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Morir de ansiedad o de estrés ¿realidad o leyenda? Un análisis racional.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

  Hace unos días la Ertzaina perdía tristemente a uno de sus miembros en los desórdenes vandálicos causados por el enfrentamiento entre hinchas del Spartak de Moscú y del grupo Herri Norte en Bilbao. El agente llevaba 13 horas trabajando cuando cayó muerto en plena refriega. Un compañero suyo decía:

 

    “Cayó al lado mío en la carga que se hizo en la campa de San Mamés… no sé si por impacto de bengalas, piedras, botella o simplemente por la tensión de ese momento y el equipo de protección que llevamos, que te roba hasta la última brizna de oxígeno en momentos de máxima tensión. Te ahogas, te quedas sin aire y encima nos golpeaban con barras de hierro y nos tiraban de todo”.

 

  El compañero del agente fallecido y muchos otros estaban seguros: había muerto por estrés. Es posible, incluso, que se considerara a sí mismo en riesgo de muerte en esa misma situación. Sin embargo, a pesar de la excesiva jornada de trabajo o la elevada tensión emocional del momento, se ha comprobado que la causa real de muerte fue una embolia pulmonar.  

   Es muy habitual que asociemos estrés o ansiedad intensa a infartos de miocardio y muerte instantánea. Lo vemos en el cine, a todos nos ha llegado alguna historia de alguien que “se quedó en el sitio” al enterarse de algo, atribuimos al estrés la causa de la muerte de personas sometidas a tensión emocional. Pero ¿realmente puede ocurrir?

 

¿Podemos morir de estrés o de ansiedad?

   La desgraciada historia del agente de la Ertzaina es elocuente. A pesar de la creencia popular, nadie muere de estrés por causa directa si no concurren otras circunstancias que analizaremos y que son las que realmente matan. Tampoco muere nadie por ansiedad por muy intensa que sea y muy inmediata le parezca la muerte a la persona que sufre un ataque de pánico, angustia o ansiedad. 

   El estrés se produce cuando nuestra capacidad se ve superada por unos desafíos excesivos. Para afrontarlo, nuestro cuerpo pone en marcha mecanismos excepcionales basados en la adrenalina, la noradrenalina y el cortisol.

 

El trastorno paranoide de personalidad

 

 

   La adrenalina acelera el ritmo cardiaco y respiratorio, dilata los bronquios aumentando la oxigenación de la sangre, aumenta la tensión arterial, incrementa el tono muscular (provoca temblor), aumenta la sudoración y reduce el flujo sanguíneo en la piel (se pone blanca y sudorosa) y en el intestino (provoca diarrea) y lo concentra en el cerebro, el corazón (dilata las arterias coronarias) y los músculos. La noradrenalina activa la velocidad de procesamiento cerebral e incrementa la coordinación motriz, la capacidad de análisis y la toma de decisiones rápidas. El cortisol incrementa la glucosa circulante asegurando comida al cerebro (las neuronas solo “comen” glucosa) y favorece la movilización de los depósitos de grasa para alimentar a los músculos. De esta manera, el organismo se capacita para la lucha o la huida.

   Estas adaptaciones hormonales nos capacitan durante un tiempo a funcionar por encima de nuestra capacidad normal y facilitan nuestra adaptación al estrés.

   Cuando el desafío es breve, la respuesta del organismo va a estar basada sobre todo en la adrenalina y la noradrenalina por lo que no se va a producir ninguna consecuencia letal. La excepción ocurre en las personas que tengan una cardiopatía grave de base o una lesión vascular cerebral grave pues en ellas un incremento de la tensión arterial o de la excitabilidad del miocardio puede acarrear graves problemas (infartos, hemorragias etc.).

   La adaptación al estrés a largo plazo se basa en el cortisol. Es una hormona mucho más resistente y su actividad aumentada puede prolongarse varios meses. 

   La última fase es lo que denominamos el Burnout. En esta fase, el sujeto no ha podido escapar ni resolver el factor de estrés y ve agotados sus recursos de adaptación. Esto se traduce en un colapso que aumenta los efectos dañinos del estrés.  

 

¿Qué enfermedades provoca el estrés crónico?

 

   Un estrés es crónico cuando se produce una sobreexigencia permanente, cuando el desafío no está ligado a objetivos realizables y cuando no hay alternativas aparentes porque la situación adversa es inamovible. Esto general una exposición a niveles altos de cortisol que, a partir del segundo mes, acarrea más costes biológicos y puede provocar los daños recogidos más abajo.

  Ese el el tipo de estrés que cuenta con un coste más elevado sobre la salud. Recogemos a continuación las lesiones más comunes que puede causar el estrés mantenido:  

 

 

¿Qué fuente de estrés es peor para la salud?

 

   Existen infinidad de estresores (maltrato, mala relación con el cónyuge, mal ambiente laboral, acoso laboral, despido, paro/pobreza, sobrecarga laboral, pérdida de un ser querido, enfermedad crónica etc.).

    Sin embargo, cualquiera de ellos puede ser sobrellevado sin un desgaste importante o, por el contrario, conducirnos al colapso en función de la resistencia basal del sujeto (resiliencia) y la que en ese momento tenga. Como sabemos, una mayor resiliencia asegura una mayor capacidad para “metabolizar” el estrés y una mayor elasticidad en la adaptación a la tensión. No va a afectar o mismo un despido a una persona joven con recursos que a una persona de edad avanzada que tiene a su cónyuge ingresado por cáncer y carece de otra fuente de ingresos. 

  Además, la resiliencia y la resistencia depende mucho de la personalidad, un obsesivo resistirá mucho, pero cuando se colapse estará muy dañado, un fóbico evitativo se colapsará muy pronto, etc.

   Los factores de estrés que estadísticamente son referidos como más intensos por la población son la muerte de un ser querido, el divorcio, el despido y, curiosamente, una mudanza. Cualquiera de estos factores es más lesivo cuando se cronifica (duelo congelado, divorcio litigante, paro de larga duración etc.).

 

¿Cómo aprendemos a enfrentarnos eficazmente con el estrés?

 

   Como ocurre en tantas áreas del funcionamiento mental, nuestra escuela es la infancia. Es entonces cuando aprendemos a resistir al estrés o a sucumbir frente a éste. Un vínculo emocional sólido, una familia estable, una sólida autoestima o una relación de confianza con los adultos se va a traducir en una mayor resiliencia en la etapa adulta. Por el contrario, una situación de indefensión mantenida en la infancia, malos tratos, vínculos inseguros, familias disfuncionales etc. tendrán un efecto contrario.

   Es importante mejorar la capacidad de contención frente al miedo y la angustia en el menor y evitar sobreprotegerle. Así mejoraremos su resistencia frente a los desafíos, capacidad de trabajo y esfuerzo etc. y les daremos las claves para afrontar el estrés en el futuro. 

   Esto facilitará que el adulto idee soluciones creativas en el manejo del estrés, desde modular su exposición a reforzar su resistencia o a enfrentarse a lo que lo origina.

 

¿Cómo podemos evitar el estrés cuando es en parte inevitable?

 

   Es una cuestión compleja en muchas ocasiones y que siempre nos obliga a abandonar nuestra zona de confort. Una persona acosada en su trabajo que no quiere arriesgarse a perder su puesto o sus derechos adquiridos, una mujer maltratada que cree que la dependencia económica de su marido hace imposible la separación, una persona de 50 años que descarta que vaya a encontrar trabajo tras un paro prolongado… Podemos traer mil situaciones de las que no es fácil escapar. 

   Lo primero sería intentar mantener las ventajas eliminando la toxicidad. Equivaldría a demandar al acosador y cesar el mobbing, querellarse contra el maltratador y alejarse de él o idear una iniciativa laboral individual. En esta fase el apoyo de familia, amigos y servicios sociales es clave.

   Pero en ocasiones la única solución pasa por la huida sin garantías mientras asumimos el coste de alejarnos del foco de estrés y de nuestra zona de confort.

   En estas situaciones debemos pensar siempre que son más importantes nuestro bienestar y nuestra salud que las ventajas parciales que obteníamos bajo el foco de estrés. En esta situación a el apoyo de la policía, la judicatura y los servicios sociales suele ser imprescindible.

   Como vemos el estrés no mata por sí mismo, pero sí puede enfermarnos seriamente rebajando mucho nuestra calidad de vida. Solo puede precipitar nuestra muerte si actúa sobre una situación de enfermedad existente, lo que hace imperativo aprender a manejarlo.  

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