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Uso racional de ansiolíticos

Uso racional de ansiolíticospor Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

Casi una tercera parte de la población española consumió el menos una vez ansiolíticos a lo largo de 2013. Las cifras de ventas confirman que, hasta la fecha, el consumo ha aumentado un 5% respecto al año anterior incremento que supera al experimentado por otros países europeos en el mismo periodo (en Francia incluso ha disminuido). Las dificultades económicas, el estrés laboral, el aumento de la tensión social, las relaciones amorosas… Todo es una fuente de estrés, pero ¿es necesario el empleo de ansiolíticos para afrontarlo?  La respuesta es: rotundamente no.

La historia europea ha estado plagada de brutales crisis económicas, sangrientas guerras,  epidemias mortales, extensas hambrunas etc. Pero ¿qué hacían nuestros antepasados para sobrevivir a tanta catástrofe sin ansiolíticos? Probablemente se ayudaban más entre sí, se comunicaban mejor y afrontaban la adversidad con mayor tolerancia que nosotros.

Los ansiolíticos son depresores del sistema nervioso central que causan sedación, sueño, relajación muscular. Su empleo incluye el insomnio, la ansiedad, el temblor, la epilepsia y la abstinencia alcohólica. Se dividen respecto a la duración de su efecto (larga, corta y ultracorta) y su potencia (alta, media y baja). Dentro de su múltiples efectos secundarios por uso prolongado se incluyen la pérdida de memoria a corto plazo, disminución de la atención, tolerancia (necesidad de incrementar la dosis para obtener el mismo efecto), abstinencia (inquietud, ansiedad, contracturas musculares etc. al interrumpirse bruscamente su empleo) y dependencia (incapacidad para cesar su uso). Un interesante artículo reciente ha encontrado además una clara asociación entre su uso mantenido y el desarrollo posterior de Enfermedad de Alzheimer.

Vemos que los ansiolíticos no son golosinas. Algunos países occidentales están considerando prohibir su uso. Otros proponen una regulación como los mórficos. Entonces ¿por qué se prescriben tanto en nuestro país? Probablemente por una intensa necesidad de gratificación inmediata de dos sentidos. Por un lado el paciente busca que su médico alivie rápidamente su ansiedad y el médico busca un remedio rápido par aun problema que no sabe/puede afrontar de otro modo. 

Los ansiolíticos son fantásticos recursos para resolver crisis epilépticas, abstinencias alcohólicas, crisis de ansiedad e insomnio transitorios. Pero nunca se deben emplear durante mucho tiempo. Cuando se empiecen a tomar se debe saber muy bien cuando se van a suspender y esa fecha no deberá estar muy separada del inicio.  Los más adictivos son aquellos que producen un efecto más potente en un lapso breve de tiempo y cesan pronto de hacer efecto. Precisamente los que más se prescriben: alprazolam, loracepam, bromacepam y lormetacepam.

Cuando afrontemos una situación de estrés prolongada el uso de ansiolíticos debe ser sustituido por otras medidas farmacológicas no adictivas (dosis bajas de antidepresivos sedantes, antihistamínicos etc.) y no farmacológicas (relajación, yoga, medidas de higiene del sueño etc.). Pero este hecho es ignorado por muchos médicos y olvidado por muchos pacientes. Los ansiolíticos nunca deberían ser empleados durante más de tres semanas de forma mantenida. Es mucho mejor la técnica guerrillera (dosis altas en momentos muy puntuales) que, como decía una paciente, una tortillita de loracepam todas las noches.

Es frecuente la llegada de pacientes a la consulta que han tomado con o sin supervisión médica ansiolíticos de alta potencia durante muchos años. La explicación siempre es la misma: “yo pensé que al ser tan sólo de un miligramo sería suave”. Y es precisamente al revés, los fármacos más potentes y peligrosos tienen dosis equivalentes más bajas: 1 mg de alprazolam (Trankimazin ®) equivale a 30 mg de cloracepato (Tranxilium ®).

Un fármaco debe evitarse cuando los beneficios que ofrece no superan a los problemas que genera. Esta aseveración es especialmente clara en lo referente a ansiolíticos.

Parecería que prefiriéramos la medicalización de la vida cotidiana a afrontar la vida como lo que es, una fuente constante de gratificaciones y decepciones. En 1997 el Ministerio de Sanidad me encargó la redacción de un artículo sobre “Uso racional de benzodiacepinas” que se publicó en el número cinco de la revista Información Terapeútica del Sistema Nacional de Salud (SNS). Lejos de mejorar, la situación que describí entonces no ha hecho sino empeorar notablemente.

Y es que, como escribió el maestro Forges en un chiste:

“La Organización Mundial de la Salud advierte que vivir pone en grave riesgo su salud”.

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