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Los verdaderos beneficios del altruismo (el verdadero).

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

   El término «altruismo» fue acuñado por el filósofo francés Auguste Comte en 1851 como el antónimo (opuesto) de egoísmo.  Se caracteriza por la entrega a los demás sin esperar recompensa aparente a cambio, e incluso a costa, de un desgaste personal en términos de tiempo, placer, energía o riesgo.

  Hace unos meses publiqué un post sobre el narcisismo oculto (enlazado más abajo) y su papel en el falso altruismo en sectores como la política, algunas ONG, la sanidad, la Iglesia etc. No es raro encontrar en estas poblaciones una minoría de sujetos que, bajo la apariencia de la ayuda desinteresada, sólo persiguen un beneficio personal evidente e inmediato en forma de votos, poder o dinero. Tras una cuidada hipocresía, esconden su intención de explotar al otro y un nada generoso oportunismo. 

   Hoy vamos a analizar la otra cara, los factores que motivan el altruismo verdadero. A pesar de que el altruismo contradice aparentemente la selección natural de Darwin pues promueve la supervivencia de los débiles, podemos observar gestos altruistas en prácticamente cualquier especie: una tortuga ayuda a otra a darse la vuelta cuando ha caído de espaldas, un perro arrastra a otro fuera de la carretera cuando ha sido atropellado etc. Como es lógico, las conductas de ayuda son especialmente características dentro de los grupos familiares. Sin embargo, en la naturaleza rompen esa barrera y se traducen en ayuda altruista a otros miembros de su especie o, incluso, a miembros de otras especies.

  Tanto la psicología conductista como la psicología evolucionista sostienen que si una conducta se produce y se mantiene es porque tiene una recompensa, nos procura bienestar o un mayor rendimiento reproductivo. ¿En qué nos puede beneficiar el altruismo?

  La etología (estudio de la conducta animal) ha observado algo que cuestiona la verdadera naturaleza altruista de esa conducta. Y es que algunos animales llegan a competir por ayudar a un semejante (vigilancia, alimentación etc.).  La conducta altruista cumpliría en ellos una función biológica pues mejora su posición dentro del grupo y, así, sus posibilidades de reproducción. Tiene así una recompensa.

  Además, el altruismo tiene un papel clave en la organización del grupo permitiendole funcionar como un organismo superior más fuerte y perdurable. Es algo que vemos en la naturaleza en poblaciones animales y vegetales  con claridad. En una manada de búfalos los más viejos y enfermos se sitúan por fuera facilitando su eventual captura por los depredadores dejando a salvo a los más jóvenes y activos sexualmente que permanecen en el interior.

 

Falso altruismo: la cara oculta del narcisismo

 

  Ubuntu es el nombre del sistema operativo Linux, libre y colaborativo, que está tomado de una palabra zulú de Sudáfrica que expresa el concepto “soy porque nosotros somos”: la mejor manera de que yo sobreviva es los que me rodean sobrevivan. En esta culturra, lo importante es pues la supervivencia, la organización y el bienestar del grupo, no del individuo. A pesar de la distancia, es un modelo de interacción altruista presente en muchos países asiáticos como Japón, Nepal, Indonesia, Corea, Camboya o Tailandia a través de la concepción budista de su existencia. Son conscientes de que somos una especie social que necesitamos la colaboración para conseguir objetivos que no podemos alcanzar por separado. No ocurre lo mismo en nuestro medio social occidental ferozmente individualista y marcado por el narcisismo que experimenta en los últimos años una tímida y progresiva transformación altruista (alta participación en el voluntariado, ayuda a refugiados, protección de los animales y ecosistemas etc.). No es extraño que fuera Thomas Hobbes, filósofo occidental, quien enunciara 1651 la frase “homo hominis lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). Nadie duda ya de que, si la humanidad tiene algún futuro, estará fundamentado en el altruismo dentro y fuera de nuestra especie. 

  Hallazgos neurobiológicos sostienen que la conducta altruista persigue el propio bienestar pues se asocia a una hiperactividad del sistema opiode cerebral (endorfinas y encefalinas). Nos sentimos bien haciendo el bien por los demás. El altruismo podría tener así también una base adictiva como el deporte, algunos alimentos, la compañía de seres queridos o la actividad sexual. 

  Vemos que el altruismo verdadero beneficia, además de al débil, al individuo que lo ejerce sin explotar al otro. Pero, sobre todo, beneficia al grupo social al que pertenece porque se ve fortalecido. Es ahí donde el altruismo puede aportar una ventaja reproductiva frente a grupos sociales antagónicos (egoístas) y cumplir una función clave en la selección natural darwiniana.

  ¿Acaso estará esto tras el declive de occidente frente al colectivismo oriental? Todavía tenemos la oportunidad de cambiar si pensamos por nosotros mismos y no nos dejanos manipular por discursos mesiánicos falsamente altruistas.   

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