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Violencia y enfermedad mental ¿Mito o realidad? Un análisis científico.

por Dr. Sergio Oliveros Calvo. Psiquiatra en Madrid (Grupo Doctor Oliveros)   

   La violencia forma parte de la naturaleza humana desde su origen. Junto a los primeros utensilios para cazar o cultivar la tierra se encuentran en las excavaciones arqueológicas de cualquier parte del mundo utensilios para matar y guerrear.

    Cada año mueren en el mundo 1.500.000 de personas de forma violenta a manos de otras personas o por suicidios (excluyendo las guerras). Pero es imposible imaginar una comunidad humana grande ajena a la violencia. Lo cierto es que ésta, como cualquier otra conducta humana, queda en todo momento sujeta a una regulación intrapsíquica que la modula y la emplea de forma selectiva (guerra, aplicación de la ley etc.). Sin embargo, ocasionalmente esa regulación puede perderse en el curso de una enfermedad mental y aplicarse de forma indiscriminada.

 La pregunta es ¿la enfermedad mental incrementa netamente o en realidad reduce esta tendencia natural de la especie humana? Veamos.

   Cuando observamos una conducta irresponsable o agresiva en la carretera o en la calle, enseguida nos viene a la cabeza frases como “es un loco”. “está enfermo de la cabeza” o “debería estar en un manicomio”. Tendemos a clasificar cualquier comportamiento inesperado como locura y considerarlo como potencialmente peligroso porque necesitamos vivir con normas y en un entorno perfectamente previsible. La ley y el orden han sido los pilares para el éxito de las civilizaciones porque han frenado las pasiones individuales (envidia, ambición desmedida, agresividad, etc.).

     Sin embargo, a pesar de nuestros esfuerzos normalizadores, constantemente surgen hechos como los asesinatos de la madre de Godella, Ana Julia Quezada (asesina del niño Gabriel), el asesino del “tupper”, el asesino de la katana, los de la Doctora Mingo en le Clínica de la Concepción en Madrid o el de Diana Quer. Todos ellos han hecho saltar en su momento inmediatamente en el imaginario colectivo el temor a la enfermedad mental como poderoso motor de los crímenes.  Tienen que estar locos para cometerlos, pensamos. En contra de lo esperado, en una minoría exigua se acaba confirmando la existencia de una enfermedad mental como causa del delito. Mientras tanto, esta creencia, aparte de ser falsa (ocurre esencialmente lo contrario, como veremos), sólo ha tenido una consecuencia: incrementar el estigma, la marginación y la falta de integración social y laboral del enfermo mental. Veamos los datos científicos.

   En un estudio realizado en 2009 por el psiquiatra Dr. E. Elbogen de la U. Carolina del Norte sobre una población de 35000 personas, detectó que el mayor riesgo de violencia se producía en la población no afectada por la enfermedad mental y que, dentro de los enfermos mentales, los factores que más incrementaban el riesgo eran el consumo de tóxicos y los antecedentes de conductas violentas previas a la aparición de la enfermedad. Tanto en la población psiquiátrica como en la población sana factores que se correlacionaban con la violencia estrechamente fueron el sexo masculino, el desempleo, los antecedentes delictivos, familias de origen violentas y bajos ingresos económicos. Concluía que la enfermedad mental no predecía violencia.

   En España, tan sólo un 3-5% de los asesinatos están causados por enfermos mentales graves (la mayoría no tratados) como esquizofrenia paranoide (realizan en las reactivaciones psicóticas agresiones defensivas al sentirse perseguidos y atacados), paranoia (su violencia se centra en una sola persona en general que ocupa el núcleo de su delirio y al que responsabilizan de su desgracia), T. bipolar en fase maniaca (su agresividad no suele ser homicida y, si lo es, no suele ser deseada) intoxicación por drogas y demencia. En los trastornos explosivo intermitente, y trastornos de personalidad borderline y antisocial de personalidad la agresividad no suele perseguir el homicidio, tan sólo la descarga impulsiva e incontrolada de la ira. La cifra es 5 veces inferior a la de la población general por lo que muchos autores afirman que la enfermedad mental no incrementa si no que reduce la violencia.  

  

    En conclusión, si una persona va a ser asesinada, es mucho más probable que su asesino no sea un enfermo mental y, en el caso de que esté frente a un enfermo mental, la probabilidad de que sufra un daño es mínima.

 

   En USA, donde el acceso a las armas es más sencillo, el porcentaje aumenta hasta un 10% (Dr. Jaffe, Mental Illness Policy Org). Debemos destacar, que en medios occidentales, sólo un 3% de estos enfermos graves presenta en algún momento de la evolución de su enfermedad una conducta violenta grave (A. Pueyo, U. Barcelona, 2015). En conclusión, si una persona va a ser asesinada, es mucho más probable que su asesino no sea un enfermo mental y, en el caso de que esté frente a uno la probabilidad de que sufra un daño es mínima.

  Varios estudios han podido demostrar que, por el contrario, la implicación de los enfermos mentales en los delitos es más frecuente que en la población general pero no como causantes del delito si no en el papel de víctimas, especialmente cuando son mujeres. El mayor y más reciente fue realizado en 2017 por Solveig Osborg y publicado en el Nordic Journal of Psychiatry sobre una población de 2.058.063 noruegos (48,7% varones, 51,3% mujeres). El riego de alto riesgo de violencia en pacientes mentales se evidenció en un 1,8%. L. Observaron, además, que el riesgo de violencia aumenta cuando se produce un uso concomitante de drogas, se sufre un nivel bajo de educación o de ingresos y se vive en situación de inmigración. Por el contrario, observaron una mucho más estrecha relación entre padecer enfermedad mental y ser víctima de violencia u otros delitos.

   A pesar de todo, no debemos olvidar ese 5% de muertes producidas por enfermos mentales y, sobre todo, pensar en cómo reducirlas. Un enorme problema que está tras las conductas violentas es la falta de adhesión al tratamiento: no acuden a las consultas, consumen drogas o no toman el tratamiento. En España no tenemos una ley que obligue al paciente a tratarse ambulatoriamente. En mi estancia en la Universidad de Yale, USA pude ver cómo allí tienen un sistema similar a la libertad condicional que se extiende a los enfermos mentales graves (“To be on probation”) y que les obliga cuando incumplen la pauta de tratamiento a realizar un seguimiento ambulatorio obligatorio por ley. Si un paciente no acude a consulta o se niega a que se rastree el fármaco que debería tomar en orina o sangre, el psiquiatra lo notifica al juez y éste le ingresa. Si todos los pacientes cumplieran al 100% su tratamiento probablemente reduciríamos a casi 0 el 5% de muertes que ocasionan por su enfermedad y aseguraríamos una mucho mayor calidad de vida a los pacientes, sus familias y sus entornos sociales y laborales.

 Pero para ello hace falta una ley, no podemos esperar a que el manejo ambulatorio sea imposible para llevar a cabo un ingreso involuntario del paciente pues es en precisamente ese estado en el que ese 5% puede con mayor probabilidad cometer los delitos.  Por otro lado, el paciente incumplidor al ser dado de alta vuelve a faltar a su compromiso de tomar la medicación y en breve estará de nuevo ingresado en la dinámica de puerta giratoria. 

 Cuando surge una noticia como la de los niños de Godella muchos se apresuran a linchar mediáticamente a los servicios psiquiátricos, sociales y judiciales por no haber actuado antes. Con seguridad si el psiquiatra hubiera solicitado al juez un ingreso involuntario por el Artículo 763 de la Ley de Enjuiciamiento Civil se lo habría negado por ausencia de justificación clínica. Si le hubiera prescrito una medicación a la paciente ésta o alguna asociación amiga le habría criticado por estar defendiendo el lucro inmoral de los laboratorios farmacéuticos y no se la habría tomado. Si le hubiera recomendado no emplear drogas le habría dicho que formaba parte de un sistema represor obsoleto y habría seguido consumiéndolas. Por el contrario, si esta paciente hubiera estado en USA “on probation” estaría con su medicación adaptada a su entorno y educando a sus hijos que seguirían probablemente vivos.  

  Al final, dos niños inocentes muertos “esperando su reencarnación en el cuerpo de su madre”. Nos queda mucho por hacer pero debemos empezar por el congreso de los diputados.

 

 

 

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