El embrujo COVID19: la depresión silenciosa.

 

por Dr. Sergio Oliveros Calvo, Psiquiatra, Madrid. Grupo Doctor Oliveros. 

Hace unos días publicamos una revisión bibliográfica actualizada sobre los trastornos psiquiátricos secundarios a la pandemia COVID19. En ella se reflejaba una cifra inquietante: durante el año 2020, la población afectada por depresión clínica había pasado de un 3,44% a un 31% y los afectados por ansiedad suponían un 34%. Ambos son trastornos observables y, afortunadamente, tratables. Pero ¿cómo nos ha afectado la pandemia a los que no hemos presentado síntomas evidentes? Es muy posible que hayamos caído en un síndrome sutil, lo que podríamos llamar castizamente “embrujo COVID19”, cuyos síntomas, aunque pueda afectarnos a todos, podrían ser tan sutiles y comunes que no nos permiten identificarlo ni en nosotros ni en los que nos rodean.

 

Mientras que la depresión mayor es fácilmente identificable por el sujeto por suponer una brusca interrupción en su vida, en la distimia (una depresión más leve de curso crónico) los sujetos tardan en reconocer su malestar porque toman la tristeza como una parte normal de la vida. Ese sería el mismo fenómeno que haría que una gran parte de la población afecta por el “embrujo COVID19” no perciba que lo sufre a pesar de que condicione y modifique su vida cotidiana.

Se trataría de una depresión silenciosa y caracterizada por una discreta ansiedad, irritabilidad frecuente, discreta fatigabilidad y un estado de ánimo levemente bajo,  como sugiere el psiquiatra argentino-francés Juan David Nasio en su reciente libro “Tout le monde peut-il tomber en dépression?”. Carecería de otros síntomas depresivos más evidentes como el llanto, la anhedonia, el apagamiento cognitivo o la falta de energía permanente.

El paciente con embrujo COVID19 se siente angustiado, maltratado, frustrado en sus deseos y privado de sus derechos. Se “enfada con el mundo”, como un niño enfurruñado, porque le recrimina que haya un peligroso virus campando a sus anchas sin que los gobiernos logren frenarlo, a pesar de los sacrificios que debe realizar en su vida cotidiana. Encuentra incomprensión e incompetencia en todos los responsables: políticos, sanitarios o administrativos. ¿No habíamos tenido suficiente teniéndonos que poner mascarillas cuando no había? Pues ahora que hemos decidido ponernos la vacuna vemos que tampoco han llegado. El esperpento se repite.

 

 

Es obvio que el ciudadano con embrujo COVID19 también se enfada con los médicos que le han “traicionado” y han desaparecido de su lado por la necesidad de evitar el contagio. Ahora cree que los médicos no contestan los teléfonos o no les atienden inmediatamente porque son unos holgazanes que no quieren trabajar. Paralelamente, los médicos ven duplicadas o hasta triplicadas sus agendas en silencio. Por si fuera poco, algunos médicos (acaso actores/actrices con una bata, en ocasiones) difunden informaciones falsas o sesgadas convirtiendo a la persona del médico medio en un ser hipócrita y poco veraz ante la población. Por eso habríamos pasado de los aplausos y los homenajes a pie de urgencias a las 20:00 a la lapidación mediática y el insulto a pie de ambulatorio a todas horas.

La contundente realidad del COVID19 (miedo al contagio, muertes en soledad, confinamiento, paro etc.) nos habría angustiado en una primera etapa. Nos enfrentó con nuestra vulnerabilidad e insignificancia dentro de la naturaleza. Luego, nos habría convertido en una especie de indignados chalecos amarillos domésticos, en ciudadanos tristes, cabreados y vengativos que han alcanzado su límite de resistencia. Finalmente, ya desesperanzados por la indefensión aprendida en tantos meses, nos habríamos deslizado dentro del terreno del embrujo COVID19 sin apenas darnos cuenta. Nos hemos acostumbrado a la cronificación de la pandemia, la crisis económica o la incertidumbre. Todo habría discurrido a lo largo de un continuum inexorable, imperceptible y transformador. La puntilla del proceso sería la angustia por la falta de un futuro: no podemos saber lo que nos espera siquiera en un plazo de dos meses.

Tendemos a rechazar a los nihilistas y a los deprimidos porque nos confrontan con la realidad (algunos autores sugieren que el depresivo vería la realidad como es). Nos hacen sentir un horror vacui que estamos siempre prestos a negar (“el muerto al hoyo y el vivo al bollo”). Tenemos una necesidad cognitiva automática de ver nuestra vida con optimismo. Es posible que eso facilite nuestra regeneración post COVID pero, de momento, la dificultad está en adaptarnos a la incómoda realidad actual.

Somos seres sociales, pero en la nueva normalidad al embrujado “el otro” le molesta. Le cuesta soportar incluso a sus familiares porque pasa mucho más tiempo con ellos que antes por el teletrabajo. Hemos llevado nuestro confinamiento colectivo a un confinamiento individual, nos hemos convertido en seres que ven con miedo la socialización porque amenaza nuestro propio espacio e intimidad. Caemos en una ambivalencia en la que necesitamos al otro, pero a la vez lo rechazamos. No olvidemos que el temor a ser vehículos de transmisión puede también hacernos sentir “sucios” frente a los demás, como el asmático que ya no es libre de toser y debe disculparse cuando lo hace, siendo ahora una doble víctima de su enfermedad.

Es importante que tomemos conciencia de estos hechos pues al hacerlo podremos ayudar a los que todavía siguen cautivos del extraño embrujo destructor. Para las personas con una personalidad madura esto resultará más sencillo por ser más capaces de relativizar y tomar distancia de los conflictos. Ellas podrán ayudar a las menos maduras, siempre más rígidas, impulsivas e irreflexivas. Así, cuando nos enfrentemos a un embrujado COVID19, podremos contener su angustia igual que lo hace una madre con un hijo aterrorizado por una pesadilla.  En esta contención son muy importantes los gestos, no es tan relevante decir “no te preocupes, es una pesadilla” como abrazar al niño y acariciarle suavemente el pelo. Como sabemos, la empatía y la compasión curan a veces más que un Lexatin. Actuando como esa madre, ayudaremos a nuestro embrujado a devolver su percepción a su subjetividad descontaminando la realidad que le rodea, a despertar sus deseos y sus anhelos del futuro, así a evocar sus placeres, logros y certidumbres del pasado. Todo ello podrá extraerlo del embrujo inmovilizador del presente y crear un espacio seguro y centrado en la salud. “Has sido eso y lo podrás volver a ser en el futuro”, facilitaremos así su reconciliación con los aspectos sanos de su personalidad que le definían antes.

La pandemia afecta al todo el planeta, no es como el cólera o la peste que se circunscribían a territorios más o menos extensos. Por tanto, los cambios que estamos experimentando pueden modificar todas las culturas. Si queremos recuperar la antigua normalidad, no bastará con esperar a que la pandemia desaparezca, tendremos que gastar energía en reconquistarla para salir de este ensimismamiento debido al embrujo COVID19. Somos sociales y nuestra energía procede de los demás. No podemos aceptar a la larga esta ambivalencia que nos aleja emocionalmente de ellos.

Los países se reconstruyeron después de la II Guerra Mundial con el esfuerzo colectivo.  Estamos en un conflicto de proporciones equiparables en muchos aspectos. Recordando las palabras de Winston Churchill, no estamos al final de la pandemia, ni siquiera puede que estemos al principio del final, pero sí podemos estar al final del principio. Aún queda tiempo para que ganemos el terreno perdido y construyamos un mundo con nuevos elementos. Pero, aunque nos cueste darnos cuenta, podemos estar más dañados de lo que creemos y no nos queda más remedio que contar solidariamente con los demás para recuperarnos y construir colectivamente un nuevo futuro.

Será la mejor vacuna para este embrujo COVID19 masivo.

 

 

 

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