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Narcisismo: la áspera cicatriz de una profunda herida infantil

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

 Hace tan sólo unos días se ha publicado un artículo de una enorme trascendencia en la comprensión de la personalidad narcisista.

  Un grupo de investigadores de la Universidad de Bar Ilan de Tel Aviv liderados por la joven psicóloga israelí Maayan Pratt, ha realizado un estudio observacional prospectivo (puede leer el artículo completo en  inglés aquí: http://bit.ly/2ir5S3z) que compara la evolución de dos grupos de niños desde su nacimiento hasta que cumplieron los 11 años:

  1. GRUPO ESTUDIO: Hijos de madres que sufrieron depresión en el primer año tras su parto (27 niños)
  2. GRUPO CONTROL: Hijos de madres con depresión crónica e hijos de madres que nunca han sufrido un trastorno psiquiátrico (45 niños).

  Al acabar el periodo de seguimiento, todos los niños se sometieron a una resonancia magnética funcional cerebral. Los investigadores han evidenciado anomalías en el grupo 1 referidas a una menor respuesta en las áreas cerebrales que responden al dolor ajeno (giro posterosuperior temporal y el área motora suplementaria), lo que podríamos denominar la base anatómica de la empatía.

   Los autores han observado además que cuanto más empática había sido la comunicación con el bebé y menos intrusiva había sido la madre con su hijo el área cerebral responsable de la respuesta al dolor ajeno presentaba mayor actividad. Las madres deprimidas habían mostrado menos empatía y más invasividad que las no deprimidas.

   Es la primera vez que se logra correlacionar un estímulo psicológico (en este caso interacción emocional madre-hijo temprana alterada) con una consecuencia anatómico-funcional en el cerebro de un hijo. La depresión neonatal de la madre ha condicionado cambios anatómicos en los cerebros de los niños que se traducen en una capacidad empática reducida.

  Hace unas semanas abordamos la importancia del vínculo materno en el desarrollo emocional del hijo. Nacemos programados por nuestros genes para buscar y encontrar pronto a nuestra madre y establecer con ella un vínculo que nos asegure la supervivencia. Vemos en mamíferos y aves como el recién nacido busca sin apenas medios (nacemos casi ciegos y sin grandes habilidades motrices) el calor y el alimento de su madre. Cuando no la encuentra, el neonato busca este apoyo en cualquier ser vivo que identifique como cuidador y con el que pueda establecer el vínculo materno. Recordemos lo que hacían las ocas del premio Nobel Konrad Lorenz cuando nacían en la incubadora y tras ver en él al primer ser vivo le seguían allí donde fuera (“imprinting”) como recoge la foto.   

Nacemos programados por nuestros genes para buscar y encontrar pronto a nuestra madre y establecer con ella un vínculo que nos asegure la supervivencia.

  La relación empática con los padres, especialmente con la madre, tiene una importancia que constantemente reconocemos en la consulta en el origen de muchos y diversos problemas psiquiátricos. El niño nace con un cuaderno emocional y cognitivo en blanco y una urgente necesidad de rellenarlo. De ahí su intensa necesidad de interacción con los otros y exploración de su entorno. Necesita conocer cuál es su lugar en el mundo y aprender cómo conquistarlo pero le faltan todos los datos.

  La madre (o su sustituto) sirven de fuente de alimento calórico y afectivo con el que el niño construye su cuerpo y su yo. Del mismo modo que aquella tritura todo en un puré que éste puede digerir, hace lo mismo con los conceptos del amor, la lealtad, el miedo, la envidia, la debilidad, la vulnerabilidad etc, le ayuda a incorporarlos. Una actitud empática en los cuentos a pie de cama al anochecer, las conversaciones a la vuelta del colegio o durante los paseos, los juegos etc. sirve de nutriente cognitivo y emocional que el niño engulle y le permite crecer física y emocionalmente sano.     

  El problema ocurre cuando este vínculo falla y no puede ser sustituido eficazmente por otro. El silencio emocional rodea al niño  y lo aísla de modo que, según la teoría psicoanalítica, no le queda más remedio que replegarse y buscar la gratificación, el refuerzo y el afecto en sí mismo. Así se originarían, muy resumidamente, las personalidades narcisistas. En un viaje hacia la madre que termina sin encuentro, en el punto donde empezó y en la más completa soledad.

Cuando este vínculo falla y no puede ser sustituido eficazmente por otro, el viaje hacia la madre termina sin encuentro, en el punto donde empezó y en la más completa soledad.

  Una de las situaciones maternas que provocan una relación poco empática con el bebé es la depresión posparto. En esa situación la madre no se siente capaz de abarcar los cuidados de su hijo, los lleva a cabo con esfuerzo, irritabilidad y escasa paciencia y empatía. Vive la maternidad como una carga que no puede afrontar. Ha habido muchos estudios que han demostrado  la asociación entre depresión postparto de la madre y riesgo para su hijo de sufrir en su etapa adulta trastornos psicológicos, aislamiento social, mala regulación emocional o menor capacidad de empatía. Sin embargo, hasta ahora no se había encontrado un correlato biológico demostrable que explicara esta asociación.

   En el video que recogemos al final del post ilustramos visualmente la experiencia emocional del bebé cuando percibe la retirada del afecto de su madre. Recoge  uno de los experimentos del brillante psicólogo infantil de la Universidad de Harvard Edward Tronick que estudió conductualmente este fenómeno.

  Dedicaremos muchos más posts a las personalidades narcisistas pero queríamos aportar ya este trascendental hallazgo.

  Nadie debe olvidar que toda personalidad narcisista oculta una dolorosa, solitaria y temprana herida que el sujeto no ha podido subsanar por sí mismo.

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