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Violencia de pareja íntima, nuevas vías para la prevención eficaz.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra Madrid (Grupo Doctor Oliveros)

“Dr. Oliveros, me gustaría saber su opinión sobre la violencia de género. ¿Los hombres que maltratan a las mujeres son unos canallas o hay un detonante para que tengan esa conducta? Porque, si descubriéramos la causa y pudiéramos tratarla, podríamos ayudar no sólo a mujeres y niños sino a hombres que posiblemente sean víctimas de su propia conducta. Yo he sido una mujer severamente maltratada, pero siempre he pensado que la víctima era él, siempre me decía “yo he nacido para sufrir y hacer sufrir a los demás”. M.L.

   Recibimos el mensaje en nuestra página de Facebook hace unos meses. Dentro del conjunto de medidas para erradicar el maltrato de género ¿cabría actuar preventivamente identificando y tratando la patología subyacente en el maltratador? Veamos.

  La progresiva y muy necesaria revolución feminista iniciada en los 70´, llamó la atención desde su inicio sobre un hecho brutal, la violencia de género, que encuentra en la mujer su principal víctima. Han muerto cientos de miles de mujeres en todo el mundo desde entonces a manos de sus parejas, exparejas y desconocidos. Lamentablemente, casi todas las semanas nos levantamos con un nuevo caso en nuestro medio. El gobierno lleva a cabo campañas mediáticas de información y campañas de prevención en centros educativos. Evidentemente, no son suficientes: los estudios revelan que entre el 35% y el 50% de los adultos jóvenes están implicados en algún tipo de abuso físico y un 25%-33% de las parejas estables sufren al menos una vez algún tipo de violencia en el marco de la relación. La violencia es tanto o más frecuente en parejas ocasionales (un 47% de universitarios norteamericanos han experimentado violencia en las relaciones amorosas).  Son datos muy preocupantes, sin duda.

 “Los estudios más recientes indican que los maltratadores masculinos y femeninos forman un grupo heterogéneo tanto en el origen y causa de su violencia como en la elección de la víctima.”

  En los últimos años se ha producido una erupción masiva de investigaciones en la literatura científica que nos ha dificultado estar al día en esta importante área.  Por si fuera poco, no existe ninguna otra disciplina en la investigación sometida con más intensidad al sesgo ideológico (“sólo publico lo que apoya mis creencias o retuerzo los datos para demostrarlo, lo demás lo oculto”).

  Recientemente, dos psicólogas de la Universidad de Pittsburgh, Maureen C. McHugh e Irene Hanson Frieze, han realizado una brillante revisión reciente publicada en el Annals of the New York Academy of Science (“Intimate partner violence: new directions(ver resumen y forma de adquisición del original en inglés aquí) .

  Las investigadoras llaman la atención sobre la necesidad de reconocer que la violencia está presente en las parejas tanto homo como heterosexuales y que aquella se puede ejercer tanto sobre parejas estables como en relaciones ocasionales. Creen que, ampliando así el foco de interés, podremos centrar la atención sobre la violencia en sí misma lo que puede facilitar la comprensión y la solución de los mecanismos íntimos de este terrible fenómeno.

   Son crecientes los estudios que documentan violencia de pareja tanto entre mujeres lesbianas como entre población gay por lo que cada vez más estudios hablan de “violencia doméstica” cuando se produce dentro de la pareja, violencia masculina cuando el agresor es varón, violencia contra la mujer cuando hay víctima femenina, o “violencia hombre-mujer” cuando un hombre abusa de una mujer. Muchos autores aconsejan desterrar ya el término de violencia de género o machista y sustituirlo por el deviolencia de pareja íntima pues, como mantiene el Dr. Pablo Malo en este recomendable post (pinchar aquí) , este término evita sesgos ideológicos. Este concepto englobaría a todo tipo de víctimas y agresores y se refiere a la coacción física, psicológica y/o sexual perpetrada en el contexto de una relación íntima. Por otro lado, este término es más acorde con las evidencias de que parecen ser otros (y no sólo el machismo) los motores que promueven estas conductas.

   Ningún estudio ha podido demostrar científicamente que la violencia se dirija contra las mujeres por el mero hecho de serlo o que tenga un origen cultural y no biológico. Hay demasiadas evidencias en cuanto a los antecedentes de familias disfuncionales, maltrato en la infancia y adolescencia, antecedentes familiares de maltrato, asociación en gemelos monocigóticos separados, hiperreactividad y aumento de tamaño de la amígdala cerebral, niveles de andrógenos, disfunción del lóbulo temporal, incluso conductas similares en otros mamíferos etc. como para pensar, si quiera, que todo esto pueda tener un sólo origen cultural aprendido.  

  Los estudios han encontrado que las mujeres son más propensas a usar la violencia en defensa propia y como represalia en relaciones heterosexuales y son significativamente más propensas a sufrir lesiones. No debemos olvidar, además, que el 10 % de las mujeres maltratadas informan en varios estudios haber comenzado la violencia en sus discusiones y que hasta un 40% describen una agresión simultánea como detonante, son las denominadas “parejas mutuamente violentas”. El resto, un mayoritario 50% lo inician indiscutiblemente los hombres.  

   Se ha encontrado entre las víctimas masculinas y femeninas del abuso una mayor prevalencia:

  • Depresión.
  • Ansiedad.
  • Trastornos de la alimentación.
  • Trastornos de personalidad.
  • Esquizofrenia.

  Estos trastornos subyacentes en las víctimas aumentan su prevalencia cuando la violencia es mayor lo que sugiere que las personas con patología mental soportan más tiempo sin reaccionar y que tal patología las hacen, así, mucho más vulnerables al abuso. Las parejas latinoamericanas y afroamericanas son más proclives a experimentar violencia. Se ha observado que las primeras pueden, además, contar con presiones culturales para soportar los malos tratos. Por el contrario, en parejas asiáticas el maltrato es muy poco frecuente. En parejas lesbianas se ha encontrado hasta un 25-48% de casos de violencia repetida.  En parejas gay, la cifra ronda el 38%. Un minoritario numero de víctimas, a diferencia de lo supuesto, sufren indefensión aprendida.

  La prevalencia de trastornos mentales es, en los sujetos maltratadores, más alta sobre todo en:

  • Depresión.
  • T. personalidad: antisocial, paranoide, narcisista y borderline.
  • Psicosis
  • Abuso de drogas.
  • Abuso crónico de alcohol.

  Varios estudios correlacionan la intoxicación aguda con cocaína o con alcohol por parte de uno o ambos miembros con la violencia de pareja íntima. Entre los alcohólicos juega un papel importante las celotipias, en los narcisistas las necesidades de explotación interpersonal, en los paranoides el sometimiento y control de la pareja y los celos, y en los borderline su dificultad para controlar la ira, su impulsividad y sus frenéticos esfuerzos para evitar el abandono que con frecuencia provocan con sus síntomas.  Los hombres que maltratan a parejas femeninas y masculinas muestran además agresividad hacia los animales y hacia otras personas ajenas a la pareja íntima y tienen un riesgo aumentado de cometer abusos infantiles y, eventualmente, infanticidio. Por tanto, la violencia del maltratador no se circunscribe a la pareja.

   Lo que arrojan los estudios más recientes, de este modo, es que los maltratadores masculinos y femeninos forman un grupo heterogéneo tanto en el origen y causa de su violencia como en la elección del sexo de la víctima.      

Como vemos, en los 70´ el problema de la violencia en la pareja se centró en la mujer por ser la víctima visible más frecuente a manos del hombre. Muchos estudios han tenido en ese periodo un importante sesgo ideológico que ha podido ser corregido en los estudios más recientes.

  Tales investigaciones confirman la presencia en el lado de las víctimas de otras poblaciones igual de relevantes como gays, lesbianas y hombres heterosexuales, así como dinámicas distintas de agresión como las parejas mutuamente violentas.

  Cuando se identifica un maltrato no basta con proteger y apoyar con todo nuestro esfuerzo a la víctima, facilitándole los recursos económicos, laborales y sociales para fortalecerla y evitar repeticiones futuras. También es necesario facilitar el cambio con un tratamiento adecuado, cuando sea posible, al maltratador y no limitarnos a demonizarle o condenarle. De esa manera, no solo perdemos la oportunidad de mejorar un posible trastorno subyacente, sino que tampoco evitaremos que busque nuevas víctimas en el futuro.

  Completamente de acuerdo, por tanto, con sus opiniones, M.L. y muchas gracias por su interesante sugerencia para hacer este post. 

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