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Secretos y mentiras… en la consulta

Secretos y mentiras... en la consulta

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

En 1996 Mike Leigh estrenó una película magistral que, como con frecuencia ocurre, no pasó a la historia con los honores que merecía: Secretos y mentiras.

En ella una joven de raza negra busca a su madre biológica tras fallecer sus padres adoptivos. La encuentra en una mujer blanca de extracción social inferior que reacciona con incrédula hilaridad. El encuentro produce una serie de caídas encadenadas de los mitos, los secretos y las mentiras que habían mantenido en falso a la familia biológica. Las relaciones del grupo familiar como cada uno de los miembros sufren una profunda transformación y todo acaba cristalizando en una armonía basada en la autenticidad.

Hace unos años un autor norteamericano que ahora no recuerdo sostenía con ironía que la primera razón de un médico para mantenerse al día en la lectura científica es la de impresionar a sus colegas. Supongo que a muchos nos dice mucho esta aseveración pero me limitaré ahora a emplearla como una aproximación a los secretos y mentiras que pueden esconderse tras los aspectos narcisistas de un sector de la profesión médica, así como de su repercusión en la relación médico-paciente cotidiana.

La relación terapéutica debe ser necesariamente asimétrica. Solo interesa la enfermedad de uno de los miembros y la capacidad del otro para ayudarle. El paciente espera que su médico lo sepa todo sobre su dolencia y que realice el máximo esfuerzo para mitigarla. Espera, con razón, ser el único objeto de interés en su relación pasiva con el médico. Se desnuda frente a él física o emocionalmente y le muestra confiado su vulnerabilidad. No espera que el médico establezca con él un a lucha de poder o muestre sus propios padecimientos o debilidades pues de otro modo vería rota la necesaria asimetría.

Uno de mis pacientes más complejos fue un médico internista ex-jefe de servicio de un hospital general importante de Madrid. Su jubilación le había sumergido en la más negra de las cloacas depresivas. Después, una negligente aproximación por parte del Jefe de Servicio de Psiquiatría del centro hecha a base de prescripciones de pasillo acabó llevando al paciente a la UVI. Comencé a tratarlo tras el alta. Pude ver que el foco del problema se centraba en la gratificación narcisista que su actividad profesional le había proporcionado y que había compensado sus graves desaferencias afectivas previas. Sin saberlo, había explotado a sus pacientes obteniendo de ellos un beneficio que su jubilación había cercenado. Afirmaba: “Si vendiesen pacientes en las farmacias yo me compraría una docena cada día”. Sin duda, sus propios conflictos habían pervertido, sin que él fuera consciente, su relación con los pacientes pues, desde el mismísimo inicio de su actividad clínica, les había necesitado tanto o más que ellos a él.

Todos hemos reconocido la necesidad de omnipotencia en algún compañero médico (secreta para él mismo) que le lleva a sentir y expresar su rechazo (mentira tras las forzadas buenas maneras) por el paciente cuyo diagnóstico se le escapa, cuya conducta no sabe interpretar o manejar, cuyo dolor dificulta una exploración necesaria o cuya respuesta al tratamiento no es la que espera. Hechos ajenos al enfermo que generan una reacción hostil en el médico. En estas situaciones el paciente no tiene más remedio que encajar el desaire del profesional aunque no sepa muy bien porqué ni cómo.

¿Puede conocer el paciente sus “obligaciones” cuando afronta su relación con este tipo de médicos?. Obviamente no. El gran problema es cómo conseguir que los médicos conozcamos nuestros conflictos y limitaciones y evitemos endosárselos a nuestros pacientes.

Profundizar en el estudio de la relación médico-paciente durante los estudios de medicina, dar una formación más humanista e introducir al estudiante en el conocimiento de los aspectos inconscientes de la vocación, por ejemplo, podría evitar una gran parte de las negligencias y del maltrato que pueden sufrir luego los pacientes.

Quizá para eso, las facultades de medicina deberían abandonar su tendencia a convertirse en escuelas de ingeniería humana, lo que se me antoja difícil, ¿acaso porque algunos profesores, movidos también por sus propios secretos y mentiras, abandonan la necesaria asimetría en su relación con el alumno?.

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