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I = i + P (Infidelidad = infelicidad + Problema)

infidelity-379565_1280por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Hay cosas que es mejor que no pasen y, con seguridad, la infidelidad es una de ellas. Entendemos como infidelidad el mantenimiento de relaciones sexuales con una tercera persona a espaldas de la pareja. Es un hecho que nunca deja las cosas como estaban pues, además de remover los pilares de la relación, pone de manifiesto aspectos complejos de la aquella que se desconocían previamente. Una infidelidad sitúa siempre a una pareja en un punto muy distante del que antes ocupaba. Por eso, tener conocimiento de una infidelidad constituye un terremoto del que no se puede salir ileso ni tampoco empleando el mismo patrón que antes servía de nexo para la relación.

Muchas parejas mantienen relaciones sexuales abiertas (intercambios, simultaneidad consentida de parejas sexuales etc.) pero no se amparan en un engaño para llevarlas a cabo. Evidentemente esto no tiene porqué ser considerado un problema o una enfermedad como ocurre en la infidelidad.

El mantenimiento de una actividad sexual o amorosa fuera de la pareja puede deberse a muchos factores: inmadurez de la relación o de sus miembros, patología en uno de ellos (fases maniacas, depresión, adicción al sexo etc.), dificultades para adaptarse al estrés, egolatría o incluso miedo de uno de los componentes. Pero siempre pone de manifiesto un problema preexistente en la estructura de la pareja, siempre es un síntoma de una enfermedad que, aun siendo veterana, era ignorada y de ahí su carácter sísmico. Ocurren demasiadas cosas a la vez y todas ellas son difíciles de digerir.  

En el año 2000 se estrenó “Infiel” una película de la actriz y directora noruega Liv Ullmann que abordaba magistralmente esta situación. Una mujer, casada con un hombre de perfil narcisista por el que no se sentía querida, establecía una relación paralela prolongada con un hombre inestable y atormentado capaz de amarla pero incapaz de formar una pareja adulta con ella. La protagonista se veía atrapada entre dos necesidades pero quería evitar dañar a su marido. Al final de la película se enteraba que su marido le había sido infiel durante casi todo su matrimonio. Recuerdo las palabras de un crítico que leí a la salida: “La palabra infidelidad se parece demasiado a infelicidad”. Es cierto, la infidelidad no solo conduce hacia la infelicidad sino que también procede de ella.

Muchas veces la separación es una decisión sana y madura. Sin embargo muchas personas optan por mantener sus parejas contra viento y marea. En tiempos no tan remotos era considerado un delito en nuestra cultura y aún hoy en otros países lapidan mujeres que han “cometido” adulterio al ser violadas por un hombre. Una pareja sostenida por imperativos religiosos o morales no hace más que generar sufrimiento a los cónyuges y a sus hijos.

Una persona adulta y sana puede reconocer el final de su relación, separarse y entonces establecer otras relaciones. Pero cuando la pareja está enferma este orden se altera y entonces se hacen evidentes los problemas que ya existían previamente. Por eso no es bueno el reduccionismo moral en estas situaciones. No conduce a nada satanizar al infiel, necesitamos comprenderle. Con mucha frecuencia el infiel es tan responsable de la infidelidad como la persona engañada que ha querido vivir una relación ficticia para satisfacer sus necesidades. He tratado parejas que acudían a terapia tras una infidelidad ocurrida tras dos años de ausencia de relaciones sexuales y vividos con normalidad por el miembro engañado, otras parejas que han pasado años sometiendo a su pareja infiel sin dejarle o invitarle a que expresara sus necesidades o apetencias, otras parejas que se han centrado en sus propias actividades (trabajo, aficiones etc.) dejando de lado su intercambio con la pareja infiel. Es un hecho que ilustra magníficamente la historia del “El celoso extremeño”, una de las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes en la que un hombre, seguro de la futura infidelidad de su esposa provoca tal conducta, a modo de profecía autocumplida, enviándole seductores a sueldo de forma reiterada.     

En nuestro medio la tasa de relaciones extramaritales es similar a la tasa de divorcios. Es evidente que tal conducta es la fiebre de la relación enferma.  Ante una infidelidad es necesario detenerse y reflexionar. Es imprescindible conocer las raíces del problema y solucionarlo en la medida de lo posible. Si procede, es aconsejable ponerse en manos de una terapia de pareja.

Tras el terremoto de una infidelidad se puede alcanzar otra estabilidad basada en un nuevo esquema de pareja y, en el caso de romper, puede establecerse un nuevo orden de prioridades mucho más satisfactorio para cada uno de los miembros. Muchos hombres separados ven que sus exmujeres están más guapas y se cuidan más tras el divorcio. La crisis generada por una infidelidad puede redefinir mejor las cosas y llevar a los individuos a cotas de felicidad y bienestar que juntos no habrían alcanzado nunca. De ahí la necesidad de tomar estos terremotos como oportunidades y, si es necesario, hacerlo con la ayuda de un terapeuta externo para alcanzar un estado nuevo, más adulto y más pleno.

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