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¿Por qué nos deprimimos más las mujeres? Una reflexión cultural y social.

por Dra. Berta Pinilla Santos, Psiquiatría de la mujer, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

    Si revisamos los estudios epidemiológicos realizados en salud mental, los datos son concluyentes: las mujeres tienen el doble de riesgo de depresión que los hombres. Pero, ¿por qué se deprimen las mujeres?

   Hay múltiples estudios sobre las diferencias estructurales y funcionales en los cerebros de los hombres y de las mujeres (nos ocuparemos en otro post de ellas) que pueden explicar esta diferencia, pero hoy dirigiremos nuestra mirada más allá de cuestiones puramente biológicas (anatomía, fisiología, la neuroquímica o los ciclos reproductivos) y la centraremos en la realidad del mundo femenino. Aquello que da a la depresión femenina una dimensión específica, lo que la mujer, y sólo la mujer, vive y percibe de forma más o menos consciente cada día.

   De forma general, decir que una persona tiene depresión resulta vacío y algo simplista. Podríamos enumerar todos los síntomas que caracterizan el síndrome depresivo (sentimientos de tristeza, apatía, anhedonia, desesperanza… y así con toda la lista) pero sería insuficiente para caracterizar lo esencial de este fenómeno. Debemos buscar aquello que subyace en lo más profundo y que puede dar lugar, al articularse con otros componentes, la experiencia de la depresión en cada persona, que es diferente de las demás. Es decir, a cómo las cosas son vividas por uno mismo.

   El psicoanalista austriaco Edward Bibring señaló en 1953 que la depresión surgiría de la tensión entre los ideales y la realidad, y que los sentimientos de impotencia o indefensión forman su núcleo fundamental. Así, las dificultades, ya sean reales o imaginadas, para vivir de forma acorde con las aspiraciones personales (ser valioso, ser amado, ser fuerte, etc.), y la propia representación que la persona hace de sí misma como incapaz para alcanzar sus metas y deseos, llevaría al colapso de la autoestima y a la depresión.  

 

  “Los estereotipos de género nos atraviesan desde la infancia colándose en nuestro interior de forma silenciosa y conformando nuestro propio ideal. Llegan a través de la sociedad o la educación recibida que nos dicen cómo debe ser una mujer y qué es lo esperable de nosotras.”

 

   Esta concepción podría explicar un aspecto nuclear de la depresión en la mujer que analizaremos a continuación. ¿Pero de qué profundos deseos podríamos estar hablando? ¿Por qué se perciben como irrealizables? ¿Son aspiraciones reales o se trata más bien de cuestiones socialmente impuestas?

 

Depresión y estereotipos de género

 

   En el caso de la mujer, encontramos a diario un verdadero bombardeo de mensajes a veces contradictorios. Es fácil encontrar artículos en revistas y fotografías publicitarias que nos presentan la imagen de la supermujer que compatibiliza su éxito en el trabajo con el cuidado de la familia. En la mayoría de los casos, la heroína es además maravillosa gracias a su gran y abnegada labor como madre y esposa. Además acude regularmente al gimnasio para mantenerse divina, viste a la última moda y, por supuesto, saca tiempo para la lectura o la meditación. Y, por supuesto, es capaz de hacer todo esto con una sonrisa y sin morir en el intento.

   Los estereotipos de género nos atraviesan desde la infancia colándose en nuestro interior de forma silenciosa y conformando nuestro propio ideal. Llegan a través de la sociedad o la educación recibida que nos dicen cómo debe ser una mujer y qué es lo esperable de nosotras. Los mandatos de género están ahí dentro, formando parte de nuestra identidad, articulándose a diario con las propias vivencias.

   Algunos de estos mandatos o estereotipos de género para la mujer son:

 
La mujer como cuidadora:

 

  Uno de los principales mandatos de género para la mujer es el cuidado de los demás pasando, incluso, por encima de las necesidades propias. Es común ver a la mujer en el papel de cuidadora de hijos, de enfermos, de unos padres ancianos, mientras descuida la realización de sus propios deseos, necesidades o aspiraciones.

   Se ha comprobado que la incorporación de la mujer al mundo laboral le supone trabajar a la semana unas quince horas más que el hombre, ya que no reduce su implicación doméstica y familiar, lo que conlleva una sobrecarga de estrés y un empobrecimiento en la satisfacción de sus necesidades personales.  

   El psiquiatra S. Arieti 1977 constató que entre las personas que se deprimen severamente es muy común que no vivan para sí mismos sino para “el otro”, ya sea una persona, una organización o un ideal.

 
La mujer como objeto de deseo

 

   La mujer convive permanentemente con la imposición de tener que agradar o gustar a los demás mediante una imagen agradable. “Tiene” que ser la perfecta esposa, novia o amante, un objeto permanente deseable. Resulta una tarea realmente exigente y ciertamente complicada de cumplir. Esta visión imposible de satisfacer va creando un fuerte impacto en nuestro autoconcepto, haciéndonos correr el peligro de caer en sentimientos de baja autoestima, culpa o vergüenza, y llevándonos, en último término, al aislamiento o al abandono personal, el preámbulo de la depresión.

   Quizá también sea responsable de que trastornos como la anorexia y la bulimia sean hasta seis veces más frecuentes en mujeres que en hombres.

 
La mujer como ser emocional.

 

   La mujer es la depositaria de la carga emocional según la cultura patriarcal. Es ella la que se debe y puede sentir, la que se identifica con los problemas y el sufrimiento de los demás sobrecargando, en ocasiones, su mundo interior.

   Esta imagen de ser frágil, sensible y emocional sitúa a la mujer en una posición de mayor vulnerabilidad y dependencia. Además, se rechazan y no son permitidas reacciones como la hostilidad, la rabia, la ira, quedando en muchas ocasiones atrapadas sin poder expresarse. Se recoge muy bien este aspecto en la recientemente estrenada película “Sin rodeos”, de Santiago Segura y Maribel Verdú.    

 

¿Qué es realmente lo que la mujer desea?

 

   La revolución feminista iniciada ya en la segunda mitad del siglo XX ha supuesto la construcción del camino hacia la todavía no  conseguida igualdad de derechos entre los géneros y ha ido desmontando muchos de los arcaicos estereotipos asociados a la mujer.

   Todos estos cambios sociales comportan nuevos modelos, formas y estilos de vida, que sin embargo no deben limitarse a reproducir los estereotipos ligados a la masculinidad como forma de solución a los problemas o de representar a la mujer moderna.

   Con esta nueva tendencia se corre el peligro de incurrir en un feminismo que emule y repita los errores del machismo, una especie de neomachismo feminista, y pierda la perspectiva de búsqueda de satisfacción de aquellos deseos que, de forma genuina, posee cada mujer de forma individual fuera de las normativas sociales y educacionalmente impuestas.     

   Quizá entonces las estadísticas de depresión por géneros y muchas otras que denotan hoy las diferencias también se acerquen a la igualdad. 

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