desamor. La depresión por abandono.

por Lorenza Escardó Zaldo, Psicóloga Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

¿Quién no ha sufrido por desamor al menos una vez en la vida?

  El desamor es como perder una vida. No hablamos, bien entendido, de la vida humana, pero sí de una vida proyectada junto a alguien y de todos los sueños y esperanzas colocados en ese proyecto.

  En estos casos, mientras que ni uno ni otro han muerto físicamente, el sujeto abandonado ha quedado psíquicamente devastado por la pérdida. Ve cómo tras la ruptura desaparece la persona en la que depositaba su afecto (“objeto de amor” en términos psicoanalíticos). Pero internamente experimenta otra pérdida aún más dolorosa, lo que denominamos en psicoanálisis “objeto de apego”, la representación de aquello que desde nuestra más tierna infancia nos proporciona seguridad, protección y fortaleza.

   El primer objeto de apego, por lo general, es la madre o el primer cuidador del bebé. Pero durante las ausencias de esta figura, y ya desde temprana edad, el infante se procura otros objetos sustitutos en los que deposita estas saludables emociones. El primer psicoanalista en observar y destacar la importancia de este fenómeno fue Donald Winnicott quien en los años 50 denominó “objeto transicional” a los chupetes, peluches y otros objetos a los que el niño se aferra durante las ausencias o separaciones de sus cuidadores, por ejemplo, al irse a dormir. Estos objetos permiten al niño alejarse de su madre mientras se siente como si estuviera junto a ella”.

   En la pérdida amorosa se produce un derrumbe interno de la persona. Su estructura fundamental, es decir, su amor propio y los puntos de apoyo y referencia que mantienen su coherencia y dan continuidad a la experiencia de sí mismo, le han sido arrebatados. Por todo ello, sus necesidades de amor y de apego están ahora en carne viva. Para el adulto, la pareja y/o los hijos son el soporte más habitual de su amor propio. Mientras que, en el menor, el soporte lo ejerce una sucesión de figuras (padres, profesores, familia extensa), que desempeñan un importantísimo papel en la construcción de su autoestima.

 

¿Qué motiva la incapacidad de algunos para afrontar con éxito una pérdida amorosa? La reapertura de heridas del pasado cuyo contenido se ha reprimido y ocupa una posición inconsciente inaccesible a la razón y la exploración consciente.

   Por tanto, la ruptura de una pareja por abandono es un momento clave en la biografía de una persona. Y, si bien en muchos casos el abandono podrá ser afrontado y la persona iniciará un proceso de duelo, en otros, dejará al sujeto paralizado, llegando a desencadenar un estado de depresión.

  En todo caso podemos entender perfectamente el impacto que esta situación supone para nuestra autoestima que va a quedar muy dañada, incluso asolada durante el tiempo que tardemos en recuperarlos. Ese periodo discurre por dos fases:

 

Fase de shock:

 

   Durante esta fase de la reacción presentaremos:

  • Profundo sentimiento de fracaso asociado a la pérdida de algo valioso.
  • Rumiaciones obsesivas alrededor del ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué!!
  • La soledad
  • Tristeza, ansiedad, insomnio.
  • Rabia
  • Desesperanza y falta de ilusión

Fase de adaptación:

 

  En esta fase el sujeto puede seguir dos vías principales de resolución.

 

a) Supuesto 1

 

  En este caso la persona abandonada ha podido iniciar un proceso de duelo que le permite elaborar emocionalmente la pérdida.

  Esta situación, insólita para el sujeto si es la primera vez que la vive (suele ser la más intensa), puede durar semanas o meses. Después, el sujeto podrá, contando con sus propios recursos y con el apoyo de sus seres más cercanos, adaptarse a su nueva condición y aceptarla finalmente como una oportunidad para abrirse al cambio y reorientar su vida.

  Hay que saber perder y así lo dice la poeta Elisabeth Bishop en uno de sus últimos poemas “One art” . Y es que elaborar las perdidas es todo un arte.

  A lo largo de este proceso la persona abandonada tendrá que restaurar los soportes de su amor propio, pero desde unas bases nuevas, desde un nuevo lugar. La prioridad ya no es el otro o la pareja, sino uno mismo. Lo perdido, perdido está … y todo lo que se puede recuperar tiene que ver con uno mismo. Aunque hay muchas personas que se mueven mal en este escenario, y en estos casos una psicoterapia podría ser un apoyo útil, Si nos centramos en atender a nuestra autoestima herida, la alegría, la energía, el proyecto de vida y hasta de pareja resurgirán.

  Sin embargo, es importante tener en cuenta que el ser humano es variabilidad pura y que no todas las personas asumen y expresan la dimensión traumática asociada a un abandono de la misma forma. Freud ya trabajó estas diferencias en su texto de 1915, “Duelo y melancolía”.

 

Depresión narcisista

 

b) Supuesto 2

 

   El sujeto NO puede iniciar un proceso de duelo y cae en depresión o melancolía. Mientras que el duelo parte de la pérdida del objeto de apego y del reconocimiento de esa pérdida, en la depresión o melancolía, por el contrario, esa pérdida no logra ser admitida como tal o, mejor dicho, no logra ser integrada psíquicamente y la persona no termina por hacerse cargo de ella, no la elabora emocionalmente.

¿Qué motiva esta incapacidad de algunos para afrontar la pérdida de una forma activa? Sin duda, que el abandono actual ha reabierto heridas no cerradas del pasado, sea la persona consciente de ellas o no. En el caso de que la persona fuera consciente de la existencia de una carga traumática en su historia pasada o infantil estaríamos ante un mejor pronóstico, pero en la mayoría de los casos esto no es así pues nuestra mente evita el dolor y trata de desconectarnos de los sentimientos dolorosos y acontecimientos traumáticos que vivimos.

  Este funcionamiento, ampliamente estudiado por el Psicoanálisis, fue descrito por Freud con el término de represión y consiste en un proceso psíquico universal que se halla en el origen de la constitución del inconsciente como dominio separado del resto del psiquismo. En definitiva, la represión consiste en la operación por medio de la cual intentamos rechazar o mantener en el inconsciente los pensamientos o recuerdos cuya carga traumática nos excede.

  Se trata, por tanto, de un funcionamiento útil a corto plazo y sobre todo durante un periodo, como es el de la primera infancia, en el que el bebé no cuenta aún con muchos recursos, ni siquiera dispone de un sistema psicomotor suficientemente desarrollado como para emprender la huida. Pero a largo plazo, si la persona ha reprimido en exceso y cuenta con una gran carga de contenidos inconscientes, entonces su funcionamiento mental perderá flexibilidad y la gestión o digestión de las emociones dolorosas movilizadas por el abandono actual, como la rabia o la tristeza, le resultará más costosa.

   La vía de la depresión como salida a una ruptura por abandono quedaría asociada a estos últimos casos en los que el sujeto puede verse afectado por un desbordamiento tan grande que todo su mundo se paraliza y queda así sin recursos para luchar y hasta sin deseo de vivir.

  Las personas en esta situación podrán encontrar ayuda en un tratamiento que preste especial atención a la reconstrucción de su autoestima y a esas heridas profundas que afectan al ser más íntimo de la persona y que el abandono actual ha dejado de nuevo al descubierto como vimos en otro post (leer aquí).

  Por lo general las personas están capacitadas para afrontar una ruptura amorosa por abandono que, como decíamos al comienzo es parte de la vida, parte del juego “Love is a losing game” cantaba Amy Winehouse, y contarán con los recursos para elaborar los intensos sentimientos que citamos anteriormente, así como con los apoyos de sus seres cercanos para superarlo, hasta llegar a estar de nuevo colocados en la pista de despegue para emprender una nueva vida.

  Sin embargo, también puede ocurrir que la persona en cuestión haya sufrido una vivencia temprana asociada al abandono o un trastorno del apego como vimos en otro post (leer aquí) en sus primeros vínculos, en tal caso sus afectos van a quedar muy comprometidos ante nuevas vivencias de este tipo en el transcurso de su vida futura, a menos que no pueda resolver o elaborar aquellas perdidas tempranas que, activas aún, amenazan y lastran su funcionamiento actual.

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